lunes, 11 de diciembre de 2017

Solenoide, de Mircea Cartarescu

Solenoide, de Mircea Cartarescu (Ed. Impedimenta)

Mi primera experiencia lectora con Cartarescu fue, como la de muchos, con el relato El ruletista. Es un relato del que se ha hablado mucho y del que no creo estar exagerando si digo que no desentonaría al lado de relatos de Borges, Kafka, Cortázar, Bioy o Buzzati en cualquier antología del género fantástico. Me compré después el volumen en el que este se incluye: Nostalgia, que es un libro que he ido leyendo y releyendo de manera discontinua durante los últimos dos años. Tuve la suerte de asistir a una pequeña charla de Cartarescu en la librería Alberti de Madrid con la que se presentaba el volumen de prosas (no son ensayos en su mayoría, tampoco son relatos propiamente dichos muchos de ellos) El ojo castaño de nuestro amor. Durante el último verano leí los volúmenes de textos más o menos vivenciales Las bellas extranjeras y Por qué nos gustan las mujeres y la novela Lulú.

No me he atrevido aún con El levante, una novela ensoñadora escrita al modo de La odisea de la que me han hablado maravillas, pero llegué a finales de octubre, como un fan acérrimo (que no lo soy, aunque tras este libro ya me sumo a la categoría de lector muy interesado en él) a uno de los primeros ejemplares de Solenoide, su última novela traducida. Lo leído hasta ahora de Cartarescu me hablaba de un autor irrealista (el excelente escritor de relatos de Nostalgia), que incluso bajo encargos de realismo (contar su experiencia como representante de la literatura rumana en Francia, en el caso de Las bellas extranjeras, sus relaciones con las mujeres en Por qué nos gustan las mujeres) siempre encuentra el modo de evadirse. Cartarescu es un soñador (una palabra clave en su producción), alguien que no sabe a veces en qué país vive. La figura tópica del poeta despistado con pelo largo.

Solenoide recoge esa apuesta de soñador irrealista y la dobla o la triplica o quizá hasta la cuadruplica. Mircea Cartarescu, de 60 años, autor reconocido en su país hasta el punto de que parece el actual poseedor del título de escritor patrio por excelencia, bien traducido en Europa (se habla mucho de la excelente labor de Marian Ochoa de Eribe, que parece dedicada por completo a la obra del rumano, como en una de sus historias, como otro personaje borgiano; aquí vuelve a hacer un trabajo delicado y casi invisible), candidato al Premio Nobel y probable ganador del galardón en la próxima década. Desde esa perspectiva se podría esperar un cierto acomodamiento (no hace falta pensar demasiado para llegar al nombre de autores acomodados de ese nivel de reconocimiento, citaré en cambio únicamente a un autor que con el Nobel en la mano ha seguido escribiendo ambiciosamente, J. M. Coetzee, que primero se sobre expuso en el tercer tomo de sus memorias, Verano, y luego se ha arriesgado a la incomprensión con los libros La infancia de Jesús y Los días de Jesús en la escuela) y un esperar a la posteridad pero ha sorprendido con una novela ambiciosa, desmesurada, universal. Un libro que convencerá más o menos a cada lector, pero que está escrito desde la convicción del autor de estar alumbrando su obra magna.

Quiero detenerme en el adjetivo universal, porque creo que lo que Cartarescu cuenta en Solenoide, aunque anclado a Rumanía y concretamente a Bucarest, una ciudad que parece adaptarse al estado de ánimo del narrador, y lo mismo es la más bella del mundo que un lugar gris y asfixiante, es algo alejado totalmente de la necesidad de conocer la realidad local para interpretarlo. Por otra parte, Solenoide construye un universo completo. No es que la novedad esté en el hecho de armar una novela, por larga que sea, que traza la vida completa o casi completa de alguien, pues novelas de esas hay muchas y las hay excelentes. Lo personal y arriesgado de Cartarescu es cómo permite que su narrador se deslice hacia la locura por párrafos y siempre sabe volver con él hacia la corriente principal de la historia, integrando las digresiones perfectamente en un marco general, permitiéndose verdaderos desvaríos (desvaríos, todo quede dicho, perfectamente asumibles, pues creo que a estas alturas de la historia todos sabemos lo estrecha que es la definición de normalidad).

Los dos grandes nombres que se evocan al hablar normalmente de Cartarescu son Borges y Kafka. En sus relatos (pienso en los incluidos en Nostalgia) Borges es quien más sombra da a la prosa de Cartarescu. El ruletista, quizá su obra más popular, es una narración digna de Borges, que juega con las paradojas lógicas al modo del argentino. Aquí es sin duda Kafka. Empezando por el simbolismo que los insectos toman en Solenoide, que se inaugura con un recuento de piojos, y que apuntan directamente a La metamorfosis. Pero sobre todo por el desdoblamiento al que se somete Mircea Cartarescu, que nos narra en Solenoide, simplificando mucho, una existencia paralela. El Mircea Cartarescu autor asentado de relativo éxito juzga sin un objetivo claro al Mircea Cartarescu que podría haber sido pero que finalmente no ha sido. Lo convierte en su propio Josef K. y lo somete a los tormentos del rechazo, el fracaso, la soledad, la frustración y las alucinaciones que le hacen dudar de su cordura. Cartarescu es, en cualquier caso, juez y parte, como diría el lugar común, y se aplica cierta piedad antes de condenarse. Trata de entender a aquel soñador inadaptado que fue desde su adolescencia y que quizá solo ha dejado de ser en parte y en gran medida gracias a casualidades.

Hay una noche que funciona como big bang y a mi entender determina el desdoblamiento autor – narrador – personaje, y es la noche en la que Mircea Cartarescu se muestra como poeta en público y lee sus composiciones ante un tribunal de la Inquisición formado por otros poetas igualmente jóvenes. El Mircea Cartarescu real salió bien parado de aquel trance. El Cartarescu del libro nunca superó las palabras de desprecio que le dedicaron. Se recogió dentro de sí mismo y lo único a lo que dedicó su tiempo de escritura desde entonces fue a este diario que ahora nos muestra. ¿Por qué el título, por cierto? Porque Cartarescu vive en la novela en una casa con forma de barco en el interior de la cual encuentra los extraños inventos de un antiguo habitante de tan extraña vivienda, uno de los cuales es un gigantesco solenoide que parece capaz de ordenar el mundo a partir de sus atracciones y repulsiones.

Cartarescu fue maestro de rumano en una escuela pública durante los años ochenta. El personaje de la novela lo ha seguido siendo, ha cruzado como un mueble el sistema educativo desde la época de Ceaucescu hasta la actualidad. Siempre se ha considerado un maestro sin vocación, torpe, despistado, incapaz de motivar a sus alumnos. Son sensacionales las escenas en las que está preocupado por si no es capaz de encontrar el aula en el que debe entrar a dar clase en la próxima hora. Nos sitúa ahí Cartarescu ante una paradoja. Parecería que debe ser más difícil ser un escritor de primera, reconocido, que un maestro (dicho sea simplemente porque los escritores de primera ampliamente reconocidos son muy pocos y cada país tiene millones de maestros) pero Cartarescu nos descoloca mostrándonos la absoluta incapacidad del protagonista para mejorar lo más mínimo como docente a lo largo del tiempo.

