martes, 14 de noviembre de 2017

Los dioses carnívoros, de Rafael Balanzá

Los dioses carnívoros, de Rafael Balanzá (Ed. Algaida)

Si algo hemos aprendido los lectores de Rafael Balanzá desde que debutó como novelista con Los asesinos lentos (Siruela, 2010), es que la culpa merece castigo. O quizá no lo merece, pero lo recibirá. Eso nos ha hecho encontrarnos a veces con que incluso la menor de las culpas puede llegar a recibir el más duro de los castigos. Hay otra vez culpa y castigo en su nueva novela después de casi cuatro años, Los dioses carnívoros, un título tomado de las culturas precolombinas. 

Basta decir para situarnos que la primera de las cuatro partes de la novela se titula El castigo no necesita crimen. Supongo que las ideas del crimen y el castigo que desarrolla hábilmente Rafael Balanzá vienen de ese prolífico siglo XIX ruso, y especialmente, claro, no hace falta más que fijarse en los dos términos que he elegido, de las novelas de Dostoievski. Lo narrativo ha pasado, sin embargo, por el siglo XX, y ha tomado prestado con provecho parte de las miradas de Kafka y Camus. No es su protagonista, Damián Ferrer, sin embargo, un Meursault, aunque parece decidido, a sus 50 años a que cada vez más cosas le den igual. Todo, parece al principio, salvo su hija.

Mirada con ojos olímpicos, la inmensa mayor parte de la humanidad es superflua, indeseable, mera morralla genética. Dando por buena la vieja alegoría del sublime artista, ¿para qué necesitaba el omnipotente semejante plétora de mediocres en el escenario? Hay una respuesta fácil: para que unos pocos destaquen. El genio necesita la mediocridad, como la luz a las tinieblas. Demasiado fácil. La nada, la posibilidad de la nada, ¿no era suficiente telón de fondo para la representación cósmica? Entonces, ¿por qué semejante sobreabundancia? ¿Para qué tanta imperfección?

La novela nos lleva a una innominada ciudad mediterránea, que a ratos parece Valencia (especialmente al principio, ya que la novela arranca en el metro, y ahí también se habla de las dimensiones de la ciudad que encajan bien con Valencia), a ratos Alicante y a ratos Murcia. No es importante, ya que no se ha concretado ninguna por lo que no tiene sentido hacer exigencias de realismo en ese sentido. Damián Ferrer llega a los cincuenta años en plena crisis: un divorcio, problemas con su hija universitaria, y despedido. Pensando en dejar su casa y mudarse al piso vacío de su hermano y preguntándose, como tantos, cómo ha llegado hasta allí. Es una persona concreta, y el personaje está bien desarrollado para que tenga una personalidad concreta pero también es alguien que representa en parte una generación y un momento histórico. Ha decidido, o eso parece, no implicarse demasiado y no esperar demasiado, tratando de evitarse sufrimientos con ello. En esas primeras páginas costumbristas en las que se nos dibuja su vida, llega al que parece el trabajo perfecto para lo que busca, conserje de un edificio. Pocas responsabilidades, fáciles, tiempo para leer (aplauso para ese personaje que lee El desierto de los tártaros), cierta dosis de invisibilidad.

Pero no logra convertirse del todo en alguien invisible. Porque quizá, ni literal ni metafóricamente, nadie puede llegar a serlo, por más que lo pretenda. Lo inesperado irrumpe en su vida en forma de notas extrañas y la sensación de que a veces están observándolo e incluso siguiéndolo (magistral la escena en la que vuelve al metro). Lo real muda de pie y va dando entrada a lo irreal. La vida más rutinaria avanza, y es en su trabajo, en ese en el que no esperaba nada, donde surge la posibilidad de volver a ilusionarse con un nuevo amor.

- Una vez vino aquí una persona a la que tuvimos que extraerle una araña del oído, ¿sabes? Era eso o empezar a cobrarle alquiler … - mientras aquel hombre hablaba en tono jocoso, Damián no podía apartar la vista de las negras y brillantes plumas que recubrían su cráneo. Entonces cometió el error de fijarse también en sus manos, menudas, sarmentosas, recubiertas de una piel amarillenta como el pergamino. Manos de pájaro.

No es cuestión de destripar la trama, pero digamos que la historia de amor avanza, y la doctora Quiles ayuda a Damián a pasar por una enrevesada historia de venganza. Lo mejor es leerla, claro. La narración es ágil, y en esta nueva novela volvemos a ver que Rafael Balanzá es uno de los autores españoles que (aparte de titular mejor, repasemos: Los asesinos lentos, La noche hambrienta, Recado de un muerto, y ahora Los dioses carnívoros, y no olvidemos su primer libro de cuentos: Crímenes triviales) más visuales resultan en su manera de escribir. Sus escenas de sueños o de momentos del día que parecen sueños son de las mejores páginas del libro y creo que sería muy interesante verlas en manos de un director de cine.

Veo dos temas centrales: Por un lado la resignación, en la que parece sumergido Damián Ferrer como signo de los tiempos y por otro lado el rencor, el tema que se destaca desde la edición del libro. Si repasamos la que el propio autor definió como Trilogía antiejemplar, vemos que el rencor larvado durante años (en períodos de tiempo anormalmente largos pero que sabemos realistas) y las venganzas son constantes en su narrativa. Como lo es una cierta desesperanza y una escasa fe en el género humano. Como lo es la ironía de sus narradores. Se dice que hay dos clases de autores, los que siempre vuelven a los mismos temas y obsesiones y los que cambian de registro en cada nuevo libro. Casi todos los buenos (los que yo considero buenos, claro, los que yo leo con devoción) son de los que vuelven y revuelven a sus intereses recurrentes.

Veo una prosa más contenida y menos exhibición de técnica que en otras novelas del autor, que reserva esos recursos especialmente para las inclusiones de textos que el antagonista (por llamarlo de alguna manera sin dar muchas pistas) realiza en la trama. La editorial habla de tres novelas en una, y aunque las editoriales no suelen ser demasiado fiables a la hora de describir sus libros, creo que aquí aciertan, y como nos dicen, tenemos una novela de vida realista, con elementos amorosos, una novela de extrañamiento, en la línea kafkiana, y por último lo que se define como una enciclopedia del rencor, que va escribiendo ese otro personaje vengativo. Como lector me he quedado con ganas de leer más páginas de esa enciclopedia del rencor. Esperemos reencontrarla (o variantes) en futuros libros.

Cuando hablé en este blog de Recado de un muerto (http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2015/08/recado-de-un-muerto-de-rafael-balanza.html= ), ya decía que era cómodo etiquetar los libros de Balanzá como thriller psicológico. Me temo que se seguirá por ahí con esta nueva novela. Hay una historia de misterio y hay una indagación psicológica en los personajes (lanzo una pregunta a los etiquetadores: ¿cuál sería el thriller no – psicológico? los malos de las novelas de misterio siempre tienen sus razones y motivos, independientemente de que nos parezcan a los demás suficientes y razonables) pero se va un poco más allá. Esencialmente estamos hablando de literatura, sin más etiquetas. Cercana a la tradición existencialista, como ya comentaba. Vuelvo a llevar la etiqueta más hacia la filosofía que hacia la psicología. Hay lecturas por debajo de la trama que nos llevan a las grandes preguntas de la humanidad, que no pretenden resolverse, simplemente nos recuerdan que están ahí, a nuestro lado, y que los personajes como Damián Ferrer y las personas como los lectores lo más que podemos hacer es amoldarnos lo mejor posible. Enriquecer nuestros días leyendo buenos libros, por ejemplo.

Nada es serio en la vida mortal, todo es de juguete. ¿Dónde lo había leído? Miró de nuevo los dos trenecitos eléctricos. Uno de pasajeros, de alta velocidad, y otro de mercancías. Se preguntó si sería así, vista desde fuera. La realidad. Lo que llamaban la realidad. Si estarían dando vueltas en algún circuito cerrado, observados por ojos curiosos, ojos malignos o benévolos. Si habría algo más. ¿Por qué no ir al final directamente? La batería se agota o alguien corta la corriente. El tren se detiene. ¿Y luego? ¿Y luego? ¿Qué pasa entonces con los pasajeros? ¿Son ellos también de juguete? Sus sentimientos, sus recuerdos, sus angustias, ¿son de juguete?

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

jueves, 9 de noviembre de 2017

Degustación: La parte inventada, de Rodrigo Fresán

La parte inventada, de Rodrigo Fresán (DeBolsillo)

Leí por primera vez La parte inventada en la primavera de 2014, con un niño de 6 meses tendente al insomnio a mi lado, y disfruté del libro como disfruto de casi cualquier texto de Fresán. Leí el año pasado la segunda parte de esa trilogía en progreso, La parte soñada, y hace un par de semanas, en ruta por librerías vi que (¡al fin!) había llegado la edición en bolsillo de La parte inventada. Lanzo preguntas al aire: ¿cuánto debe vender un autor en edición grande para que su editorial considere que puede ser rentable la edición en bolsillo? Hace unos años todos los libros de Fresán estaban en bolsillo, este ha tardado más de tres años y hay otros de sus títulos totalmente desaparecidos. ¿No vende nada? ¿Ha dejado de ser interesante para ese mercado? ¿Antes sí vendía bien y era rentable?

