lunes, 20 de julio de 2015

Cuentos completos, de Graham Greene

Cuentos completos, de Graham Greene
Ed. Edhasa (2.011)
Las colecciones de cuentos completos y de cuentos escogidos permiten acceder a un amplio período de tiempo de producción de un mismo autor. Podemos ver cómo su estilo se va definiendo, cómo va manejando cada vez mejor sus herramientas narrativas, cómo hay temas que aparecen constantemente mientras otros se difuminan, o cómo las influencias de otros autores tienden a ser mayores en los primeros momentos de esa carrera que más adelante, donde el estilo del autor se acaba de afianzar.

Leer los cuentos completos de un autor me parece como acceder a un álbum de fotos en el que podemos ver lo guapo que era de niño y en qué ha ido degenerando. Además muchas colecciones de cuentos completos, como ésta, vienen presentadas por el propio autor, que la valora, explica el contexto en el que fueron escritos esos relatos y explica dificultades compositivas en algunos de ellos y lo que aprendió de dichas dificultades.

Para muchos escritores, los cuentos son una especie de entrenamiento hacia la novela. Esta clase de escritores escribe uno o dos libros de relatos cuando son jóvenes. Suelen ser relatos a los que les falta intensidad y aire, y esos autores escasamente vuelven al género, si acaso cuando algún periódico les pide algo con lo que llenar las páginas del verano. Hay quien opina que esta clase de escritores y esa clase de cuentos son los que hacen que el cuenta tenga un escaso aprecio como género entre los lectores. Es un hecho repetido por muchos escritores (y algunos no particularmente conocidos por su producción cuentística, como Haruki Murakami o Stephen King) que el del relato corto, si no se ejercita, es un arte que se pierde. Luego hay escritores que son eminentemente cuentistas y que fracasan cuando intentan saltar a la novela por sugerencia de alguna editorial. Lo brillante de su estilo en la distancia corta se vuelve repetitivo por la acumulación de páginas, en ocasiones caen en la repetición de trucos, intentan escribir toda la novela en ese máximo de intensidad que el cuento requiere, y eso agota al lector. Lo más difícil es encontrar buenos novelistas que durante toda su trayectoria escriban también cuentos de manera regular y que estos cuentos tengan un nivel estimable.

Sigo siendo un novelista que ha escrito relatos por casualidad, del mismo modo que determinados cuentistas han escrito novelas por puro azar. No se trata de una distinción superficial, ni siquiera de una distinción técnica como la que existe entre el artista que pinta al óleo o a la acuarela y, por descontado, no es una distinción valorativa. Es una distinción entre dos estilos de vida”.

Los Cuentos completos de Graham Greene recogen 4 libros de relatos: Veintiún cuentos, Un cierto sentido de la realidad, ¿Puede prestarnos a su marido? y La última palabra y otros relatos, además de otros cuatro relatos finales que aparecen como no compilados. Parece ser que Greene solía reordenar, corregir, poner y quitar cuentos de sus colecciones cada vez que eran editadas, por lo que existen viejas traducciones en las que esos cuentos nunca compilados sí lo estaban.

A los veinte años leí unas cuentas novelas de Graham Greene en pocos meses. Las más conocidas, supongo: El factor humano, El tercer hombre, El americano tranquilo, Nuestro hombre en la Habana, El poder y la gloria. Que recuerde, al menos esas. ¿Qué me queda de esas lecturas diez años después? Mentiría si dijera que recuerdo sus tramas y sus detalles. Sí recuerdo una solidez narrativa, una buena construcción de tramas, novelas más o menos de suspense en las que importaba muchas veces más lo que sucedía en el interior de los personajes que lo sucedido en el mundo exterior. Siempre se destaca de Graham Greene su conversión al catolicismo a los 23 años. Esto, sin ser un elemento central, está presente en muchos de sus relatos en forma de un sentimiento de culpa bastante persistente en sus personajes. Los relatos donde el autor cae en un cierto proselitismo de su nueva fe no son demasiado numerosos, lo que se agradece. Es algo que sucede, y da lugar a un relato bastante flojo, por ejemplo, en La sugerencia de una explicación. Quizá es en los cuentos de Un cierto sentido de la realidad donde está más explícita la visión del hombre, la culpa y el pecado del autor.

