domingo, 13 de mayo de 2018

No, mamá, no, de Verity Bargate


No, mamá, no, de Verity Bargate (Alba)

Esta novela, primera de la autora, fue publicada en 1978. No había sido traducida hasta 2017, y creo que lo ha sido porque era el momento, en ese ambiente de debate social sobre los roles de la mujer, con ese debate tan encendido a veces sobre la maternidad, sus trampas y desengaños. Como digo, es un debate que se enciende cada pocas semanas y al que están acompañando muchos libros, pero intentaré dejarlo ahí lejos, al fondo de la reseña, como mero ruido ambiente. Alba va acompañando su bien conocido y ponderado catálogo de clásicos con narrativa contemporánea que encuentra en ellos su lugar natural. Aquí bajo el nombre de Rara avis para la colección.

Verity Bargate murió joven, a los 41 años, solo 3 después de publicar esta primera novela, y con solo otras dos obras de narrativa. Fue también directora y autora teatral, y esta fue de hecho su dedicación principal. Vamos al libro: No, mamá, no, es una novela corta, de poco más de 150 páginas, que se devora entre el asombro y el sobrecogimiento. Algunos adjetivos que están desgastados de tanto uso pero que encajarían perfectamente a la hora de describirla son: cruda, dolorosa, necesaria, auténtica.

Jodie, la protagonista, empieza a contarnos su historia en el hospital, después de dar a luz a su segundo hijo. Empieza el libro con uno de esos comienzos que quedan: “Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada”. No se trata, sin embargo, de un libro que juegue al efectismo con frases redondas para enmarcar, aunque tiene frases redondas y algunas deberían quedar enmarcadas. Con ese inicio parece que será la crónica de una depresión post – parto, y lo será, pero será algo muhco más profundo y complejo. Peor que detestar algo es no sentir nada. No hay nada menos humano que la ausencia total de empatía. De hecho, se llama psicopatía, y es lo que Jodie empieza a describirnos. Quiere que le quiten de encima al niño y la dejen leyendo, fumando, lejos. Acude a hablar con los médicos antes de salir del hospital y ya les advierte de que vive en un piso alto y no quiere para nada a ese niño feo y podría pasar lo peor. Pero más allá de sonrisas y comentarios condescendientes y una pastilla, la mandan de vuelta a casa con su hijo mayor, de 2 años, y su marido, a los que tampoco quiere. La relación matrimonial está rota. Y ese segundo intento de revivirla con un hijo no es más que otro fracaso.

¿Cuántas parejas han intentado resucitar algo que no funcionaba con un hijo? ¿Cuántas mujeres han buscado completarse mediante la maternidad? Esas son dos preguntas que quedan en el aire y que duelen en este libro. La madre de Jodie no la quiso, o no demasiado, o sencillamente estuvo totalmente ausente en su infancia, y ella quería hijas a las que querer de verdad. Pero no las tiene, tiene dos hijos, y un marido egoísta que sale, la mira con pena, cree que se ha vuelto loca y lo mejor que tiene para ofrecerle es la consulta de un psiquiatra amigo suyo. Jodie va y se siente mal, con sus secretos previamente revelados por su marido, casi casi violada. Y la violación es un tema que va más allá del sexo en este libro, aunque también va de sexo, del sexo marital impuesto, de los deberes conyugales, de una escena tremenda en la que ella se queda dormida mientras es penetrada.

Cansancio, hastío, falta de ilusión. Las miradas de los demás. Los juicios externos. El único refugio en algunos paseos, charlas puntuales con desconocidos amables, libros, especialmente uno, El fin del romance, de Graham Greene, por el que pasa una y otra vez con deleite. Y pasa el tiempo.

Aparece una pequeña esperanza. Una vieja amiga de la universidad, su mejor amiga, quizá la mujer a la que más unida ha estado nunca. La llama, da con ella después de una década, sienten que puede funcionar, que seguirán siendo tan íntimas. Organizan una visita a su ciudad en la costa. No era lo previsto inicialmente pero irá con los niños. Aunque antes de llegar los convertirá en niñas, poniéndoles las ropitas de niña que siempre tiene a su lado, y fingirá una vida que no tiene. Las dos encontrarán alivio en su amiga, hablando del pasado, aunque las dos sabrán también que hay algo que se ha roto, probablemente en el interior de cada una de ellas, y que no volverá a fluir la amistad como antes. El marido de ella, un actor con ínfulas, es un perfecto idiota. Ellas dos tratan de darle la espalda a los perfectos idiotas pero no es tan fácil.