Dejando al margen las cuestiones de marketing, la edición de bolsillo me ha permitido releer el libro, porque ahora lo tengo, ya no es de prestado de la biblioteca, y porque ahora es una edición relativamente cómoda de sacar al parque o llevar en el transporte público. Lo he releído con otro niño de 6 meses que duerme poco, como si fuera aquel primer niño, al lado. La literatura de Fresán está hecha para la relectura, como supongo que hubiera dicho Nabokov en caso de haberlo leído. Y no tanto porque una primera lectura requiera una especial concentración y seguimiento de una trama por lo general casi secundaria y unos personajes que se adscriben, en la mayoría de sus narraciones, a los estereotipos. Decía Alberto Olmos hace unas semanas en su blog Mala fama que si a un escritor le quitabas la narración solo quedaba la literatura. Pues Fresán es todo literatura. Y sus lectores le damos las gracias por ello.

Siempre ha sido así (lo es en esos libros infinitos que son La velocidad de las cosas o Mantra, lo es a una escala reducida en El fondo del cielo), pero lo es quizá un poco más en esta trilogía que está poniendo en marcha, basada en la figura del escritor. Rodrigo Fresán dice que escribió un primer libro, La parte inventada, y pensaba que eso era todo. Pero luego volvió a escribir y lo que le fue saliendo fue La parte soñada, y se dio cuenta de que seguía en el mismo mundo. Y ahora está trabajando en la tercera entrega, La parte recordada. Inventar, soñar, recordar, quizá los tres verbos clave en el momento de la creación literaria. Mezclándolos, si es posible. Recordar sueños. Inventar recuerdos. Etcétera.

La parte inventada es un libro inabarcable en todos sus niveles, plagado de referencias (a un nivel que hace que algunas páginas superen al pobre lector), lleno de digresiones que van devorando poco a poco la trama (una trama que vendría a ser la reconstrucción de la formación de El Escritor). Fresán es borgiano, y ya se dijo hace al menos dos décadas que era, probablemente un Borges pop, a lo que él contestó que Borges ya era pop. ¿Se hace viejo Fresán? Envejece, y se nota en este libro, y se nota en esta trilogía y se nota en las no demasiadas entrevistas que ha concedido en estos años, donde se le encuentra hastiado de la sociedad sin libros en la que le está tocando vivir. La parte inventada es un libro que habla de la muerte de la literatura. No de la novela, esta vez, sino de la literatura, de esa inversión de tiempo, neuronas, dinero, en buscar la mejor manera de escribir. Están los fantasmas de siempre de los libros de Fresán. Está 2001: La odisea en el espacio y está Bob Dylan y están The Beatles y está Francis Scott Fitzgerald, cuya novela Suave es la noche es una referencia constante en la vida y obra de El Escritor. Y están los nuevos fantasmas. Está ese envejecimiento y esa renuncia al pop contemporáneo, las diatribas contra las redes sociales y contra los que leen sin parar durante el día pero nunca libros con ideas complejas, contra los que escriben y pretenden que los lean pero ellos no leen y no trabajan su escritura.

Tratar de acercarse a un resumen de la trama es absurdo. El libro tiene 7 partes, en cierta medida tratando de reproducir esa idea que dice que toda historia viene esencialmente de esas 7 tramas básicas que se repiten desde Grecia o antes. Las referencias a la creación como aproximación a la trascendencia son constantes. A la trascendencia y a la paternidad, a la creación, el deicidio.

Y así El Niño no se parece en nada a sus padres. Y de acuerdo, lugar común, vista cansada: no puedes escoger a tus padres. Pero también es verdad que los padres tampoco pueden escoger a sus hijos. Y cabe preguntarse si estos dos, de haber podido acceder a otros modelos, habrían escogido a ese uno. O si este uno hubiera escogido a esos dos. Y cómo fue en primer lugar que los padres se escogieron entre ellos: ¿se sentían idénticos o complementarios o veían en el otro lo que querían que el otro viese en ellos? Haya sido lo que haya sido, ahora entienden – aunque no se atrevan a decirlo abiertamente – que todo fue un malentendido.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales – con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus – un <<Pero ¿has leído todos estos libros?>>. Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: <<¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en el lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos …?>>.

De esas partes recomiendo la lectura, como de una novela corta, casi como un libro de cuentos incompletos, porque eso es, un libro de brotes de cuentos, de la tercera parte: Algunas cosas que se te ocurren cuando deseas que nada te ocurra, un magnífico acercamiento al momento en el que el autor vislumbra la idea de la que tirar para tratar de conseguir alguna vez un texto. El Hombre Solo, enfrentado a pruebas médicas de las que puede esperar lo peor (cuando deseas que nada te ocurra) empieza a tomar notas para posibles historias. Ideas disparatadas pero otras no tanto, algunas son ideas realmente buenas para cuentos que ya no se escribirán. Ideas que surgen del contorno más extraño de la realidad, y que en sus breves 2 caras de anotación apresurada consuelan. Consuelan porque hablan de mañana, el momento sin desgracia en el que sentarse y escribirlas, el momento para desarrollar esa idea un poco más, lo suficiente, lo necesario para esa historia en particular. Rodrigo Fresán se aproxima aquí, otra vez más, a uno de los dioses recurrentes de su panteón, un imprescindible de las decenas de citas con las que se abren sus libros, John Cheever, aquel señor de mirada triste, incapaz de aceptar su vida real con sus problemas reales, aquel a quien llamaban el Chéjov de los suburbios, quien decía que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista. Aquí Fresán lo lleva al extremo, es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la antesala de los resultados médicos que pueden incluir las peores palabras, esas que normalmente comienzan con una C. Hay cuentos de terror y hay cuentos que nos alivian el terror de vivir.

Esa pequeña colección de cuentos en el interior de una novela ilustra perfectamente lo que es este libro, una colección de muñecas rusas que siempre esconden otra historia más en su interior. Rodrigo Fresán nos hace replantearnos aquí que no existe eso que llaman buena y mala literatura, alta o baja, sino sencillamente Literatura y las demás formas más o menos funcionales de escritura. Y él sigue apostando todo a la Literatura. Y personalmente espero que nunca deje de hacerlo, porque como él también dice siempre que lo entrevistan, la realidad está sobrevalorada, y ya tenemos todos bastante realidad cada día.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

sábado, 4 de noviembre de 2017

El gran conspirador: Libra, de Don DeLillo

El gran conspirador: DeLillo. Libra

Hace no demasiados días nos llegaba la noticia de que el gobierno de Estados Unidos había autorizado la desclasificación de la mayoría de documentos de sus agencias de investigación e inteligencia sobre el más famoso magnicidio del siglo XX, el asesinato de Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
Da igual lo que se encuentre ahí dentro, pensé, porque ya lo podíamos haber leído en el pasado, en los libros de DeLillo, en Submundo o especialmente en Libra. DeLillo es el paranoico lúcido, el conspirador inteligente y superdotado para la narrativa digresiva, la única que puede dar algo de luz, que no explicar, estos acontecimientos que cambian décadas. Aprovecho para volver a publicar estas líneas que escribí en su momento sobre Libra, no tanto una novela sobre el asesinato de Kennedy como sobre Lee Harvey Oswald, una novela sobre el reverso oscuro del sueño americano, de la vida positiva, un retrato en blanco y negro y decenas de voces del paria que decide dar un paso adelante y convertirse en historia.