Como yo soy profesor de secundaria, he disfrutado mucho con las subtramas que se van dibujando en la novela relacionadas con la enseñanza, aunque más que con ella, con sus pequeñas miserias. El dibujo de los profesores es un bestiario de personajes extraños, en algunos casos vecinos de la sociopatía (y muchos profesores son personajes extraños, y no pocos son en el fondo sociópatas que mal disimulan). Las charlas y los silencios en la sala de profesores, el modo en que los alumnos miran a unos y a otros, la manera en que el propio profesor ve a sus alumnos dentro y fuera del colegio, las relaciones de poder y las guerras intestinas entre colegas y con y contra la dirección del centro. Creo que mi vida profesional afecta a mi percepción de estas partes de la novela, quizá no tan jugosas para otros lectores. Pero no son lo principal.

Lo principal es el peso del mundo y el lugar y la labor del creador. Cómo tratar de hacer algo creativo con ese mundo esencialmente hostil, gris, feo en contra. Desde la relativamente segura perdurabilidad (con todo lo relativa y segura que esta pueda ser) de la obra escrita de Mircea Cartarescu, este transmite al lector un mensaje esencial: el creador lo es si está suficientemente convencido de lo necesario (y esto puede ser algo únicamente personal) de su obra. Quedan fuera por lo tanto las novelas asépticas escritas con el único fin de entretener. Cartarescu aquí juega a suplantar su posibilidad y escribir desde el negativo de lo que realmente ha sido su única novela. Es por lo tanto una novela que debería valer para juzgar la valía (o no valía) de Mircea Cartarescu, escritor. Se habla de Borges y de Kafka y otro autor que sobrevuela la obra de Cartarescu, especialmente aquí, es Ernesto Sabato, un tanto olvidado pero un escritor al que el rumano ha leído mucho y con cuya obra Abbadón el exterminador me ha parecido que hay aquí conexiones claras (aunque Solenoide es una novela más luminosa y blanca).

Solenoide es a la vez una repetición de temas clásicos en la prosa de Cartarescu y las variaciones sobre los mismos. Eso lo convierte en un libro doblemente disfrutable por quienes ya lo han leído (se citan rutinas y cuestiones presentes en sus dietarios, por darle un nombre a Por qué nos gustan las mujeres, Las bellas extranjeras y El ojo castaño de nuestro amor, y vemos técnicas de escritura tomadas de sus relatos de Nostalgia, y la intensidad adolescente e irrealista de Lulú) y quizá en una buena primera lectura para quienes aún no lo conocen. Aunque quizá, y perdón por la contradicción, sea justo lo contrario y se trate más bien de un libro en el que desembocar más que desde el que partir.

La prosa es poética y envolvente, es un placer leer cada una de sus páginas y dejarse mecer por ella. Y lo hace sin resultar alambicado (y Cartarescu a veces lo es, y quienes hayan leído el relato REM me darán la razón en que es un reto además de un placer, aquí el goce es mucho más accesible). En ese sentido, el de la accesibilidad de la escritura, tal vez Solenoide sí sea un mejor acceso a Cartarescu que Nostalgia, Lulú o El levante, y muestre mejor sus cualidades que los libros más realistas y de textos encargados. Los lectores de REM especialmente sabemos que Cartarescu vive una gran parte de su vida a través de sus sueños, y aquí no pierde oportunidad de entrar en ese mundo. Ha dicho (y por lo tanto puede ser verdad, o no) que aproximadamente un tercio de las páginas de Solenoide vienen directamente de sus diarios de sueños, cuadernos en los que escribe y trabaja sobre lo que ha soñado cada noche. Se enfrenta, y esto lo ha contado muchas veces, al sueño como a una oportunidad para escribir, y lleva años haciéndolo (hay al respecto un texto muy bonito incluido en Por qué nos gustan las mujeres, Para D. vingt ans après, en el que habla de la mujer, D., que le enseñó a soñar y a disfrutar de los sueños como relatos).

Tenemos, en resumen, una prosa potente y que trata de meter el mundo entero entre sus líneas, toda ella de primera división. Tenemos insectos, colegialas, profesores arrepentidos, frustraciones, luchas de poder, el cambio político en Rumanía al fondo, el absurdo de la creación artística, sueños, más insectos, alucinaciones, una casa en forma de barco y un misterioso inventor, la noche, los madrugones, el cielo sucio de Bucarest, el paso del tiempo y el peso de la muerte amenazando. Tenemos una historia de amor que se va afianzando. Tenemos muchas preguntas que empiezan con Por qué y muy pocas respuestas. Tenemos el enfrentamiento de alguien ante el espejo de lo que podía haber pasado. Todo eso encontraremos en este libro. Tenemos un capítulo, el 20, que me atrevería a decir que vale para explicar a cualquier escritor contemporáneo, de Kafka al último de los monos de la famosa paradoja. Mi recomendación está clara, hay que leer Solenoide. Pero cada lector es soberano, por supuesto.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

domingo, 3 de diciembre de 2017

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, de Goscinny y Uderzo

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño, de René Goscinny y Albert Uderzo (Salvat)

Mi hijo mayor, de 4 años, entró el verano pasado en el mundo de las aventuras de Astérix y Obélix. Ya habíamos visto en un cine de verano la (excelente) película La residencia de los dioses, y habíamos construido alguna vez a los galos y a los romanos con las piezas de construcción para simular sus batallas. Pero fue al abrir mi viejo ejemplar de Astérix el galo cuando cayó de verdad atrapado en ese mundo. Lo leímos unas mil veces y casi cada semana estamos yendo a la biblioteca a renovar un ejemplar de la colección.

Para mí ha sido una vuelta a la infancia también, en la que los cómics de Astérix y de Tintín fueron una presencia y una compañía bastante continua. He tratado de releer a Tintín en los últimos años y las historias han pasado por mí dejando poco poso, pero debo reconocer que en mis relectura adulta de Astérix estoy encontrando cantidad de matices en los guiones de Goscinny, tanto en los referentes culturales de distintos niveles, a la historia, literatura, cultura y tópicos de cada lugar, como en la construcción narrativa de las aventuras. Goscinny falleció en 1977, y la serie se inició el 1959, y siguen siendo frescos y atractivos.

Se ha señalado ya muchas veces que el fallecimiento de René Goscinny cierra la etapa canónica (con 24 álbumes) de las aventuras de Astérix. Albert Uderzo, el dibujante original, guionizó unos cuantos más que no alcanzaban esa magia, y otros autores están intentando mantenerlo con vida hoy en día. No los he leído así que no sé con qué éxito (he leído por ejemplo los últimos Corto Maltés, tras Hugo Pratt, y son muy buenos).