Cada semana se llena de la esperanza de que llegue el próximo lunes. Y cada lunes, con sus pequeñas anécdotas, llena en el recuerdo los días que quedan por delante. De lunes a lunes. Hasta que en un tren de vuelta todo descarrila y lo simbólico se vuelve más real que nunca, la pesadilla se hace realidad quizá con un exceso de melodrama por parte de la autora, y Jodie acaba en una institución psiquiátrica, repudiada por su marido, con sus hijos lejos, loca. Porque eso es lo que todos habían pensado de ella desde el principio del libro, que estaba loca, que lo que le pasaba era antinatural, y parece que ellos han ganado. Sin remedio.

Un libro que leer y sobre el que pensar detenidamente.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 4 de mayo de 2018

Dos ensayos diferentes: Judas y otros ensayos sobre lo divino y lo humano, Teoría y práctica de La Habana


Dos ensayos diferentes: Judas y otros ensayos sobre lo divino y lo humano, de Thomas De Quincey y Teoría y práctica de La Habana, de Rubén Gallo (ambos de Jus Ediciones)

Antes de caerme dentro de estos dos libros, absorbido por su potencia y radicalidad (porque son esa clase de libros que no te sueltan), conocía poco más que el nombre de Thomas De Quincey como autor de dos de esos libros que se citan mucho y no sé cuántos habrán leído realmente: Del asesinato como una de las bellas artes y Confesiones de un inglés comedor de opio. De Rubén Gallo no sabía absolutamente nada. Leídos en paralelo creo que sus efectos se han multiplicado, reforzando la lectura de uno la del otro.

Empiezo por De Quincey, por aquello de ser un autor clásico, venerable, admirado por Borges, como bien nos recuerda la edición de Jus. Thomas De Quincey fue esencialmente un ensayista de la primera mitad del siglo XIX, y llamarlo venerable debe ir acompañado de otras experiencias vitales como fueron su alcoholismo y adicción al opio. Su sentido del humor es fino, inteligente, y si se es lector de Borges no es difícil entender por qué sentía predilección por él. Los ensayos aquí recogidos, todos cercanos de una u otra manera a la idea de religión, están escritos desde la experiencia y reflexión exclusivamente personal. De Quincey lee a los clásicos, rastrea, saca conclusiones y las expone con gracia y con un ánimo provocador que en algunos momentos le cuesta disimular. Se agradece, no obstante, ese afán provocador.

Judas Iscariote, el primer ensayo del libro, retrata la figura del famoso traidor no como la de un traidor sino la de un incomprendido. Alguien al menos tan bueno como Jesucristo que solamente quiso acelerar un poco el proceso que sentía que estaban poniendo en marcha. Le parecía a Judas que Jesucristo tenía muy buenas intenciones pero le faltaba decisión, y le ayuda a acelerar el proceso. La idea, como se ve, es atractiva. Desde su ironía y lucidez, De Quincey es un pesimista, o eso me ha parecido, y los dos siguientes ensayos, Sobre la guerra y Sobre el suicidio, van en esa línea oscura. Sobre la guerra viene a intentar demostrar que da igual lo racionales y positivistas que los seres humanos se vuelvan, las guerras nunca desaparecerán (y más de 150 años después así sigue siendo), y Sobre el suicidio toma como partida un poema de John Donne para reflexionar sobre este hecho, adelantándose en algunos aspectos al Mito de Sísifo de Camus, compartiendo ambos, me parece, la idea de que no hay nada más humano que la tentación de acabar con la vida propia. La superstición moderna, el último ensayo, viene a oponerse a las ideas de luz e ilustración que traía su época, y no por oposición a las ideas, que De Quincey comparte en su mayoría, sino en cuanto a su optimismo, a la propia idea de que el raciocinio podría imponerse a la superstición. De Quincey incluye en una misma categoría a las religiones organizadas y a las supersticiones, y aunque en ese sentido se sitúa en el bando contrario, parece compartir el espíritu de la frase de Chesterton que dice: “Cuando se deja de creer en Dios enseguida se empieza a creer en cualquier cosa”. En este último ensayo De Quincey se resigna a que nunca desaparecerán de entre las costumbres humanas la tendencia a creer en lo sobrenatural, a pedir su protección, a dejarse guiar por sus intérpretes. Y casi considera que las religiones tradicionales vendrían a ser el mal menor.