Libra es una novela sobre la conspiración para asesinar a John Fitzgerald Kennedy. Y también es una reconstrucción de la vida de Lee Harvey Oswald. Libra es esas dos cosas y es también una denuncia de los sistemas de seguridad que se mueven por debajo de los sistemas de derecho, ajenos a tal derecho, manejando a veces cuestiones tan capitales como quiénes deben dirigir países. Pero Libra es sobre todo el primer intento de DeLillo de cazar esa gran ballena blanca que es la gran novela americana. Para mí Submundo es superior a Libra porque no está tan centrada en un caso concreto y trata de abordar toda la sociedad en su conjunto, pero Libra también está retratando, a partir de esa investigación central, la sociedad americana, y desde ella, no nos engañemos, el mundo. Libra es sobre todo una de las grandes novelas contemporáneas sobre la mentira, sobre la construcción de relatos paralelos que encajan y permiten, por su coherencia, esconder la verdad tras una mentira. La eterna indicación de Aristóteles, el relato no debe ser verdadero sino verosímil, ha sido trasladada, nos dice DeLillo, de la creación de ficción (pura y en principio inocente pues sólo está orientada a satisfacer al lector) a la narrativa de la historia oficial. DeLillo se adelantó casi veinte años (Libra es de 1.988) a todos esos que empezaron a mediados de los 2.000 a analizar el storytelling subyacente a las construcciones políticas dominantes y empezaron a encontrar puntos comunes, nodos del engaño en todos ellos. Lee Harvey Oswald es un paria que se ha criado solo con una madre que no ha sido ni mucho menos ejemplar, que ha ido rebotando de escuela en escuela, y no se sabe muy bien si es un pequeño genio o un chaval de capacidades intelectuales tirando a muy escasas, al que los servicios de inteligencia infiltran para que genere el caos. Vemos cómo lo intoxican de ideología y cómo lo entrenan militarmente. Parece que nadie sabe para qué emplearlo pero parece claro que todos quieren emplearlo. Oswald acaba creyéndose un ángel de la historia y acaba dando el gran golpe. Un golpe del que los servicios de inteligencia en parte sabían algo y en parte no sabían nada. Porque el lenguaje vuelve a servir para cubrir de humo la realidad y no dejarnos ver nada, y en ese estado no hay blancos y negros tan definidos, y la conspiración de la que habla DeLillo no es una conspiración fácil, no es una conspiración de unos señores malos reunidos en una sala oscura decidiendo matar a Kennedy, el héroe. La pequeña y la gran mafia están por ahí. Los intoxicadores que nunca faltan en las historias de DeLillo. Cuba y Castro. Los anticastristas. Los que escriben la realidad y al hacerlo ya la están deformando. Los parias que creen que ha llegado su momento. La comisión Warren. Libra es una novela que suma más caos al caos. Es una novela de primera que tiene un argumento de novela de serie B para leer en un viaje en tren. Del trastorno mental y la distorsión de la realidad que están detrás de toda teoría conspiratoria DeLillo hace literatura de primera. De Libra, como artefacto literario, salen directamente la película JFK de Oliver Stone, David Foster Wallace y toda la última producción de James Ellroy. También han bebido en sus fuentes Martin Amis e incluso Stephen King en su novela sobre el magnicidio de Dallas. Y esos sólo son los que reconocen haberse sentido inspirados por ella. Hay que leer Libra como la novela de ficción enloquecida que es pero también hay que leerla con la intención de localizar todas las líneas intermedias que quedan en el aire, y por último hay que leerla como documento histórico, no tanto de lo que pasó en Dallas cuando mataron a Kennedy como del cambio social en aquella época y de la psicosis colectiva posterior al asesinato. Hay que leerla en todas sus variantes y no volver a confiar en lo que nos cuenten.

Id a vuestra farmacia más cercana con una receta urgente a por libros de DeLillo.

Felices lecturas

Sr. E



domingo, 29 de octubre de 2017

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore

Volver al cuento II: Gracias por la compañía, de Lorrie Moore (Ed. Seix Barral)

Hablaba en la última entrada de la satisfactoria y necesaria sensación de volver al cuento, de redescubrir ese género mágico que utiliza las herramientas narrativas desde la óptica y el aliento de un poeta. Esta descripción es, obviamente, reduccionista, y deja fuera a cualquier autor que no se ajuste a ella, pero si se mira bien se verá que son mayoría los buenos cuentistas que tienen algo de ello. Desde luego Lorrie Moore. Hablaba también de los viejos amigos y en cierto modo, Lorrie Moore lo es, y descubrir este último libro suyo ha sido una alegría inesperada.

Nos llenamos la boca, los cuentistas y las editoriales, los expertos y los críticos, de la buena salud del cuento. Cuando el cuento es un niño enfermizo y enclenque, que cuenta con apenas un millar de potenciales lectores repartidos por todo el país. Pongo un ejemplo, Lorrie Moore sacó este libro a finales de 2015 y yo, que estoy pendiente de las novedades del mercado, ni me enteré. Casi nadie se enteró, porque si se consulta en Google, hay 4, 5, no muchas más reseñas del momento. Y eso que es Lorrie Moore.

¿Y quién es Lorrie Moore? Para mí, sobre todas las cosas, la autora de Pájaros de América. Para mí esa es una de las colecciones de relatos más perfectas, conseguidas, delicadas a la vez que hirientes, que he leído y releído nunca. Pájaros de América era su anterior libro de relatos y entre ambos habían pasado 16 años. 16 años de silencio y trabajo fino para volver con una colección de 200 páginas y 8 relatos, desde luego una muestra de que los cuentos están trabajados, pulidos, bien pensados. Seguramente también la prueba de que muchos cuentos han quedado abortados por el camino en ese tiempo.

Para mi libro Desórdenes elegí un epígrafe de Lorrie Moore, uno que dice:
Por lo general, la gente no era mapas de carretera. La gente no era ni jeroglíficos ni libros. No era historias. Una persona era una colección de accidentes. Una persona era un montón infinito de rocas con cosas creciendo por debajo.
Lorrie Moore continúa escarbando bajo las capas visibles de las personas “normales”, buscando su alma, convencida de que la teoría del iceberg que tanto se cita en la construcción de relatos no es más que una máscara de la teoría del iceberg que nos esconde a todos.

Empiezo diciendo que para el lector enamorado de Pájaros de América que soy Gracias por la compañía no me ha parecido un libro tan redondo. Este es un libro sobresaliente pero aquel era una matrícula de honor indiscutible. Aquel era el libro de alguien que llegaba a la cuarentena preocupada por la sociedad y su entorno y con ganas de poner el dedo en la llaga, y este es un libro con el espíritu un poco más cansado. Pasan los protagonistas, como la autora, de los cincuenta, se acercan a los sesenta y hay divorcios, hartazgos, hipotecas, casas y propiedades que no han traído precisamente la felicidad, hijos distanciados, negocios fracasados, muertos.

Si obvio mis ideas sobre Lorrie Moore debo decir que Gracias por la compañía es un libro excelente, que se inicia con un divorciado que ha decidido no quitarse la alianza en un gesto absurdo de abrazo al pasado. Los personajes de Lorrie Moore en general, y en este cuento y este libro en particular, buscan algo a lo que aferrarse, por absurdo o extraño que suene. Este mismo divorciado acabará haciendo que su día a día gire, y en cierto modo se recupere, alrededor de la invasión americana de Irak en 2003. Por cierto, los cuentos no es que se ordenen cronológicamente, pero dan la sensación de ir avanzando por esa década que en un futuro se estudiará como determinante en algunos cambios, la que va del atentado de las Torres Gemelas a lo peor de la crisis económica. Un tonto (y por ponerlo en tercera persona no acabo de excluirme del grupo, uno de los más numerosos de la humanidad) con ínfulas diría que los personajes buscan algo más de la vida, algo que los deje satisfechos, si acaso por un tiempo, el momento de la sensación verdadera del que hablaba Peter Handke.

En lo técnico y narrativo, Moore suele empezar las historias en un punto intermedio del arco temporal que va a abarcar y mediante flash – backs va completando la información que juzga relevante entregarle al lector, mientras el día a día de esos personajes va pasando. Los temas que utiliza son los que han ido centrando la literatura realista desde siempre, las relaciones amor – odio de parejas, amigos, padres e hijos. La prosa es limpia, la atención al detalle siempre sugerente, y el título nos hace preguntarnos (a mí al menos) si debemos dar las gracias por la compañía de quienes nos soportan. Y la postura de estos relatos es que sí, pero a la vez que no, porque la compañía es necesaria y se agradece, pero también pesa y molesta y en ocasiones nos hace desear la soledad, y como bien se ve en estas historias ni siquiera es necesario en algunos casos que las personas cambien, solamente con las circunstancias es suficiente.

Lorrie Moore, que en Pájaros de América nos dejaba un escalofriante relato como Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica, no rehuye escarbar en la basura de la sociedad líquida y posmoderna ni mirar de frente a la enfermedad ni a la muerte, ni literal ni figuradamente. Lo típico y recurrente es recomendar alguno de los relatos de la colección en particular (que tiene 8 en total). Aunque tengo mis preferidos (Muda, el primero, y Enemigos, el cuarto) y también el que me parece más flojo (el que da título a la colección y la cierra, Gracias por la compañía), recomiendo leer el libro en el orden en que la autora nos lo presenta, pues la intrahistoria implícita va apareciendo ahí. El libro está lleno de un realismo irónico, a ratos patético, a ratos tierno, casi siempre irónico. No sé por qué Lorrie Moore no está mejor situada en el canon del relato breve norteamericano (aunque se la suele citar, claro), pues yo la situaría, por su sutileza, en un primer puesto compartido con Tobias Wolff, y por encima, en mi criterio lector, de un Raymond Carver que se ha quedado un poco viejo y acartonado de tanto usarlo y un Richard Ford que se ha demostrado mejor novelista que cuentista (la novela que leí de Lorrie Moore en algún momento de esos años entre Pájaros de América y Gracias por la compañía, Al pie de la escalera, me convenció de que su caso es el contrario, una cuentista excelente y una novelista mediana). Lorrie Moore es una aguda observadora digna de heredar el hipotético trono de Alice Munro, si aquella alguna vez deja de escribir libros tan buenos como siguen siendo los suyos y el puesto queda vacante.