Me he mantenido bastante al margen del boom de la novela gráfica, como ahora se suele llamar a los cómics en las páginas de cultura, entrando y reconociendo grandes muestras de talento, pero me parece que hay una cierta inflación de las llamadas a admirar obras maestras y una cierta necesidad de los lectores de cómic de elevar sus gustos a la categoría de alta cultura, como ha pasado en gran medida con las series de TV. Ningún medio produce 10 o 12 o 15 obras maestras al año, tampoco el cine lo ha hecho nunca, ni la literatura.

Sin desviarme más, compré el mes pasado este cuento (porque es más un cuento ilustrado que un cómic), que nos lleva a conocer uno de los mitos fundacionales del universo Astérix, cómo Obélix llegó a ser superfuerte y ya no pudo volver a consumir poción mágica, uno de los leitmotivs de sus intervenciones en las historias (junto con: ¿quién es el gordo? O ¡Están locos estos romanos!). Todos sabemos que Obélix se cayó de pequeño a la marmita de poción mágica (y supongo que se habrá señalado muchas veces la similitud con el baño de inmortalidad que su madre dio a Aquiles, haciéndolo invulnerable, salvo en el talón por el que lo agarraba).

Cómo Obélix se cayó en la marmita del druida cuando era pequeño es un relato corto de tono infantil que Goscinny escribió en 1966, siete años después del inicio de la saga, y que Uderzo ilustró a finales de los años 80 (siendo la primera edición del libro de 1989). Es una bonita historia que nos muestra a Astérix y Obélix de niños, compañeros de colegio, con un Obélix bonachón, sensible, soñador y muy alejado de su imagen de amante de las peleas, un miedoso con el que todos se metían y al que solo defendía Astérix.

Ese pequeño Astérix piensa en darle poción a Obélix para que pueda defenderse, y mientras se cuelan en la cabaña del druida Panorámix hay un pequeño accidente que hace que Obélix acabe dentro de la marmita de poción y se la beba entera. Y ya todos conocemos lo que vino después. Es una historia muy tierna y debo reconocer que también me ha hecho valorar en su justa medida a Albert Uderzo, que se recrea en ilustraciones mucho más amplias que las que una viñeta permite (aquí cada dibujo ocupa una página) y consigue un acabado muy detallista y lleno de calidez, como por ejemplo aquí.


Es un libro perfecto para redescubrir a Astérix, y quizá un regalo estupendo para los niños en futuras fechas.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 27 de noviembre de 2017

Off - side, de Gonzalo Torrente Ballester

Off – side, de Gonzalo Torrente Ballester (Punto de Lectura)

De los autores de narrativa española que han llegado a los libros de secundaria (por poner la frontera del reconocimiento en algún sitio) siempre digo que los tres que más me interesan son (y se verá que su grado de reconocimiento actual es muy dispar): Juan Marsé, Max Aub y Gonzalo Torrente Ballester. La mayor cara de extrañeza me suele llegar cuando nombro a Torrente Ballester. Creo que está por un lado bastante olvidado (teniendo en cuenta que fue un autor bastante popular a nivel de calle en los años 70 y 80) y por otro suena a autor viejo, caducado (quizá en cierta medida por culpa de su imagen, con esas gafas y ese aspecto de profesor antiguo de instituto, que es lo que era).

Gonzalo Torrente Ballester es, sin embargo, y a lo que llevo leído de su obra, uno de los autores más modernos de su generación y momento. Hace casi una década ya leí La saga / fuga de J.B. y es una novela amplísima y tan potente que creo que sigue siendo una de las cimas de la narrativa española del siglo XX. Es un proyecto de relectura que acude a mí con frecuencia, y que abordaré en algún momento. La muerte del decano es una novela de campus que siendo menor no debe tener envidia de las novelas de campus de por ejemplo Saul Bellow (también menores en su narrativa). Yo no soy yo, evidentemente y Tal vez nos lleve el viento al infinito son dos novelas que aunque suenan a veces a pastiche (porque van detrás de las nuevas corrientes de la literatura que estaban afianzándose en aquellos años) resultan originales dentro de la producción novelística española del momento. Decía César Aira en su Continuación de ideas diversas, comentado hace poco en este blog, que quizá hablamos del pastiche como un defecto cuando quizá la novela es, esencialmente, pastiche.

Fragmentos del Apocalipsis es un libro original, poético y brutal, al que no le queda grande la palabra único. No he leído la producción más realista de Torrente Ballester (Los gozos y las sombras, esencialmente), ni me atrae demasiado. Off – side es otra novela con aires de pastiche, que seguramente ha quedado un poco oscurecida por La colmena de Cela, con la que comparte técnicas de construcción y que ha quedado canonizada, se sigue estudiando con cierta profundidad y leyendo en los institutos (quizá en la misma medida que Camilo José Cela ha quedado en el santuario de las letras de esa generación, dejando fuera a otros como Torrente Ballester).

No es el momento de hablar de Cela, pero todos mis acercamientos a su obra han acabado en bostezo. Suena arcaico, deudor de obras extranjeras, cambiante, oportunista, y con una prosa recargada con palabras extrañas que parecen no tener otro objetivo que dificultar la propia lectura. La obra de Torrente Ballester, compuesta con una ambición más literaria que personal (el caso de Cela parece el contrario) ha envejecido menos. Dibuja, a mi entender, mucho mejor una época.

Off – side, y ya vamos a la novela, nos retrata de un modo que bebe sin mucho disimulo de Manhattan Transfer (y que por eso me ha llevado a pensar en la comparación con La colmena, bastante evidente) el Madrid de los años 60. Un Madrid particular, entre la canalla y el pequeño arte, en el que una trama central (la aparición de un cuadro de Goya, aparentemente verdadero, en los puestos del Rastro) nos permite ir recorriendo un pequeño mundo de aristas, escritores (la mayoría menores y frustrados), pillos, empresarios, prostitutas, y nos va enseñando cómo han ido adaptándose a los tiempos que aún descienden de la Guerra Civil, de la que los hechos están separados treinta años pero cuyos favores y malas acciones aún colean.

La modernidad no llega a España, nos retrata la novela, en una forma narrativamente moderna, que sirve para reforzar esa sensación de atraso en los hechos narrados. El ambiente es provinciano, casi pueblerino, de pillos, mentirosos, engañabobos. Todos aquellos que intentan encontrar su oportunidad en la debilidad de los otros. Son, esencialmente, se crean más o menos, hayan prosperado dentro del régimen de Franco o no, seres grises los que pueblan las páginas de Off – Side. Aunque dejaba a la novela fuera del realismo, en el sentido de que huye de lo peor de esta tradición literaria que con tanta frecuencia ha conducido al costumbrismo a la literatura española, es obvio que retrata (y es parte esencial de su fuerza) la realidad de aquel Madrid de los 60. Creo que a 50 años vista, son las obras (literarias, cinematográficas) que no tenían quizá una vocación pedagógica ni de denuncia, sino de dar testimonio de lo que pasaba, las que mejor nos pueden servir para conocerlo (pienso por ejemplo en esa trilogía de Fernando Fernán Gómez formada por La vida por delante, La vida alrededor y El mundo sigue).