Rubén Gallo es un profesor mexicano afincado en los Estados Unidos, donde trabaja en la Universidad de Princeton. Mirando un poco en la entrada que la wikipedia en inglés le dedica podemos ver que sus especialidades son los intercambios culturales entre Europa y Latinoamérica, ya que ha escrito libros sobre la influencia de Sigmund Freud y Marcel Proust en Latinoamérica, sobre las vanguardias mexicanas, escritores heterodoxos y la propia Ciudad de México. Su enfoque general parece partir de la postura de un típico liberal estadounidense (y cuidado con la palabra, que en España se asocia a otras posturas mucho más derechistas) y la llamada a leerlo en la faja de la editorial de Vargas Llosa (con quien compartió el libro Conversación en Princeton) podría hacer pensar que se trata de un observador mucho más ideologizado de lo que realmente es. Y se agradece.

Rubén Gallo llegó para pasar 6 meses a La Habana en 2015, y tratando de mirar la ciudad con ojos desprejuiciados, construye un recorrido divertido y desquiciado por los rincones ocultos de La Habana. Y según su mirada cualquiera de sus rincones puede serlo. No conozco La Habana y ni siquiera he leído demasiados libros sobre ella, pero la entrada en este libro, la irrupción de un cabaret astroso y lleno de seres marginados hasta no hace tanto en Cuba, no solo marginados sino perseguidos, ahora convertidos como le dice su interlocutor en los triunfadores, la nueva clase media, los gays, esa llegada a ese espectáculo musical entre decadente e irresistible, me parece una imagen insuperable de una ciudad y de una sociedad, y me ha llevado a recordar una lectura que en su momento me encantó, La Habana para un infante difunto, de Cabrera Infante.

2015 no pudo ser un año más señalado para llegar a La Habana, pues en ese verano se firmó el primer acuerdo de (más o menos) desbloqueo de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Rubén Gallo retrata en Teoría y práctica de La Habana a una sociedad caótica, donde se sobrevive como modo natural de existencia, y dibuja sin insistencia y alejado de dogmatismos a favor ni en contra los cambios que se han producido desde la Revolución de 1959, jugando con el título podemos decir que hay mucha más práctica habanera que teoría cubana. Fidel está muerto y la portada, ese Che Guevara maquillado en tonos rosas es perfecta, pues su imagen icónica, pura publicidad desde hace décadas, sirve de base para retratar los cambios. Y los cambios políticos, como suele suceder en las dictaduras, empiezan por los cambios en las costumbres. La apertura, por pequeña que sea, se nota. Y donde no está abierto los habaneros tienden a hacer como que sí, e igual que en los relatos de Pedro Juan Gutiérrez se goza y se palpita dando la espalda a la oficialidad, a un Estado que es un Todo que en teoría asfixia pero que prefiere no mirar hacia algunos lugares.

Gallo no trata de decir en su libro que ha entendido qué es La Habana en 6 meses, porque sería absurdo, sino que nos enseña su viaje interior y cuela testimonios, miradas, problemas que vio en ese tiempo. Va de lo personal para enseñarnos la colectividad, sin dar lecciones, recibiéndolas, más bien, lo que nos pone instintivamente de su lado como lectores y nos hace pedir más. Pero, por desgracia, el libro se acaba, la ventana se cierra, le tenemos que decir adiós a La Habana. Y nos despedimos con la risa en la boca y las lágrimas en los ojos.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E



viernes, 27 de abril de 2018

El elefante desaparece, de Haruki Murakami


El elefante desaparece, de Haruki Murakami (Tusquets)