Seguiremos leyendo a los viejos conocidos y tratando de volver a dejarnos sorprender.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 23 de octubre de 2017

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic (Ed. Baile del Sol)

Hay épocas en las que se nos pasan incluso meses sin ver a nuestros amigos. A esos amigos de verdad, pocos, escogidos, decantados por el tiempo. Y no por ello dejan de ser nuestros amigos. A veces me pasa algo parecido con algunos autores, o incluso con todo un género (el relato corto) y una manera de entender la literatura y hasta diría que la vida (la del cuentista). En los últimos meses, después de más de un año trabajando en una novela larga, estoy dedicado, como escritor, al cuento. Por apetencia y por la beca de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, que también impulsa y hasta cierto punto dirige el enfoque creativo de estos meses de trabajo. En ocasiones estás escribiendo novela y te apetece leer de todo menos novela, ahora yo estaba escribiendo cuento y me apetecía leer cuentos mientras tanto, pero cuentos que ya conocía y a autores que ya he leído y releído mil veces (aprovecho para apuntar un valor del relato: por mucho que nos guste una novela, el número de veces que podremos releerla a lo largo de una vida es necesariamente limitada, y ciertos cuentos podríamos releerlos casi a diario), más pendiente de los recursos técnicos o de buscar soluciones narrativas a mis propios problemas que de simplemente leer y disfrutar. Esos pocos autores o esos pocos libros o incluso esos pocos relatos escogidos que forman lo que los psicólogos llamarían mi zona de confort, por la que mis ojos se deslizan sin esfuerzo, y que me permite detenerme solamente en aquellos detalles en los que quiero detenerme.

La mejor manera de salir de esa zona de confort siempre es con brusquedad, con una patada que desequilibre la silla en la que estás y te arroje al suelo. Me han tumbado dos autores que han vuelto a recolocarme como lector. El primero del que voy a hablar es Roman Simic. Tenía desde hace un par de meses en casa su libro Aliméntame, y no lo había abierto. Y es uno de esos libros que te recibe con un buen puñetazo. Es un libro violento, también poético, también tierno, también lleno de recovecos y detalles que vale la pena degustar como lector, pero no por ello menos violento.

En cualquier caso, hace tiempo ya, en tu calle había un perro callejero, y un niño escribió sobre él: Croacia; otro lo ahorcó por eso, y empezó la guerra, por el perro y los niños. En otoño de 1991 yo venía de alistarme en un cuartel del Ejército Popular Yugoslavo al sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar. Y dices desaparecía como si fuese algo durativo, y explicas que entonces, hasta cierto punto, aún existía.

Simic trabaja en el equilibrio de tiempos verbales entre pasados continuos y presentes estancados, y creo que ese párrafo lo representa muy bien. Roman Simic es un autor más o menos situado en el star system (un término muy lejano al mundo del cuento, lo sé; hablaba hace un par de meses con un amigo de quién podía ser, para nosotros, el Messi del relato breve, y acabamos coincidiendo en que muy probablemente lo fuera Etgar Keret; pues bien, no tiene problemas para llegar a los aeropuertos y que los fans lo acosen, en demasiadas bibliotecas públicas ni siquiera tienen ninguno de sus libros) del relato breve europeo actual. Nacido en Croacia a principios de los 70, Simic ha dirigido un festival europeo de relato. Ha ganado los mejores premios de narrativa en Croacia, está traducido en Alemania y como destacan en la solapa, incluso en Serbia (destacable por las tensiones que siguen existiendo).

Baile del Sol sigue aumentando su catálogo balcánico, alimentando su valiosa colección DelEste. Y yo sigo cayendo rendido a los pies de cualquiera que trate de explicarme un poco más esa guerra absurda e innecesaria (y sí, ya sé que todas lo son, claro, pero esta más, esta es una guerra post – caída del Muro, una guerra nacionalista en los albores de la globalización, la guerra de los poetas que a falta de un mayor talento le cantaban a su pueblo y la guerra que nació del patriotismo deportivo, una salvajada alimentada desde dentro y desde fuera como si todos pensaran: no serán capaces, y oh, vaya, sorpresa, fueron capaces) que fue la de Yugoslavia. Roman Simic era un niño o era un adolescente o era un joven al que alistaron, o se alistó, en aquella década de los 90. Pudo ser todo eso y juega a esas múltiples recreaciones. Roman Simic nos mete en la piel de todos esos posibles yugoslavos y nos deja sudar dentro de esa colección de trajes humanos. Pero también vemos que la gente, incluso en la guerra, es gente. Y los adolescentes son adolescentes que se mueren de deseo por su vecina, o se acuerdan de algo, y hay quien siempre saca provecho de cualquier situación. Y luego se acaba la guerra y a quien más y a quien menos se le queda cara de posguerra. Y hay que seguir viviendo. O sobreviviendo.

Abro un tema de debate: ¿estarán en Croacia, en Eslovenia, en Serbia, en Bosnia tan cansados de las historias que parece que brotan en sus múltiples ópticas y versiones sobre la guerra de Yugoslavia en los 90 como lo estamos aquí de las novelas y películas ambientadas en la Guerra Civil española? ¿O les faltan otros 40 o 50 años para llegar a ese punto de hartazgo? No lo sé, sinceramente, por motivos tan obvios como que no conozco los países ni su prensa, ni siquiera un poco de sus idiomas, no puedo acceder a esa información. Pero como lector, creo que no. O creo al menos que no tienen por qué estarlo. Todos los libros que he leído en los que este conflicto es parte importante de lo narrado, aunque a veces no lo sea todo, me transmiten la sensación de viveza, de complejidad, de trabajo narrativo bien hecho, de autenticidad. En los libros que Baile del Sol ha ido sacando en DelEste (el gran David Albahari, pero no solo), pero también en Manual de exilio y Los bosnios, de Velibor Coliç (Periférica), en Esquirlas, de Ismet Prsic (Blackie Books), en los libros de Miljenko Jergovic (Siruela), me encuentro con narradores que dicen: éramos todos unos hijos de puta. Y a la vez éramos todos unos idiotas a los que manipularon. Y se señala a los instigadores, y se reparten cartas de la baraja de la culpa, pero no se exime a nadie, y desde luego nunca se exime al nosotros, sea cual sea en cada caso. Las historias de la Guerra Civil son siempre tan maniqueas, los personajes tan acartonados, los escenarios tan copiados, los malos tan malos y los buenos tan idealistas y buenos, que no sé, cuando empieza la película o la novela ya sé por dónde va a ir siempre. Y lo digo desde el convencimiento personal de que hubo unos que fueron los malos que dieron un Golpe de Estado contra un gobierno democrático y legal.

El libro no es una colección de relatos de los tiempos de la guerra. Ese es un sesgo lector mío. Yo veo algo que viene de la península balcánica y pienso en Karadzic y Mladic, y en aquellos geniales deportistas que estuvieron alimentando odios, al menos no frenándolos, en aquellos Boban, Divac y tantos más irresponsables. La sombra de la guerra está, pero no es la única. Hay década de los 2.000 y hay crisis, económica, social, existencial, no pasan en Croacia cosas muy distintas a las de cualquier otro lugar de Europa. Hay parejas que se hacen y se deshacen, hay enfermos, hay falta de expectativas laborales, hay hijos, sueños, desilusiones, pensamientos sobre la creación artística, hay precariedad croata. Destaco la cuchillada inicial de Zorros, y destaco la historia de amor desesperado de Esas chicas. Destaco también la crudeza con la que se abre la puerta trasera de la paternidad y la maternidad en Dos niños, un tema muy poco tratado en la narrativa contemporánea, y mucho menos por un autor que sea hombre, disfruto con el juego cruel y desmemoriado de Aliméntame y la figura del poeta loco de ecos bíblicos en Así habló Mayakovski.

No me gusta nada el título elegido para la colección, pero el autor manda, y el traductor (a lo que he colegido gracias a los traductores online) se ha limitado a respetarlo. No obstante, le doy la razón en que necesitamos quien nos alimente. Me inquieta esa mano casi zombi que nos saluda desde la portada. Uno de los instintos que siempre necesitan alimento es el del niño que fuimos al que le gustaba que le contaran cuentos antes de apagar la luz y tener que dormir. Ahora los cuentos nos los cuentan señores nacidos en un país que ya no existe y debemos leerlos nosotros mismos, pero parte de esa sensación se recupera cada vez. Decía John Cheever que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista, en ese momento de tensión y angustia casi máximo, solo comparable (y perdón por la frivolidad que esta comparación supone) al corredor de la muerte. Es una alegría que de vez en cuando autores tan buenos y tan crudos, tan terriblemente sinceros, bellos y crueles, te lo recuerden.

Seguiremos leyendo, no solo cuentos.