Imaginemos que de verdad apareciera, un domingo cualquiera, un grabado de Goya en el Rastro. ¿Quiénes se movilizarían? La marchante en cuyas manos hubiera caído, que lo vería como una gran oportunidad, y querría creer que es verdadero. El tipo al que usan como cebo, que va y pregunta y paga por un cuadrito pequeño mucho más de lo que vale. El que presume de haber dibujado esa falsificación tan buena que puede pasar por una obra de Goya. Los empresarios afectos a la dictadura que invierten en arte, un poco por colocar el dinero sucio y un poco por sentirse menos miserables, por llamarse mecenas. Esos mismos mecenas están cercanos al mundo del teatro madrileño, y a algunos escritores.

Toda la novela tiene un cierto aire de teatro vodevilesco. Gran parte de su agilidad narrativa (porque son más de 600 páginas que se leen con avidez) se construye en base a diálogos que beben del habla popular pero sin llegar a la imitación que satura el oído lector. Los personajes parecen actores que van recibiendo las instrucciones de entrar y salir de escena, recitar su papel y esperar a la siguiente acción. Los personajes se expresan, como marcan los cánones de la novela, a través de sus acciones y sus palabras, no tanto por las descripciones del narrador, que es un narrador que va y viene, que se disuelve lo máximo posible.

Las historias se van cruzando de un modo divertido, intrigante, entre lo cómico y lo dramático. Supongo que como se suele decir la verdadera protagonista es la ciudad de Madrid. La inteligencia narrativa de Torrente Ballester es de primera, y vuelvo a afirmar que Off – side es una novela mucho más interesante (y menos ensimismada) que La colmena, siendo como son, sin disimulo, herederas del Manhattan Transfer de Dos Passos (hecho que habla del atraso en las vanguardias artísticas españolas, herederas de una novela que tenía 40 años en aquel momento). Torrente Ballester no era un novelista que hubiera inventado nada, ni lo pretendía, pero sí era un buen artesano, un narrador de primera, con amplias lecturas bien digeridas.

Merece la pena entrar en este libro y merece la pena entrar en la obra de este autor, quizá a reivindicar. Esta edición es de Punto de Lectura de hace unos años y estuvieron disponibles en ese momento sus obras más conocidas en formato de bolsillo. Ahora mismo es bastante más difícil acceder a sus obras, quitando las que han cruzado la frontera del canon académico y tienen ediciones de Austral o Alianza. A los lectores nos merecería la pena que alguien tuviera sus obras accesibles en cualquier librería, donde quizá pudiéramos tropezar con ellas y sentirnos llamados a su lectura.

Felices lecturas


Sr. E

lunes, 20 de noviembre de 2017

Continuación de ideas diversas, de César Aira

Continuación de ideas diversas, de César Aira (Jus Ediciones)

Hace algunas semanas hablaba de dos libros extraños. 
Uno de ellos, Breve manual del perfecto aventurero, llegaba de la mano de la editorial mexicana recientemente aterrizada en España Jus. Su atenta y estupenda agente de prensa, Diana Mizrahi, me facilitó tras esa lectura un nuevo título de su catálogo, un libro que quizá debería presentar bajo la etiqueta de un libro aún más extraño (aunque bueno, quizá Teoría del ascensor de Sergio Chejfec aún le gane). Se trata de Continuación de ideas diversas, de César Aira. Como su nombre hace pensar, más que de textos cerrados se trata de apuntes diversos que en algún momento cruzaron por la cabeza de César Aira y que este decidió recoger en sus cuadernos para acabar formando un libro con ellos. Lo que este libro no es, aunque su título prometa lo contrario, es la continuación de otro texto. No existe el volumen previo de Ideas diversas, de César Aira. ¿Continuó quizá el autor con sus propias ideas y las puso por primera vez en forma de libro? Puede ser. Son ideas que parecen ir surgiendo por asociación en muchos casos. Algunas parecen esas ocurrencias hijas del insomnio, un tema del que con frecuencia se habla aquí.
http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2017/10/dos-libros-extranos.html

Cómo me gustaría escribir una novela policial que se llame “La monja asesina”. Habría un homicidio, la investigación correría a cargo de un perspicaz detective, el grupo de posibles culpables incluiría a la esposa del muerto, a su amante, al hijo que no sabía que era su hijo, al socio, al cuñado policía y, la menos sospechosa, una monjita que recibía donaciones de caridad del difunto. Al final se descubre que, contra toda apariencia, la asesina era la monja. Fin. El lector no lo podría creer. El lector exclamaría: <<¡No puede ser! ¿Será una broma?>>. No se explicaría cómo la editorial pudo consentir en algo semejante. Evidentemente el autor ha hecho valer su prestigio, porque a un desconocido jamás se lo permitirían … Terminaría poniéndolo en la cuenta de mis vanguardismos.

Aira. Ni el propio Aira debe saber ya cuántos libros ha firmado y de qué genero exactamente eran algunos de ellos. He intentado leer en muchas ocasiones a Aira. He probado con media docena de sus novelas (por lo general breves, escritas a un ritmo frenético que él justifica diciendo que apenas corrige lo que va saliendo, que alguien bien ordenado puede escribir una novela de 400 páginas al año, pues él es capaz entonces de escribir 4 novelas de 100 páginas al año, eso es poco más de una página al día y ¿quién no es capaz de escribir una página diaria si se llama a sí mismo escritor?). Sí me gustaron, y bastante, sus Cuentos reunidos. Vislumbré en ellos una inteligencia narrativa de alto nivel, a un escritor inteligente y juguetón, bien entrenado. Porque 3 o 4 novelas al año deben dar al menos eso, un buen entrenamiento.

El auge de la crónica como género literario, en estos últimos años, coincide con la emergencia de esa figura que pulula en las ONG y otros subproductos de la globalización: el Entrometido. El que va a meterse donde no lo llaman sólo porque no tiene nada que hacer en su territorio propio y porque nunca le faltan buenas razones para entrometerse. Es un avatar de la desconolización, tan destructivo como el colonizador clásico. El mismo vampirismo. La misma ignorancia, aunque presuma profesionalmente de lo contrario. Peor, en realidad, porque no se limita a lo geográfico: lleva el mecanismo del entremetimiento hasta el interior de su propia vida doméstica, hasta el interior de sí mismo. Y todo de puro desocupado.

Aira no es un posmoderno aunque su proyecto de escritura continua pueda parecer propio de alguna propuesta del arte contemporáneo. No es, tampoco, claro que no, un narrador al uso. Sus obras se parecen todas a la par que presentan mundos imaginativos y distintos. ¿A quién se parece César Aira? Diría que en algunos momentos el autor al que más se parece, de los que he leído, es a Levrero. Por sus tramas dignas de tebeos antiguos. Sin duda su estilo y su mundo encajarían perfectamente en la etiqueta de raro. Su imaginación escacharrada, sus ideas de sabio loco, su manera de presentar sus teorías como si fueran lo menos importante del mundo y también como si pese a su excentricidad fuesen las ideas más lógicas.