En 31 canciones Nick Hornby decía que si alguien sin demasiado conocimiento musical ni de su persona se pusiera a limpiar su colección de discos podría llegar a la conclusión, totalmente errónea, de que su cantante preferido era Bob Dylan, por distintos motivos, pero entre otros: por la cantidad de discos que poseía, la amplitud que recorrían dentro de su carrera, por lo bien conservados que estaban e incluso por todo lo que sabía sobre ellos. Pero era algo totalmente erróneo, primero porque no le gustaba tanto Dylan, y segundo porque sabía que había verdaderos fanáticos de Dylan por ahí fuera, él los conocía, y ninguno lo tomaría por un verdadero seguidor. Creo que si esa misma persona pusiera orden en mi biblioteca podría llegar a la también exagerada conclusión de que uno de mis escritores preferidos es Haruki Murakami. Tengo un número bastante grande de sus libros, y más o menos estoy enterado de sus novedades (numerosísimas, entre nuevas obras, libros que nunca habían salido de Japón y ahora llegan a España, curiosidades). En 2011 ya escribí un cuento, titulado como este blog, Cuentos pendientes, en el que el narrador, un aspirante a escritor tras cuyo disfraz había quizá demasiado de mí, confesaba que leía con asiduidad a Stephen King y a Murakami y que seguía sin saber si le gustaban. Tantos años después tengo una opinión más formada sobre ellos, seguramente haya leído unos 10 libros de cada uno y siga sin poder contestar con un Me gusta / No me gusta.

En el caso de Murakami creo que eso me sitúa en una tercera España saludable. A Haruki Murakami parece que se le adora o se le odia a muerte. Y yo no estoy ni entre quienes le aplauden ni entre quienes le dispararían una bala por la espalda si pudieran. No me parece un escritor de los de primera ni me parece que sus libros sean malos. Algunos me gustan bastante (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, 1Q84, Sauce ciego, mujer dormida, Kafka en la orilla), otros menos (La caza del carnero salvaje, Baila, baila, baila) y otros me parecen poca cosa o algo menos (Tokio blues, After dark, Los años de peregrinación del chico sin color, Hombres sin mujeres).

De su labor como cuentista, Hombres sin mujeres es una colección de relatos en la que no llegué a interesarme en ningún momento. Algunos (la mayoría) de los cuentos de Sauce ciego, mujer dormida me parecen valiosos. Exagerando un poco podría decir que se aire buscadamente salingeriano alcanza por momentos el nivel del propio Salinger. El elefante desaparece busca seguir esa misma línea pero funciona algo peor. Aquí el número de cuentos que funcionan realmente bien es más escaso. Ya ha explicado muchas veces Murakami que empezó a escribir ficción obligándose a hacerlo en inglés para así ayudarse a construir la historia con escasos mimbres, al limitar sus propios recursos lingüísticos. Algunos giros (aunque es verdad que leemos a Murakami traducido al español desde el japonés) sí recuerdan a la prosa inglesa, algo que sucede también en autores españoles que se han educado (nos hemos educado) leyendo prosa anglosajona traducida.

Concretando en el libro, El elefante desaparece contiene 17 relatos. El libro se publicó originalmente en Japón en 1993, y están escritos entre 1980 y 1991. Por situarnos en la bibliografía de Murakami, empezó a redactarlos tras sus primeras novelas cortas: Escucha la canción del viento y Pinball 73, y son anteriores a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Kafka en la orilla (2002) y 1Q84 (2009) (la que probablemente sea su mejor época, en mi opinión desde luego son sus tres mejores novelas). Los dos primeros relatos están precisamente como puente entre una época novelística y otra: El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes ya avisa en su título, y la historia de Nuevo ataque a la panadería tenía un cierto peso, a modo de pasado, en Escucha la canción del viento / Pinball 73. Son dos buenos relatos, independientemente de su relación con las novelas. Los protagonistas de todos estos relatos son los clásicos protagonistas de las historias de Murakami, hombres solos, en torno a la treintena, que parece que no acaban de madurar, melómanos o cinéfilos o lectores apasionados, y capaces de obsesionarse hasta el extremo con detalles por lo demás insignificantes de la vida, hasta el punto de reorganizar su existencia por las aventuras de un elefante del zoo.