Felices lecturas


Sr. E

martes, 17 de octubre de 2017

Dos libros extraños

Dos libros extraños: Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan (Jus Ediciones) y Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec (Jeckyll & Jill)

Hay escritores raros (hay incluso una corriente de la literatura uruguaya a la que la crítica, con la comodidad de las etiquetas, ha calificado como los raros, y siendo cierto que son autores raros es bastante discutible calificarlos de corriente) que tratan de escribir libros más o menos normalizados. Hay autores normalizados que de vez en cuando escriben un libro raro, disonante en su trayectoria, aunque a veces de una valía incalculable. Y luego hay autores raros que escriben, o eso parece, siempre, libros raros. Creo que me he encontrado con dos de ellos.

No soy un gran conocedor de la obra de Sergio Chejfec (este es el tercero de sus libros que leo) y mucho menos de la de Mac Orlan (con quien me estreno), pero parecen dos tipos raros. El anterior libro de Chejfec editado era una reflexión sobre la escritura como acto físico, desde los manuscritos hasta las ultimísimas pantallas inteligentes (Últimas noticias de la escritura, Jeckyll & Jill), un libro fácilmente relacionable con El discurso vacío, de Levrero, aunque con un afán enciclopédico y casi pedagógico, frente al vacío real al que se abocaba Levrero escribiendo a mano un cuaderno que luego sería mecanografiado para su difusión en forma de libro.

Pierre Mac Orlan (que en realidad no se llamaba así) parece que fue de todo en la vida, y también bohemio y escritor. Tan escritor como que según informa la editorial en la solapa, fue autor de 130 libros. Este es de 1920, es prácticamente un cuadernillo, se lee en una hora de concentración, y se digiere durante semanas. Si no desconfiara de términos como un librito delicioso, diría que Breve manual del perfecto aventurero es un librito delicioso. Es un juego, un entretenimiento de aire pedagógico que evalúa, ensalza y desmonta la literatura de aventuras. Mac Orlan escribió este libro cuando parecía que el amor de la literatura por las aventuras, grandes, pequeñas, medianas, del siglo XIX se desvanecía definitivamente. Tenía razón en que el amor por aquella literatura de los Jack London, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, estaba en decaimiento, y lo sigue estando, pese a meritorios intentos de escribir buenas novelas de aventuras. Como buen libro provocador, empieza diciéndonos que la aventura, como tal, no existe, solo está en el ánimo del aventurero, y esa es la esencia del libro. Mac Orlan escribe un manual de uso para quienes quieran escribir una aventura sin moverse de su escritorio. Los aventureros sedentarios, de los que aprenderemos y en lo que podemos aspirar a convertirnos con esta lectura, son sus protagonistas. Nos enseñan sus secretos, sus recetas. El tono es irónico y parece una obra digna del adjetivo borgiano.

Hay algo de heroico en escribir libros enciclopédicos sobre saberes inútiles en pleno siglo XXI, con internet en el bolsillo del pantalón de cada lector, con el smartphone a punto de integrarse en nuestro mismo organismo. Chejfec tiene algo de sabio loco. Teoría del ascensor, pese a que anuncia en su título una teoría (la del ascensor), nos hace terminar sus páginas sin poder contestar a la pregunta de: ¿en qué consiste esa teoría? ¿Es el resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura? Es al menos un resumen de ideas de Chejfec sobre la escritura. Lo que Chejfec escribe, si hay que buscarle un nombre, es un ensayo narrativo. Aporta información, la pone sobre la mesa, desarrolla algunos puntos de pensamiento ajenos, busca conexiones, extrae algunas conclusiones, y eso es a lo que se dedica un ensayo. Pero a la vez nunca llega a una conclusión, y todo está escrito con la pasión de la narrativa. Chejfec nos está contando una historia, la suya. Para él lo apasionante es mirar y leer, y contagia esa pasión. No es extraño que en la contraportada Vila – Matas alabe el libro y al autor, pues en cierto modo Chejfec es un claro heredero de esos libros que Vila – Matas escribió en los ochenta y en los noventa, especialmente libros adictivos y llenos de erudita nada como Historia abreviada de la literatura portátil y Bartleby y compañía. Para mí, como lector, esas son las obras cumbre de Vila – Matas y en los últimos años se ha ido imitando y amanerando en la imitación y yo personalmente he perdido interés en lo que va publicando. Chejfec es sangre nueva para esos libros y para quienes somos sus potenciales lectores. Habita un incierto punto medio en el desierto que en las letras argentinas separa a Ricardo Piglia de César Aira. Todo lo que escribe Chejfec parece estar escrito muy en serio, como si los libros fueran el único asunto de vida o muerte, algo que lo acerca a Piglia. Escribe y reflexiona sobre lo que acaba de escribir, y esa es la respiración de Teoría del ascensor, aunque muchas veces reflexione sobre lo que ha escrito (o dicho o filmado o fotografiado) otro. Pero todo tiene un poso irónico, un no – es – para – tanto – solo – son – libros – e – ideas, sin la exageración de un César Aira que parece empeñado en superar los mil libros publicados y que presume de no corregir lo que escribe porque total, solo son libros.

Chejfec es una experiencia y Mac Orlan es desde luego otra. Son dos libros que en su aparente fragilidad esconden una gran densidad.

Seguiremos leyendo libros raros, y libros no tan raros. Seguiremos leyendo y comentándolo.

Felices lecturas


Sr. E

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Memorias musicales de Glenn Gould y Frank Zappa

Memorias musicales: No, no soy en absoluto un excéntrico, montaje de Bruno Monsaingeon sobre entrevistas de Glenn Gould (Ed. Acantilado) y La verdadera historia de Frank Zappa, de Frank Zappa (Malpaso Ed.)

He leído casi seguidos dos libros de memorias (en un sentido bastante amplio del término) de dos músicos muy influyentes a lo largo del siglo XX: Glenn Gould, quizá el concertista clásico más conocido de su época, y Frank Zappa, figura central de la contracultura americana, uno de los principales referentes del rock progresivo y sinfónico, y en general de los caminos que cruzaron la música clásica con la culta y el humor político (llamando humor político al que incomoda al poder, cualquier poder) en los sesenta y setenta. Uno es un músico al que escucho muy frecuentemente (Gould) y otro es un autor cuya importancia comprendo pero cuya obra no me dice demasiado (Zappa). Pero una de las cosas más interesantes de las memorias es que muchas veces no nos interesan más o menos por lo interesante que nos resulte el personaje en sí como por lo interesante de lo que cuente y cómo.

Leí también por las mismas semanas la entrevista que le hicieron en Jot Down al cantante Miguel Ángel Hernando, alias Lichis, que vale como interesante estudio sobre la fama de los músicos. 

Lichis parece obsesionado con la imagen que como músico ha transmitido a lo largo de su carrera, una imagen que juzga distorsionada y profundamente equivocada. Modestamente, yo también pienso que sus oyentes ocasionales nunca llegaron tampoco a tener una imagen completa de su labor musical. Pero, ¿justificaba eso que redirigiera su carrera para huir de la falsa imagen que otros se habían creado de él? ¿Tan importante es lo que los demás piensen? 

¿Es inevitable que todo el mundo opine sobre la realidad de los músicos y que los entienda mal? Leyendo los libros de Frank Zappa y Glenn Gould parece que sí. Aunque ellos se hicieron fuertes en su propia percepción de sí mismo y quizá se hartaron de desmentir falsas ideas y leyendas, pero no modificaron ni un poco su modo de actuar y estar.

Son dos personajes de los que se podría decir perfectamente aquello tan tópico de que son caleidoscópicos. Gould es el intérprete clásico excéntrico por excelencia, con caprichos y manías de diva del pop, y Zappa era un hombre encerrado en un personaje (que se encarga de desmentir repetidas veces en sus memorias) que aspiraba, probablemente, a ser reconocido como compositor de música culta para orquestas.

Se trata de dos libros de memorias con bastante comillas porque el libro de Gould está construido como un recorte y montaje de sus declaraciones en entrevistas por Bruno Monsaingeon, uno de sus principales estudiosos y cabría decir casi que evangelistas. Es curioso que se utilice una cierta técnica de collage para construir el libro, en perfecta sintonía con el modo de entender la música de Gould, quien siempre defendió que su labor como intérprete era darle la mejor obra posible al oyente, y si para ello tenía que repetir tomas, cortar y pegar trozos, era lo que debía hacer en el estudio, y nunca entendió la pureza que algunos pretenden que se alcance en los conciertos, donde pensaba que el único aliciente era muchas veces cazar al concertista en un error. El libro de Zappa no es un libro de memorias en tanto en cuanto no se trata de Zappa recordando su vida, rememorando hechos con el objetivo de ordenarlos. Más bien es un libro en el que Frank Zappa expone sus ideas sobre ciertos aspectos de la sociedad, la vida, el arte y la convivencia, y para ilustrar sus ideas se apoya muchas veces en sus recuerdos.

Para quienes no lo conozcan, Glenn Gould, intérprete canadiense, es considerado uno de los mejores pianistas del siglo XX, especializado en la interpretación de Beethoven, la música dodecafónica de Schönberg y sobre todo en Bach (sus grabaciones de Las Variaciones de Goldberg de este último se han convertido en canónicas, y casi cualquier aficionado habla de Las Variaciones de Goldberg de Glenn Gould como una obra diferente a cualquier otra grabación de las mismas, incluso distinguiendo las distintas grabaciones que hizo de la misma obra).