Esta es una idea que tengo desde hace mucho tiempo, casi podría decir que desde siempre. Su enunciado es por demás simple: todo el engorro y la dificultad de fabricar miniaturas podrían evitarse haciéndolas grandes. El problema de la fabricación de miniaturas está en la desproporción entre las manos, el ojo, el cuerpo en general del hombre y el detalle minúsculo del objeto a hacer. Es preciso usar instrumentos, lupas, métodos indirectos. Aunque yo nunca he hecho miniaturas, me pone nervioso pensarlo. Toda inadecuación me produce el mismo efecto, y siempre estoy corriendo imaginariamente a llevar socorro, pensando soluciones. Ésta es tan obvia que me asombra que nadie la haya propuesto antes, porque se ofrece por sí sola. En lugar de estar sufriendo con un objeto pequeñísimo en el que no entran los dedos y cada cosa es un sufrimiento, hacerla en tamaño humano; de sólo pensar en lo fácil que se haría se siente un importante alivio.

Se le agradece que en esta Continuación de ideas diversas se quite importancia a sí mismo y hasta que en algunos momentos devalúe la importancia de su obra. Una obra que, por qué no, podría llevarle en algún momento al Nobel. Es un asunto delicado el del Nobel argentino. No lo ganó Borges. No lo ganó Cortázar. No lo ganó Sabato. Ni siquiera lo ganó Bioy. No lo ganaron Fogwill ni Piglia. Pero de alguna manera sabemos que algún día un escritor argentino ganará el Nobel. Se me ocurren como grandes candidatos Fresán y Aira. Dos escritores, por lo demás, ampliamente alejados de lo académico. Aunque puestos a reconocer trayectorias y universos personalísimos, a veces casi unipersonales, Aira sería un buen candidato.

Leyendo novelas policiales, buenas apasionantes … me pregunto por qué yo no escribo así. ¿Qué razón hay para escribir estos vanguardismos que escribo yo? En alguna época creí que había razones histórico – políticas, de combate contra las viejas estructuras represivas etc. Ahora no puedo menos que reírme … Aun aceptando que nuevas formas en literatura reflejen o anticipen nuevas formas de pensar, sigo pensando en el fondo que, al menos yo, no escribo novelas convencionales porque no quiero trabajar, y quizás, seguramente, porque no podría hacerlo. Pero hay algo más. Una novela convencional … ¿por qué la leo (con placer)? Quizás hay una diferencia entre leer y escribir: leo una cosa, escribo otra. Se da por sentado, apresuradamente, que uno escribe, quiere escribir, cosas que se parezcan a las que le gusta leer. Pero son dos actividades radicalmente distintas, que parten de distintos puntos y buscan distintos objetivos. La literatura sería el <<cielo cubista>> que reúne, sin conciliar, las dos actividades.

Creo que fue Carlos Fuentes el que pronosticó que César Aira sería el primer argentino en ganar la gran medalla de la Literatura. Aira, por su parte, lo convirtió en un discutible objeto del deseo literario en El congreso de literatura, una parodia del mundo literario oficial, donde deciden clonar a Carlos Fuentes, epítome del intelectual de su generación. Un autor que siempre me resultó aburrido. También me gustó aquel extraño libro de Aira, por irreverente.

Uno de los varios motivos por los que me opongo a la promoción de la lectura es el más evidente de todos, y por ello el menos visible: los libros están llenos de vulgaridad, prejuicios, estereotipos, falsedades. Su frecuentación no puede sino embotar el pensamiento y la sensibilidad, distorsionar las ideas, falsificar la experiencia. Se dirá que los buenos libros no son así, y que producen los efectos contrarios a éstos. De acuerdo, pero los únicos que leen buenos libros son los que leen desde siempre y no necesitan campañas de promoción de la lectura. Los que no han leído, y se deciden a hacerlo por una de estas campañas, necesariamente van a leer libros malos.

El libro contiene en sus escaso centenar de páginas ideas (por darles un nombre con el que todos podamos entendernos) sobre creación, lectura, escritura, la relación con los libros, el mundo editorial, la soledad, la vida, el arte. Algunas apenas pasan de la ocurrencia. Otras son ideas realmente interesantes. Casi al cien por cien todas sus píldoras nos hacen mirar el mundo de otro modo durante esos minutos que se tarda en leerlas. Nos incomodan en un principio porque nos descolocan, pero luego nos reconocemos, en muchas, dándole la razón. Es un caramelo intelectual que no pierde el sabor cuando después de la primera lectura se coge, se vuelve a abrir al azar y nos sorprende otra vez.

El arte de los locos pudo ser apreciado cuando se empezó a apreciar más la originalidad que la destreza. En ese momento todavía la división era clara. Las mujeres de De Kooning o los chorreados de Pollock, o los cuadrados de Albers, podrían haberse tomado como casi típicas producciones patológicas si no fuera porque se insertaban en un relato, el de la evolución de la pintura. Mientras que las obras equivalentes de los locos no formaban parte de ninguna historia. Llevaban a cabo una operación de descontextualización que era la clave de su proceder. También la clave de su éxito, lo que los diferenciaba de un aficionado, un pintor dominical, que se injertaba falazmente (ingenuamente) en el relato imitando a los impresionistas, o a Jackson Pollock … Con el postmodernismo, cuando dejó de haber un relato, la diferencia se borró. ¿O no?

Quizá es un libro para escritores, creo oír a alguien protestando. Quizá lo sea. Es un libro que los que escribimos deberíamos leer, sin duda. Pero creo que lo pueden disfrutar otros muchos lectores dispuestos a dejarse sorprender y embaucar.

¿Por qué son desdichados los escritores? Para que lo que escriben tenga que ser tan bueno como para que haya merecido la pena sacrificar por ello la felicidad. (¿Habrá un modo menos retorcido de decirlo? ¿Habrá un modo menos retorcido de hacer las cosas bien?)

Es, desde luego, un libro difícil de clasificar, de definir, un objeto literario no identificado, del que quizá lo mejor leer esas pequeñas citas que he ido intercalando para que los lectores empiecen a salivar. Es un libro para el que parece lo apropiado coger el pasaporte, pues se vuelve de él, una vez cerrado, como de un largo viaje, con el jet lag pegado al cuerpo.