Cronológicamente, podemos encontrar cuentos (todos fechados) que van desde finales de la década de los 20 hasta principios de los 80. ¿Cómo son estos cuentos? Es bien conocida la afirmación de que el cuento, para ser eficiente, debe respetar la unidad de acción, de lugar y de tiempo. Hay muy buenos cuentistas que no lo hacen, no creo que haya que tomárselo demasiado en serio. Greene sí es bastante respetuoso con ese principio. Sus cuentos son muy narrativos y suelen ser sólidos, unitarios. Dan la sensación de haber sido escritos del tirón y le piden al lector que los lea de una. Pierden bastante efecto cuando se interrumpe su lectura a medias y se retoma luego. Greene, como narrador, prima la eficacia sobre el efectismo. Algunos de sus cuentos podrían estar entre los clásicos del género del s. XX, pero en ninguno de ellos escribe como un escritor que necesita transmitir a los lectores la importancia que su obra cuentística tiene. Como autor, no se da más importancia que la historia ni los personajes, y no se interpone entre el narrador y el lector.

¿Cómo son los cuentos? Es difícil buscar una definición global de un total de 53 cuentos. En base a lo que recordaba de las novelas de Greene que había leído esperaba relatos de suspense, de espías, reflexiones profundas sobre la culpa y la responsabilidad. Y los hay, pero hay mucho más. Greene es un cuentista bastante variado. Hay relatos que parecen juegos de inteligencia al modo de Borges. Hay relatos que rozan el fantástico clásico. De hecho, el relato Un lugar junto a Edgware Road está incluido en la antología del relato fantástico Aguas negras de Alberto Manguel, donde aparece junto a autores como Kafka, García Márquez o Poe, con los que en principio no asociaríamos a Greene. Se trata de un clásico relato de sueños que se introducen en la realidad haciendo que el personaje se cuestione si sigue estando cuerdo o se ha vuelto loco. No es el único que se acerca a esa vertiente fantástica, todos bastante clásicos y logrados. Pero sin duda los relatos que más me han sorprendido y creo que más atraparán a cualquier lector son aquellos en los que se evocan pasajes de la infancia. Cuando aparecen los niños en escena Greene se siente más cómodo que nunca, y desde esa infancia recordada toca todos los temas, con un estilo y una profundidad que no distan de las narraciones de la infancia de Juan Marsé o Salinger, por poner dos ejemplos muy distintos pero igualmente sugerentes.

Una oportunidad, Más barato en agosto o Debajo del jardín, son tres relatos que cualquier escritor de cuentos que se precie debe envidiar. El propio Greene reconoce en la presentación que esos, junto a otros pocos más, son quizá lo mejor que nunca escribió, por encima de sus novelas. Pero si sólo pudiera elegir un relato, si alguien me pidiera que le dijera con qué relato entrar en este mundo, le recomendaría Los destructores. Unos niños fascinados por una casa de su barrio, no en este caso la típica casa encantada sino la casa del tópico vecino gruñón, deciden gastarle una broma. Hasta ahí lo que todos hemos hecho o pensado de niños. Hasta ahí la conexión con la realidad más común. Pero llega la magia de los cuentos. Esa pandilla de chicos deciden gastarle una broma realmente pesada. Aprovechando un fin de semana que el propietario va a pasar fuera van a deshacer la estructura de su casa para que ésta se derrumbe a su vuelta.

El nuevo formaba parte de la pandilla desde principios de las vacaciones de verano, y en su caviloso silencio había posibilidades que todos reconocían. Jamás decía una palabra que no fuera necesaria; ni siquiera dijo su nombre hasta que las reglas se lo exigieron. Cuando dijo Trevor, lo hizo como declarando un hecho, no como lo hubieran hecho los otros, con vergüenza o como un desafío”.

Más reseñas el próximo lunes.

Sr. E.

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