Su mejor época de concertista estuvo determinada por la escasez de su trabajo en público, siempre huyendo de la sobre – exposición, y se retiró prácticamente años antes de su muerte, a una edad en la que estaba en condiciones de dar sus mejores interpretaciones. Acabó falleciendo a los cincuenta años. La palabra excéntrico acompaña a Glenn Gould desde que comenzó su carrera como pianista. Basta hacer en Google la búsqueda de su nombre acompañado de este adjetivo. Gould, sin embargo, nunca se reconoció (especialmente por lo que la excentricidad tiene muchas veces de pose, algo que él negaba, estar de postureo, como ahora se diría) como un excéntrico, de ahí el acertado título de sus memorias. Desde que era un músico de veintipocos años y sorprendió a la crítica y al público clásicos, tuvo que estar contestando a preguntas sobre sus manías y rarezas. Para él, según se ve en este libro, todo era perfectamente lógico y racional. Sus cuidados extremos con las manos eran necesarios pues tenía mala circulación y al fin y al cabo su trabajo lo hacía con las manos. ¿Su sillita desvencijada y enana para tocar en los conciertos, con la que iba a todas partes? Él lo explicaba diciendo que su modo de tocar necesitaba que él se apoyara desde más abajo del piano, pues había aprendido tocando el órgano, y trataba de trasladar esa sonoridad majestuosa al piano. Y así tenía respuestas para casi todo. Gould sorprende por su defensa de las técnicas de estudio y por lo autoexigente que es consigo mismo. Esto último es común a cualquier perfeccionista, y Gould le suma una dureza extrema con los demás pianistas de su época, a los que acusa de ser excesivamente románticos. 

Glenn Gould no compartía ese espíritu romántico (aunque según él ahí también había exageraciones) y sus intérpretes de cabecera eran pocos y siempre con Bach a la cabeza. La imagen de Glenn Gould que estas curiosas memorias transmiten, incluso tomando por lógicas y racionales todas sus explicaciones, son las del típico y tópico genio ensimismado. Para Gould era un desastre tener que salir de gira. Le perturbaba profundamente ir a Europa y a otras ciudades de Estados Unidos. Son muy curiosas sus reflexiones sobre el público con el que se encontró en la Unión Soviética cuando fue invitado a ir allí. Tardaba meses en volver a recuperar la calma en su casa, apartado de las molestias. No le gustaba especialmente tocar ante el público, y se resistía a hacerlo todo lo que podía. No parecía preocupado por la imagen que el mundo tenía de él y la posteridad guardara de él. Una de las cosas más bonitas del libro es que por poca música que uno sepa, llega a entender cuáles son sus ideas sobre armonía, interpretación, composición, y son ideas trasladables a campos como la pintura, la escritura, el cine. Hace 35 años de la muerte de Glenn Gould y cuesta imaginar ciertas obras interpretadas por otras manos. La fascinación por su figura continua, y basta ver el homenaje que Acantilado ha organizado estos próximos días en Barcelona y Madrid.

Frank Zappa era un personaje peculiar, ácrata, incómodo, convencido de que la libertad (creativa, personal, política) era el valor supremo, algo muy americano y algo por lo que como americano precisamente tuvo que luchar mucho. Las memorias de Frank Zappa están escritas en la segunda mitad de los años ochenta y se publicaron originalmente en 1989. Zappa ya tenía entonces, por lo que luego se vio, el cáncer que le costó la vida, pero no se le había detectado. Falleció en 1993, a los 53 años. Las memorias de Frank Zappa tocan temas como la familia, la política, la música, la vida del música en gira, el matrimonio, la educación, la censura, la tecnología, y las distintas relaciones entre unos y otros. Es un hombre lúcido, y también un hábil vendedor de sí mismo y de sus ideas. Se expresa con claridad y con brillantez, no tiene miedo a reírse de sí mismo. Se nota que se divirtió escribiendo partes del libro en las que se desmitifica. Le extraña cómo su música, que nunca pasó de minoritaria en el mejor de los casos (y si uno busca información en internet se vuelve a incurrir en ese exceso que es decir algo así como: fue ignorado en los Estados Unidos, su música fue mejor comprendida en Europa, algo parecido a lo que se suele decir de Woody Allen o de Leonard Cohen, como si en España en cualquier barra de bar se estuviera comentando a cualquier hora la última película de Woody Allen o se buscaran nuevos matices en viejas grabaciones de Frank Zappa), generó tantas polémicas a lo largo de sus tres décadas de carrera. Es un personaje que no se muerde la lengua y que dispara con bala contra colectivos contra los que sería impensable que un músico de su reputación lo hiciera hoy en día, como son otros músicos, tanto músicos que han trabajado con él, en su banda, como por así llamarlos competencia. También tiene una fijación con los sindicatos y su control de ciertos conciertos, acontecimientos públicos y los problemas que le dieron en su aventura como compositor para orquestas y director de las mismas, en Europa y en los Estados Unidos.

Son antológicos los capítulos sobre las relaciones con los padres, cómo la religión, la familia y las tendencias de consumo pueden ser más destructivas para las mentes juveniles que las drogas, y sus diatribas contra la educación normalizada. Zappa daba puntualmente clases en escuelas de música, pero se refiere a los institutos y universidades. Cuenta cómo huyó de la educación en cuanto pudo y cómo sacó a sus hijos del sistema educativo en cuanto aprobaron por libre el equivalente a la ESO en España, y les dio libros y películas y fomentó en ellos el interés por la cultura y ser críticos y esperaba que no les diera nunca por estudiar en la universidad, ya que desde luego él no iba a pagársela para que los convirtiera en individuos adocenados. Sus ideas sobre educación de los hijos (dejando libertad, estableciendo pactos con ellos en los que podían hacer o no hacer algo en función de que sus razones lógicas fueran mejores que las suyas) son muy jugosas, y a mediados de los 80 denuncia algo que ha ido a peor, la conversión del hijo en el tesoro de la familia, a través del que pretenden realizarse muchos padres, pero sin complicarse. La tendencia a pedir que se prohiba todo aquello que a uno le molesta, bajo la excusa de que puede ser nocivo para los niños.

Zappa llegó a estar en la comisión del Senado americano sobre las llamadas Guerras del Porno. El episodio se merece un pequeño ensayo sobre la imbecilidad y la mezquindad él mismo, y quizá lo tenga. La mujer de Al Gore (ese Al Gore) le compró a su hija Purple Rain, de Prince, y descubrió, escuchándolo con ella, referencias a la masturbación. Aquello la escandalizó, y escandalizó a algunas otras mujeres de senadores y gobernadores americanos,que empezaron a pedir que alguien protegiera a los niños de esas letras obscenas. Todo fue objeto de una comisión que ya tenía las conclusiones decididas de antemano y en la que Zappa apareció como invitado (incluye en el libro su declaración completa, que no le dejaron leer entera). De aquella comisión acabaron quedando las famosas pegatinas de Parental advisory en los discos que incluían letras con contenidos explícitos, que como bien dice Zappa, sirvieron esencialmente para darle publicidad a ciertos grupos y discos. Uno de los momentos culminantes del libro es en el que se dirige a Tipper Gore diciéndole que si le preocupa que su hija pueda escuchar discos con letras explícitas, que no se los compre, pues tiene 9 años, y para ello basta con que le compre mejor un libro, o un disco de música clásica o uno de jazz instrumental, o simplemente escuche las letras antes de dárselas a la niña, pero que no pretenda censurar todo el sistema musical para ahorrarse su labor como madre. Creo que sobra decir que Zappa perdió aquella batalla. Y curiosamente ninguno de sus discos tuvo nunca que salir a la venta con una de aquellas advertencias para padres.

Seguiremos leyendo y escuchando música

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 18 de septiembre de 2017

Para Gloria y Los pobres, de William T. Vollmann

Mi verano con William T. Vollmann: Los pobres (Debate) y Para Gloria (Muchnik Editores)

Este verano conseguí a través de librerías de internet tres títulos de William T. Vollmann. Leí su novelón Europa Central en primavera y quería seguir avanzando con él. Lo primero que hay que decir es que es difícil conseguir libros de Vollmann traducidos, solo son accesibles los libros que ha editado últimamente Pálido fuego. Uno de los libros que compré fue precisamente de estos, Historias del arcoiris, una colección de relatos que aún estoy leyendo y a la que dedicaré una entrada específica.

Los otros dos libros son textos de 1991, en el caso de Para Gloria (una traducción bastante mojigata del título original y mucho más adecuado, y aunque no lo fuera, es el que eligió el autor: Putas para Gloria) y de 2007, Los pobres. Otra dificultad es poder seguir una lectura coherente de su obra, pues su última novela traducida, La familia real, es de 2.000, la colección de relatos Historias del arcoiris, el anterior libro en llegar, es de 1989, y así. También ese cierto alejamiento de su figura nos permite leerlo sin tener muy claro cuáles son sus libros canónicos, y eso tiene su encanto, frente a tantas lecturas que comenzamos condicionados por gigas de información sobre el autor y sus libros.