Si se encuentran dos amigos a charlar, y uno de ellos viene de vivir aventuras curiosas, de viajar a lugares exóticos y conocer a personajes extraordinarios, mientras que el otro ha estado en su casa y no le ha pasado nada fuera de lo común, va a ser el segundo el que hable, y el primero no va a tener más remedio que quedarse callado y escucharlo. Siempre es así y es preferible no forzar las cosas para no quedar mal y perder un amigo. Esto tiene que ver con una observación de Borges sobre Las mil y una noches, obra de planteo radicalmente equivocado, según él, porque en la vida real a nadie le gusta que le cuenten nada: lo que quieren es contar ellos. De modo que si Scherezade quería ganar tiempo y preservar su vida y la de su hermana, lo que le convenía era dejar hablar al sultán, escucharlo con atención, genuina o simulada, estimularlo a seguir hablando con una pregunta … El gran tesoro de historias maravillosas seguiría en la memoria de Scherezade, pero callado y oculto, y lo que se haría oír sería la voz del sultán hablando de los disgustos que le daban sus ministros, de las complicaciones de la burocracia palaciega, de sus trastornos intestinales, o haciendo el relato circunstanciado de las incidencias del último partido de polo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr. E

martes, 14 de noviembre de 2017

Los dioses carnívoros, de Rafael Balanzá

Los dioses carnívoros, de Rafael Balanzá (Ed. Algaida)

Si algo hemos aprendido los lectores de Rafael Balanzá desde que debutó como novelista con Los asesinos lentos (Siruela, 2010), es que la culpa merece castigo. O quizá no lo merece, pero lo recibirá. Eso nos ha hecho encontrarnos a veces con que incluso la menor de las culpas puede llegar a recibir el más duro de los castigos. Hay otra vez culpa y castigo en su nueva novela después de casi cuatro años, Los dioses carnívoros, un título tomado de las culturas precolombinas. 

Basta decir para situarnos que la primera de las cuatro partes de la novela se titula El castigo no necesita crimen. Supongo que las ideas del crimen y el castigo que desarrolla hábilmente Rafael Balanzá vienen de ese prolífico siglo XIX ruso, y especialmente, claro, no hace falta más que fijarse en los dos términos que he elegido, de las novelas de Dostoievski. Lo narrativo ha pasado, sin embargo, por el siglo XX, y ha tomado prestado con provecho parte de las miradas de Kafka y Camus. No es su protagonista, Damián Ferrer, sin embargo, un Meursault, aunque parece decidido, a sus 50 años a que cada vez más cosas le den igual. Todo, parece al principio, salvo su hija.

Mirada con ojos olímpicos, la inmensa mayor parte de la humanidad es superflua, indeseable, mera morralla genética. Dando por buena la vieja alegoría del sublime artista, ¿para qué necesitaba el omnipotente semejante plétora de mediocres en el escenario? Hay una respuesta fácil: para que unos pocos destaquen. El genio necesita la mediocridad, como la luz a las tinieblas. Demasiado fácil. La nada, la posibilidad de la nada, ¿no era suficiente telón de fondo para la representación cósmica? Entonces, ¿por qué semejante sobreabundancia? ¿Para qué tanta imperfección?

La novela nos lleva a una innominada ciudad mediterránea, que a ratos parece Valencia (especialmente al principio, ya que la novela arranca en el metro, y ahí también se habla de las dimensiones de la ciudad que encajan bien con Valencia), a ratos Alicante y a ratos Murcia. No es importante, ya que no se ha concretado ninguna por lo que no tiene sentido hacer exigencias de realismo en ese sentido. Damián Ferrer llega a los cincuenta años en plena crisis: un divorcio, problemas con su hija universitaria, y despedido. Pensando en dejar su casa y mudarse al piso vacío de su hermano y preguntándose, como tantos, cómo ha llegado hasta allí. Es una persona concreta, y el personaje está bien desarrollado para que tenga una personalidad concreta pero también es alguien que representa en parte una generación y un momento histórico. Ha decidido, o eso parece, no implicarse demasiado y no esperar demasiado, tratando de evitarse sufrimientos con ello. En esas primeras páginas costumbristas en las que se nos dibuja su vida, llega al que parece el trabajo perfecto para lo que busca, conserje de un edificio. Pocas responsabilidades, fáciles, tiempo para leer (aplauso para ese personaje que lee El desierto de los tártaros), cierta dosis de invisibilidad.

Pero no logra convertirse del todo en alguien invisible. Porque quizá, ni literal ni metafóricamente, nadie puede llegar a serlo, por más que lo pretenda. Lo inesperado irrumpe en su vida en forma de notas extrañas y la sensación de que a veces están observándolo e incluso siguiéndolo (magistral la escena en la que vuelve al metro). Lo real muda de pie y va dando entrada a lo irreal. La vida más rutinaria avanza, y es en su trabajo, en ese en el que no esperaba nada, donde surge la posibilidad de volver a ilusionarse con un nuevo amor.

- Una vez vino aquí una persona a la que tuvimos que extraerle una araña del oído, ¿sabes? Era eso o empezar a cobrarle alquiler … - mientras aquel hombre hablaba en tono jocoso, Damián no podía apartar la vista de las negras y brillantes plumas que recubrían su cráneo. Entonces cometió el error de fijarse también en sus manos, menudas, sarmentosas, recubiertas de una piel amarillenta como el pergamino. Manos de pájaro.

No es cuestión de destripar la trama, pero digamos que la historia de amor avanza, y la doctora Quiles ayuda a Damián a pasar por una enrevesada historia de venganza. Lo mejor es leerla, claro. La narración es ágil, y en esta nueva novela volvemos a ver que Rafael Balanzá es uno de los autores españoles que (aparte de titular mejor, repasemos: Los asesinos lentos, La noche hambrienta, Recado de un muerto, y ahora Los dioses carnívoros, y no olvidemos su primer libro de cuentos: Crímenes triviales) más visuales resultan en su manera de escribir. Sus escenas de sueños o de momentos del día que parecen sueños son de las mejores páginas del libro y creo que sería muy interesante verlas en manos de un director de cine.

Veo dos temas centrales: Por un lado la resignación, en la que parece sumergido Damián Ferrer como signo de los tiempos y por otro lado el rencor, el tema que se destaca desde la edición del libro. Si repasamos la que el propio autor definió como Trilogía antiejemplar, vemos que el rencor larvado durante años (en períodos de tiempo anormalmente largos pero que sabemos realistas) y las venganzas son constantes en su narrativa. Como lo es una cierta desesperanza y una escasa fe en el género humano. Como lo es la ironía de sus narradores. Se dice que hay dos clases de autores, los que siempre vuelven a los mismos temas y obsesiones y los que cambian de registro en cada nuevo libro. Casi todos los buenos (los que yo considero buenos, claro, los que yo leo con devoción) son de los que vuelven y revuelven a sus intereses recurrentes.

Veo una prosa más contenida y menos exhibición de técnica que en otras novelas del autor, que reserva esos recursos especialmente para las inclusiones de textos que el antagonista (por llamarlo de alguna manera sin dar muchas pistas) realiza en la trama. La editorial habla de tres novelas en una, y aunque las editoriales no suelen ser demasiado fiables a la hora de describir sus libros, creo que aquí aciertan, y como nos dicen, tenemos una novela de vida realista, con elementos amorosos, una novela de extrañamiento, en la línea kafkiana, y por último lo que se define como una enciclopedia del rencor, que va escribiendo ese otro personaje vengativo. Como lector me he quedado con ganas de leer más páginas de esa enciclopedia del rencor. Esperemos reencontrarla (o variantes) en futuros libros.