Los pobres se anuncia como un libro de No – Ficción en una colección de la editorial Debate que parece que no tuvo un gran éxito (el gran momento de la No – Ficción ha llegado algunos años después) y Para Gloria es un libro de ficción que comienza, como los telefilms, que salvo los nombres, está basado en historias reales.

Vollmann, en Europa Central, convertía en personajes literarios a los jerarcas y propagandistas nazis y soviéticos. Como afirma James Ellroy para justificar sus incursiones en la historia reciente americana desde la forma de la novela, si un personaje público está muerto, él tiene derecho a convertirlo en personaje literario. Aquí convierte en personajes literarios a personas anónimas de los barrios bajos de San Francisco (Para Gloria) y a pobres de todo el mundo (Los pobres). La mirada de Vollmann dota de una poesía realista y sucia (con permiso de Bukowski), aquellas realidades sobre las que posa su atención. Es un prosista que en cada uno de los libros que he leído (que son tres y medio, pues aún sigo con sus relatos) adopta el estilo justo para lo que quiere contar en cada momento, con la estructura y el toque de prosa preciso en cada realidad. Una gran orquesta sinfónica toca con perfecta sincronía en Europa Central. Una mirada que se vuelve neutra en ocasiones, aunque se implica personalmente en otros, trata de mostrarnos la realidad de todos los pobres del mundo en Los pobres. Un pobre desgraciado, Jimmy, romántico y fatal, busca el amor de su vida por el Tenderloin, el barrio de las prostitutas de San Francisco, y su voz es febril y poética, en Para Gloria.

Centrándome un poco en los libros, Para Gloria es una novela de menos de 200 páginas que no da tregua. Cada línea y cada párrafo sangran, y ya lo avisa desde el principio el autor, antes de empezar a seguir la aventura sin sentido de Jimmy.







Todos sabemos la historia de la puta que, al encontrar en el caballo un amigo cada vez menos de fiar, fuera mucho o poco lo que se inyectara en el brazo, se acordó desesperada del dicho “meterse mierda”, así que llenó la aguja con su propio excremento líquido y se lo inyectó, lo que le produjo magníficos abscesos. Menos conocido es el cuento del hombre que decidió suicidarse tragándose el medicamento para el pie de atleta. Amante de Gloria, murió tras una increíble agonía. Cuando recogieron una muestra de su orina, ésta derritió el recipiente de plástico. Eso, puede decirse sin temor a equivocarse, es desesperación. Más oscuro todavía, por ser ficticio, es lo que viene a continuación. Sin embargo, todas las historias de putas aquí contadas son reales.

No es para cualquier paladar lector, claro. Jimmy conoció a la tal Gloria en aquellos antros y debió marcarle, porque trata de reconstruirla en la memoria de las demás putas. Va buscando rastros de su piel en las heridas de los seres con los que se cruza. El libro, a modo de oración para Gloria, acaba dibujando su perfil por los descartes que de su figura hacen todas las demás, las que no son Gloria. Esas putas del título que el editor en español decidió eliminar. Los capítulos son cortos, poéticos, duros, descomunales, y van desde la reflexión sobre Jimmy y sus traumas y secuelas, hasta cierta mirada sociológica sobre el mundo de la prostitución, la droga, la violencia inmanente a las relaciones humanas, pagadas o no, la pobreza como causa y consecuencia en muchos casos.

La pobreza como material común y como origen de los males es el leit motiv de Los pobres, que se conecta en algunas de sus ideas con Para Gloria. Vollmann no es, y por eso estos libros se leen tan bien, un moralista. No juzga a las prostitutas como narrador ficcional en Para Gloria, y en su amplio trabajo de campo periodístico para Los pobres nunca juzga a un pobre, ni casi a la sociedad. Solo señala cuestiones y duda, incluso y principalmente de sí mismo. Una idea recurrente en Los pobres es esa en la que mira hacia dentro y dice que al lado de todos esos pobres a los que está conociendo él es, qué duda cabe, un rico. Y el lector, casi seguro, también. Hay otros mucho más ricos, claro, y ni los muy ricos ni los simplemente más ricos que los pobres hacen demasiado. Cada vez que Vollmann ayuda a uno de esos pobres, se fustiga diciendo que lo hizo, sobre todas las cosas, porque no le costaba demasiado hacerlo. Y es incómodamente cierto que es la actitud general de quienes ayudan, pero no es menos cierto que hay otros muchos que sencillamente no ayudan.

Vollmann, por lo que se lee en su biografía, es aficionado a viajar y escribir sobre el terreno. Se habla de cómo acompañó a los muyahidines a principios de los ochenta (en la campaña en la que Bin Laden empezó a tener poder e influencia en la zona). Los pobres es un libro viajado, en el que Vollmann viaja por distintos países del mundo (sureste asiático, Rusia y otras repúblicas ex – soviéticas, México, …) y describe algunas realidades. No lo hace nunca pensando que está contando la realidad completa, compleja e inabarcable. Lo hace reduciendo su mirada a casos concretos. Les pregunta a los pobres por qué creen que son pobres, qué les hizo ser pobres, qué diferencia a los pobres de los ricos y qué solución hay al tema de la pobreza. Se detiene mucho en la autopercepción que tienen de su pobreza o no, que es un asunto fundamental. Los pobres con los que habla son en muchos casos fatalistas. Las cosas, para ellos, son así, y no tienen perspectivas de cambiar.

En ese caso, las personas con casi nada y las personas con casi todo quizá vivan mejor que quienes padecen pobreza relativa: quienes tienen suficiente para perder pero no bastante para ser felices.

Hay, por ponernos teóricos, un pensamiento marxista subyacente en la idea de este libro. Vollmann busca pobres de todo el mundo y muestra que la realidad de esos pobres es muchas veces más cercana entre sí que la de esos pobres con quienes no lo son en su mismo territorio (un tema muy de actualidad con las contradicciones de la izquierda en las últimas décadas en sus relaciones con el nacionalismo). Los pobres, como en el siglo XIX, parecen alienados y ajenos a su realidad. Vollmann nos evita el papelón de ver a alguien del primer mundo explicándoles cuál es esa realidad y qué deberían hacer para modificarla. Por distintas cuestiones religiosas, sociales, y propias de la cultura de cada zona del mundo, algunos han decidido aceptar que no van a cambiar.

Dado que la esperanza es lo último que se pierde, ¿por qué no situarla en primer lugar?
El paciente de cáncer terminal que cree en las curas, ¿no está mejor? El alma “sana” que mira adelante, al día de mañana, que es un día más cerca de la tumba, el hombre que sabe que los americanos harán algo, el indigente que se casa con prostitutas por dinero, los esforzados y los adictos al opio por igual, los devotos de los placebos y los estrategas capaces de resolver todas las dificultades siempre que les sea dado dispensar más ayuda, mejor dirigida, ¿por qué no aplaudirlos en vez de compadecerlos?
Yo propongo que las falsas esperanzas son tan buenas como las verdaderas, siempre que no causen daño, y que, de todas formas, entre verdadero y falso muy rara vez podemos apreciar la diferencia.

El libro es honesto y perturbador. Uno de los que más me han tocado en lo que llevamos de 2017, y ya estamos en septiembre. Se acerca en su tono y tratamiento al reportaje, pero la persona de Vollmann y su personalidad están demasiado presentes como para confundirlo con un ensayo sin más. Vollmann es un autor de recorrido, que nos brinda una lectura (por lo que llevo comprobado) siempre potente, que nos deja pensando. Los pobres, no lo he comentado, es un texto de unas 300 páginas acompañado de otras 200 de fotografías y notas.

Cuando acabe con sus cuentos y los digiera (porque vuelve a terrenos duros), volveré a hablar de su obra. Mientras tanto, os recomiendo acercaros a alguno de sus libros (mirad en las bibliotecas, a veces hay sorpresas, en una de las que suelo visitar tienen La familia real, espero que también caiga pronto).

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 7 de septiembre de 2017

El boxeador polaco y Clases de chapin, de Eduardo Halfon

Mi verano con Eduardo Halfon: El boxeador polaco (Pre – Textos) y Clases de chapin (Fulgencio Pimentel)

Hace un par de años me encontré con Eduardo Halfon, fue con el libro Signor Hoffmann (Libros del Asteroide), una colección de relatos (por ponerle un nombre convencional) de la que hablé en el blog.
Algunos meses después leí Monasterio (Libros del Asteroide), un libro en el que el autor hacía un ejercicio de memoria literaria, entre la familia y el mundo. Fueron dos libros que me resultaron muy sugerentes.

A la espera de leer la nueva obra de Halfon en Libros del Asteroide (Duelo, que acaba de salir o estará a punto de hacerlo), este verano he aprovechado para leer antiguas publicaciones suyas. Se ha tratado, concretamente, de El boxeador polaco, editado en 2008 en Pre – Textos, y Clases de chapin, un libro editado este 2017 en Fulgencio Pimentel pero que recoge viejos libros a los que se han añadido otros textos.

Consultando la información que sobre Halfon está en Wikipedia vemos que ha ido saltando de editoriales a lo largo de su trayectoria. Casi al principio de la misma tuvo un libro en Anagrama (fue uno de los finalistas del Premio Herralde de aquel año), lo que debería ser un buen trampolín. Sus siguientes obras fueron sin embargo apareciendo en sellos casi mínimos, y me imagino que es uno de los motivos por los que ha querido reeditar algunos de ellos en Clases de chapin. Luego saltó a Pre – Textos, y ha acabado, de momento, en Libros del Asteroide. Estos dos últimos sellos me hablan, como lector conocedor (más o menos, claro) de sus catálogos, de un autor literario, minoritario pero con algo importante que decir. Y Eduardo Halfon es un escritor quizá para minorías pero para minorías que lo disfrutarán mucho. El ejército de los Halfonianos, al que me sumo, quizá no sea numeroso, pero sin duda será de fieles. Benditas minorías gozosas.

Eduardo Halfon es guatemalteco y estudió y vivió durante años en Estados Unidos. Su formación universitaria fue en ingeniería. Es descendiente de árabes y de judíos y ahí juega gran parte de su territorio literario, entre la memoria y la identidad. ¿Quién soy?, ¿quiénes son todos ellos?, como preguntas desde las que ir repartiendo las ideas y las páginas a su alrededor.

Signor Hoffman era un libro con cinco relatos sobre alguien tan parecido a Eduardo Halfon que perfectamente podría ser él y que en cierto modo se iba desdibujando ante la vida y viajaba para reordenarse. Monasterio (que es un libro previo) era aún más esencial. El viaje era aquí el motivo principal de la trama. Su hermana se casa en Israel y él asiste a esa boda. Pero no hablamos de esos libros, sino de El boxeador polaco y Clases de chapin.

Halfon explica al principio de El boxeador polaco (o quizá es en la contraportada), que Andrés Trapiello, oída la historia que da título al libro, le dijo que si no la escribía el propio Halfon, la escribiría él, pero que esa historia había que contarla. Dice Halfon, que leído siempre resulta inteligente y un tanto distante, bordeando la ironía, que ojalá la hubiera escrito Trapiello. ¿Por qué dice eso? ¿Le duelen a Eduardo Halfon los textos que escribe? Es posible que en gran medida. Los escritores escriben sobre lo que les duele con mucha frecuencia, y casi nunca con afán curativo, sino más bien con el ansia de quien escarba en una herida y no suele encontrar más que nuevo dolor.

La historia de El boxeador polaco, ese relato concreto, es de esas que se deberían leer en cualquier clase de Literatura de instituto y en cualquier clase de Ética, si la asignatura sigue existiendo después de la Lomce. El abuelo de Halfon (y eso es historia), estuvo preso en el campo de concentración de Auschwitz. Y fue uno de aquellos que milagrosamente salió vivo para contarlo. Y lo hizo, entre otras cosas, gracias a la ayuda de otro preso, este boxeador polaco, que desde su experiencia de preso más antiguo, lo preparó para conseguir que los nazis le perdonaran la vida un día más. El relato, sobra decirlo, estremece. Y no es solo por lo tremendo del tema, que lógicamente pesa, sino por la escritura de Halfon, que siempre toca algo. Se trata de un autor que siempre consigue conectar con las emociones del lector y lo logra sin recurrir a los sentimentalismos, sin cargar la prosa con excesos que nos obliguen a sentir lástima.

Los relatos incluidos en El boxeador polaco me han llevado a pensar casi siempre en los de Signor Hoffman. No hay una evolución aparente en la escritura de Eduardo Halfon, sus relatos son igual de sólidos y navegables en un libro de 2008 que en uno de 2015. Si algo transmite Halfon es la sensación de haber tenido siempre muy claro, como autor, qué quería ser y qué era. Y se ha agarrado a ello. Hay mucha extrañeza. Es extraño estar vivos, para empezar, y son extrañas las circunstancias vitales de cada uno de nosotros, siempre. Pero por mucho que digamos que siempre son extrañas, las hay más extrañas de vivir. No sabía que había judíos en Guatemala, le dice una israelí embarcada en una vuelta al mundo con la que se encuentra en un bar. No era la única que no lo sabía. La trayectoria vital de Eduardo Halfon está rodeada por la desubicación: judío en Guatemala, centroamericano en Estados Unidos, luego estadounidense en España, un autor que dice sentir como lengua más propia el inglés que el español pero que escribe en castellano, probablemente buscando sus propios límites, algo que hicieron como elección muchos autores antes (Beckett, por ejemplo, que se forzaba a escribir en francés). Eso son sus relatos, retratos desubicados.

No tiene demasiado sentido, por su naturaleza, dar demasiados detalles sobre las tramas concretas de los relatos de Eduardo Halfon. O tiene, por decirlo de otra manera, tanto sentido como desentrañar la trama de un documental de animales marinos. ¿De qué tratan esos documentales? De la vida de los peces. Hay equipos de vídeo y sonido localizándolos y grabándolos, y una voz en off monótona y que nunca parece encontrar nada de encanto en los animales marinos a los que describe que relata la escena. Eduardo Halfon retrata la vida de los seres humanos con los que se cruza con una mezcla de ironía, compasión y desapego de la que muchas veces se hace la mejor literatura. Uno se imagina a Halfon con los ojos muy abiertos en cualquier rincón del mundo por el que esté en este instante. Esa es su cámara. Y su mirada inquieta irá convirtiéndose en su escritura aplicada y afilada a modo de voz en off que narra con cierto hastío las mediocres aventuras vitales de la mayoría.

Clases de chapin recoge dos libritos editados en 2007 y 2009 con escasa distribución: Clases de hebreo y Clases de dibujo, aquí completados a modo de trilogía con Clases de machete, hasta ahora inédito. Chapin es como se llama a los guatemaltecos en muchos lugares de Hispanoamérica, un nombre empleado a veces como meramente descriptivo, otras casi como un insulto. Y desde esa doble vertiente entiendo que lo recoge el libro, que se complace otra vez más en viajar de la infancia al futuro, retratando lo íntimo de un modo modesto y fragmentario, sin darse aires de verdad y solemnidad, que son dos tentaciones del relato autobiográfico. La memoria, la identidad, el yo y el otro y los inevitables conflictos. La editorial (Fulgencio Pimentel) habla de Eduardo Halfon, al respecto de este libro, como de un maestro de la omisión. No debería uno nunca fiarse de las editoriales y sus llamadas de atención sobre la maestría de sus autores, esos de los que esperan vender libros, pero en este caso compro totalmente la descripción y la hago mía. Eduardo Halfon es uno de esos que relata perfectamente en dos realidades complementarias, la de lo que está presente y la de lo que está ausente, que es algo muy diferente a lo no – presente, pues pesa en su ausencia.

Desde ese uso de la elipsis tan bien administrada Eduardo Halfon se acerca a los canones del cuento contemporáneo. Es un narrador realista con mirada obtusa, al modo de Kafka o el propio Beckett. He leído una referencia bastante continua a Bolaño entre los reseñistas de Halfon. Y bueno, hay Bolaño, como en mayor o menor medida lo hay en cualquier escritor en español menor de 50 años, pero más que en la escritura creo que hay Bolaño en el sentido de que Eduardo Halfon parece haber convertido su proyecto de escritura en un proyecto vital, y viceversa, y eso es algo que nos lleva a pensar en los relatos del chileno.

Hay autoficción en la literatura de Halfon, como creo que ha quedado claro en lo comentado hasta ahora, pues ni siquiera se esconde tras alter egos más o menos reconocibles. Es Eduardo Halfon quien viaja, narra y escribe y al final firma la obra. Quien muestra y juzga cuando considera que debe, aunque es poco. Si queremos entrar en el delicado y algo aburrido tema de las etiquetas, la de autoficción estará presente. Y la de relato habrá puristas que la discutan. Pero yo he leído estos dos libros como relatos, igual que hice con Signor Hoffman, y me alegro de que el cuento vaya ampliando sus fronteras y dé cabida a estos proyectos de biografía literaria que recoge fragmentos por todas partes, los procesa y los sirve en fragmentos que a veces tienen continuidad en otros y a veces no, a veces nos deja en suspenso a los lectores, quizá hasta otro libro. Me gusta ese relato que es mutante y se escapa de sus formas acartonadas. Me gusta en definitiva la escritura de Halfon: precisa, certera, sugerente (esto es mucho decir, pero creo que es verdad, en las 400 – 500 páginas que debo sumar leídas de Halfon en los 4 libros que hasta ahora llevo, no he encontrado una mala línea) y seguiré cayendo en sus redes siempre que un libro se me ponga a mano. Supongo que Duelo será el siguiente.

Seguiremos hablando de libros.

Felices lecturas


Sr. E