Cuando hablé en este blog de Recado de un muerto (http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2015/08/recado-de-un-muerto-de-rafael-balanza.html= ), ya decía que era cómodo etiquetar los libros de Balanzá como thriller psicológico. Me temo que se seguirá por ahí con esta nueva novela. Hay una historia de misterio y hay una indagación psicológica en los personajes (lanzo una pregunta a los etiquetadores: ¿cuál sería el thriller no – psicológico? los malos de las novelas de misterio siempre tienen sus razones y motivos, independientemente de que nos parezcan a los demás suficientes y razonables) pero se va un poco más allá. Esencialmente estamos hablando de literatura, sin más etiquetas. Cercana a la tradición existencialista, como ya comentaba. Vuelvo a llevar la etiqueta más hacia la filosofía que hacia la psicología. Hay lecturas por debajo de la trama que nos llevan a las grandes preguntas de la humanidad, que no pretenden resolverse, simplemente nos recuerdan que están ahí, a nuestro lado, y que los personajes como Damián Ferrer y las personas como los lectores lo más que podemos hacer es amoldarnos lo mejor posible. Enriquecer nuestros días leyendo buenos libros, por ejemplo.

Nada es serio en la vida mortal, todo es de juguete. ¿Dónde lo había leído? Miró de nuevo los dos trenecitos eléctricos. Uno de pasajeros, de alta velocidad, y otro de mercancías. Se preguntó si sería así, vista desde fuera. La realidad. Lo que llamaban la realidad. Si estarían dando vueltas en algún circuito cerrado, observados por ojos curiosos, ojos malignos o benévolos. Si habría algo más. ¿Por qué no ir al final directamente? La batería se agota o alguien corta la corriente. El tren se detiene. ¿Y luego? ¿Y luego? ¿Qué pasa entonces con los pasajeros? ¿Son ellos también de juguete? Sus sentimientos, sus recuerdos, sus angustias, ¿son de juguete?

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

jueves, 9 de noviembre de 2017

Degustación: La parte inventada, de Rodrigo Fresán

La parte inventada, de Rodrigo Fresán (DeBolsillo)

Leí por primera vez La parte inventada en la primavera de 2014, con un niño de 6 meses tendente al insomnio a mi lado, y disfruté del libro como disfruto de casi cualquier texto de Fresán. Leí el año pasado la segunda parte de esa trilogía en progreso, La parte soñada, y hace un par de semanas, en ruta por librerías vi que (¡al fin!) había llegado la edición en bolsillo de La parte inventada. Lanzo preguntas al aire: ¿cuánto debe vender un autor en edición grande para que su editorial considere que puede ser rentable la edición en bolsillo? Hace unos años todos los libros de Fresán estaban en bolsillo, este ha tardado más de tres años y hay otros de sus títulos totalmente desaparecidos. ¿No vende nada? ¿Ha dejado de ser interesante para ese mercado? ¿Antes sí vendía bien y era rentable?

Dejando al margen las cuestiones de marketing, la edición de bolsillo me ha permitido releer el libro, porque ahora lo tengo, ya no es de prestado de la biblioteca, y porque ahora es una edición relativamente cómoda de sacar al parque o llevar en el transporte público. Lo he releído con otro niño de 6 meses que duerme poco, como si fuera aquel primer niño, al lado. La literatura de Fresán está hecha para la relectura, como supongo que hubiera dicho Nabokov en caso de haberlo leído. Y no tanto porque una primera lectura requiera una especial concentración y seguimiento de una trama por lo general casi secundaria y unos personajes que se adscriben, en la mayoría de sus narraciones, a los estereotipos. Decía Alberto Olmos hace unas semanas en su blog Mala fama que si a un escritor le quitabas la narración solo quedaba la literatura. Pues Fresán es todo literatura. Y sus lectores le damos las gracias por ello.

Siempre ha sido así (lo es en esos libros infinitos que son La velocidad de las cosas o Mantra, lo es a una escala reducida en El fondo del cielo), pero lo es quizá un poco más en esta trilogía que está poniendo en marcha, basada en la figura del escritor. Rodrigo Fresán dice que escribió un primer libro, La parte inventada, y pensaba que eso era todo. Pero luego volvió a escribir y lo que le fue saliendo fue La parte soñada, y se dio cuenta de que seguía en el mismo mundo. Y ahora está trabajando en la tercera entrega, La parte recordada. Inventar, soñar, recordar, quizá los tres verbos clave en el momento de la creación literaria. Mezclándolos, si es posible. Recordar sueños. Inventar recuerdos. Etcétera.

La parte inventada es un libro inabarcable en todos sus niveles, plagado de referencias (a un nivel que hace que algunas páginas superen al pobre lector), lleno de digresiones que van devorando poco a poco la trama (una trama que vendría a ser la reconstrucción de la formación de El Escritor). Fresán es borgiano, y ya se dijo hace al menos dos décadas que era, probablemente un Borges pop, a lo que él contestó que Borges ya era pop. ¿Se hace viejo Fresán? Envejece, y se nota en este libro, y se nota en esta trilogía y se nota en las no demasiadas entrevistas que ha concedido en estos años, donde se le encuentra hastiado de la sociedad sin libros en la que le está tocando vivir. La parte inventada es un libro que habla de la muerte de la literatura. No de la novela, esta vez, sino de la literatura, de esa inversión de tiempo, neuronas, dinero, en buscar la mejor manera de escribir. Están los fantasmas de siempre de los libros de Fresán. Está 2001: La odisea en el espacio y está Bob Dylan y están The Beatles y está Francis Scott Fitzgerald, cuya novela Suave es la noche es una referencia constante en la vida y obra de El Escritor. Y están los nuevos fantasmas. Está ese envejecimiento y esa renuncia al pop contemporáneo, las diatribas contra las redes sociales y contra los que leen sin parar durante el día pero nunca libros con ideas complejas, contra los que escriben y pretenden que los lean pero ellos no leen y no trabajan su escritura.

Tratar de acercarse a un resumen de la trama es absurdo. El libro tiene 7 partes, en cierta medida tratando de reproducir esa idea que dice que toda historia viene esencialmente de esas 7 tramas básicas que se repiten desde Grecia o antes. Las referencias a la creación como aproximación a la trascendencia son constantes. A la trascendencia y a la paternidad, a la creación, el deicidio.

Y así El Niño no se parece en nada a sus padres. Y de acuerdo, lugar común, vista cansada: no puedes escoger a tus padres. Pero también es verdad que los padres tampoco pueden escoger a sus hijos. Y cabe preguntarse si estos dos, de haber podido acceder a otros modelos, habrían escogido a ese uno. O si este uno hubiera escogido a esos dos. Y cómo fue en primer lugar que los padres se escogieron entre ellos: ¿se sentían idénticos o complementarios o veían en el otro lo que querían que el otro viese en ellos? Haya sido lo que haya sido, ahora entienden – aunque no se atrevan a decirlo abiertamente – que todo fue un malentendido.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales – con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus – un <<Pero ¿has leído todos estos libros?>>. Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: <<¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en el lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos …?>>.

De esas partes recomiendo la lectura, como de una novela corta, casi como un libro de cuentos incompletos, porque eso es, un libro de brotes de cuentos, de la tercera parte: Algunas cosas que se te ocurren cuando deseas que nada te ocurra, un magnífico acercamiento al momento en el que el autor vislumbra la idea de la que tirar para tratar de conseguir alguna vez un texto. El Hombre Solo, enfrentado a pruebas médicas de las que puede esperar lo peor (cuando deseas que nada te ocurra) empieza a tomar notas para posibles historias. Ideas disparatadas pero otras no tanto, algunas son ideas realmente buenas para cuentos que ya no se escribirán. Ideas que surgen del contorno más extraño de la realidad, y que en sus breves 2 caras de anotación apresurada consuelan. Consuelan porque hablan de mañana, el momento sin desgracia en el que sentarse y escribirlas, el momento para desarrollar esa idea un poco más, lo suficiente, lo necesario para esa historia en particular. Rodrigo Fresán se aproxima aquí, otra vez más, a uno de los dioses recurrentes de su panteón, un imprescindible de las decenas de citas con las que se abren sus libros, John Cheever, aquel señor de mirada triste, incapaz de aceptar su vida real con sus problemas reales, aquel a quien llamaban el Chéjov de los suburbios, quien decía que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista. Aquí Fresán lo lleva al extremo, es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la antesala de los resultados médicos que pueden incluir las peores palabras, esas que normalmente comienzan con una C. Hay cuentos de terror y hay cuentos que nos alivian el terror de vivir.

Esa pequeña colección de cuentos en el interior de una novela ilustra perfectamente lo que es este libro, una colección de muñecas rusas que siempre esconden otra historia más en su interior. Rodrigo Fresán nos hace replantearnos aquí que no existe eso que llaman buena y mala literatura, alta o baja, sino sencillamente Literatura y las demás formas más o menos funcionales de escritura. Y él sigue apostando todo a la Literatura. Y personalmente espero que nunca deje de hacerlo, porque como él también dice siempre que lo entrevistan, la realidad está sobrevalorada, y ya tenemos todos bastante realidad cada día.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas


Sr.E

sábado, 4 de noviembre de 2017

El gran conspirador: Libra, de Don DeLillo

El gran conspirador: DeLillo. Libra

Hace no demasiados días nos llegaba la noticia de que el gobierno de Estados Unidos había autorizado la desclasificación de la mayoría de documentos de sus agencias de investigación e inteligencia sobre el más famoso magnicidio del siglo XX, el asesinato de Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
Da igual lo que se encuentre ahí dentro, pensé, porque ya lo podíamos haber leído en el pasado, en los libros de DeLillo, en Submundo o especialmente en Libra. DeLillo es el paranoico lúcido, el conspirador inteligente y superdotado para la narrativa digresiva, la única que puede dar algo de luz, que no explicar, estos acontecimientos que cambian décadas. Aprovecho para volver a publicar estas líneas que escribí en su momento sobre Libra, no tanto una novela sobre el asesinato de Kennedy como sobre Lee Harvey Oswald, una novela sobre el reverso oscuro del sueño americano, de la vida positiva, un retrato en blanco y negro y decenas de voces del paria que decide dar un paso adelante y convertirse en historia.


Libra es una novela sobre la conspiración para asesinar a John Fitzgerald Kennedy. Y también es una reconstrucción de la vida de Lee Harvey Oswald. Libra es esas dos cosas y es también una denuncia de los sistemas de seguridad que se mueven por debajo de los sistemas de derecho, ajenos a tal derecho, manejando a veces cuestiones tan capitales como quiénes deben dirigir países. Pero Libra es sobre todo el primer intento de DeLillo de cazar esa gran ballena blanca que es la gran novela americana. Para mí Submundo es superior a Libra porque no está tan centrada en un caso concreto y trata de abordar toda la sociedad en su conjunto, pero Libra también está retratando, a partir de esa investigación central, la sociedad americana, y desde ella, no nos engañemos, el mundo. Libra es sobre todo una de las grandes novelas contemporáneas sobre la mentira, sobre la construcción de relatos paralelos que encajan y permiten, por su coherencia, esconder la verdad tras una mentira. La eterna indicación de Aristóteles, el relato no debe ser verdadero sino verosímil, ha sido trasladada, nos dice DeLillo, de la creación de ficción (pura y en principio inocente pues sólo está orientada a satisfacer al lector) a la narrativa de la historia oficial. DeLillo se adelantó casi veinte años (Libra es de 1.988) a todos esos que empezaron a mediados de los 2.000 a analizar el storytelling subyacente a las construcciones políticas dominantes y empezaron a encontrar puntos comunes, nodos del engaño en todos ellos. Lee Harvey Oswald es un paria que se ha criado solo con una madre que no ha sido ni mucho menos ejemplar, que ha ido rebotando de escuela en escuela, y no se sabe muy bien si es un pequeño genio o un chaval de capacidades intelectuales tirando a muy escasas, al que los servicios de inteligencia infiltran para que genere el caos. Vemos cómo lo intoxican de ideología y cómo lo entrenan militarmente. Parece que nadie sabe para qué emplearlo pero parece claro que todos quieren emplearlo. Oswald acaba creyéndose un ángel de la historia y acaba dando el gran golpe. Un golpe del que los servicios de inteligencia en parte sabían algo y en parte no sabían nada. Porque el lenguaje vuelve a servir para cubrir de humo la realidad y no dejarnos ver nada, y en ese estado no hay blancos y negros tan definidos, y la conspiración de la que habla DeLillo no es una conspiración fácil, no es una conspiración de unos señores malos reunidos en una sala oscura decidiendo matar a Kennedy, el héroe. La pequeña y la gran mafia están por ahí. Los intoxicadores que nunca faltan en las historias de DeLillo. Cuba y Castro. Los anticastristas. Los que escriben la realidad y al hacerlo ya la están deformando. Los parias que creen que ha llegado su momento. La comisión Warren. Libra es una novela que suma más caos al caos. Es una novela de primera que tiene un argumento de novela de serie B para leer en un viaje en tren. Del trastorno mental y la distorsión de la realidad que están detrás de toda teoría conspiratoria DeLillo hace literatura de primera. De Libra, como artefacto literario, salen directamente la película JFK de Oliver Stone, David Foster Wallace y toda la última producción de James Ellroy. También han bebido en sus fuentes Martin Amis e incluso Stephen King en su novela sobre el magnicidio de Dallas. Y esos sólo son los que reconocen haberse sentido inspirados por ella. Hay que leer Libra como la novela de ficción enloquecida que es pero también hay que leerla con la intención de localizar todas las líneas intermedias que quedan en el aire, y por último hay que leerla como documento histórico, no tanto de lo que pasó en Dallas cuando mataron a Kennedy como del cambio social en aquella época y de la psicosis colectiva posterior al asesinato. Hay que leerla en todas sus variantes y no volver a confiar en lo que nos cuenten.

Id a vuestra farmacia más cercana con una receta urgente a por libros de DeLillo.

Felices lecturas

Sr. E