La aparición de lo extraño en los relatos de Murakami es poco sutil. Simplemente, irrumpe. Son siempre mayoría las historias con un toque fantástico. Murakami utiliza con frecuencia (casi abusa) de la construcción de narradores a los que parece que el mundo, por trivial que sea, sorprende. Caen en epifanías de un modo continuo, y así, cuando sucede algo realmente sorprendente (si un gato empieza a hablarles, por ejemplo) entra en la lógica del relato con naturalidad. Es un recurso tramposo y que acaba agotando.

Como hacer recuento de 17 relatos sería un aburrimiento, me voy a limitar a señalar, aparte de las cuestiones generales ya marcadas, los relatos que me han parecido más destacados. Los dos primeros, como ya dije, están bien, y abren pasillos a otras novelas del autor, lo que siempre resulta interesante. Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril es un cuento bonito, sobre solitarios sin suerte. Funciona bien, se lee con agrado y me ha dejado la sensación de que la anécdota ya estaba tal cual, o muy parecida, en otro libro de Murakami que ya había leído, pero mi memoria no ha logrado identificar en cuál. Pese al empeño en lo fantástico y extravagante que tiene Murakami en este libro (El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión y El enanito bailarín son cuentos que por su trama podría haber abordado Mario Levrero), esa parte nunca despega. Tampoco destacan los relatos donde el narrador parece más despegado o en los que el autor se limita a una objetividad de guión de cine (Una ventana, El comunicado del canguro, La caída del Imperio Romano). Es en aquellos más próximos al realismo y a la tradición breve americana donde mejores resultados ha conseguido: Quemar graneros es un triángulo amoroso de jóvenes, uno de los cuales quema graneros como una forma de reacción a la sociedad. Puro Salinger y se lee muy bien. Silencio y Asunto de familia son relatos realistas, sobre la construcción de la personalidad en el entorno del colegio el primero y sobre las relaciones de dos hermanos, un chico y una chica, pasada la época de estudiantes, cuando ella está a punto de casarse y él se siente cuestionado por no sentar la cabeza. El elefante desaparece, pese a ser el elegido para titular la colección (lo que siempre me hace esperar como lector que tenga algo especial) no me ha parecido que tuviera demasiadas cualidades a destacar. Un hombre con una vida bastante estancada empieza a llenarla con las noticias sobre la desaparición del elefante del zoo.

Los dos mejores relatos del libro me han parecido, con bastante diferencia, y para terminar: Sueño, una historia de insomnio y libros. Aquí precisamente se sale Murakami de su habitual registro, dando el protagonismo y la voz narradora a una mujer, y le funciona mucho mejor que el nivel medio del libro. Y quizá mi preferido sea por encima de todos Último césped de la tarde, la aventura existencial de un chico joven que trabaja como jardinero, un trabajo que va a dejar pronto, y al que se entrega con la precisión y pasión de los samuráis, aunque sabe que así ganará menos dinero, pues cobra por jardín completado. Es un relato plácido, muy redondo, bien dosificado, en el que el interés del lector se consigue con casi nada, con lo difícil que eso es, y que vuelve a recordarme por encima de otros autores a Salinger.

Me imagino que volveré a leer a Murakami y que seguiré sin tener claro qué pienso de sus obras.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

viernes, 20 de abril de 2018

Algunas ideas para el Día del Libro


Algunas ideas para el Día del Libro 2018:

Es el tercer año que escribo una entrada de este tipo en vísperas del Día del Libro. Va camino de convertirse en algo tan clásico como la revisión de final de año de las mejores lecturas. Espero la llegada del Día (y la Noche) del Libro con expectación, deseando acudir a algún acto interesante y también por aprovechar los descuentos de esos días. Esta lista de libros es a veces como una carta a los Reyes Magos que me dirijo a mí mismo para tratar de organizar mi pulsión de comprador de libros, y otros los pongo a modo de recomendaciones para quienes buscan libros que regalar o regalarse.

GB84, de David Peace (Editorial Hoja de Lata): Siempre hablo con admiración y maravilla del Cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980 y 1983), una saga brillante y oscura de novela negra (negrísima), del escritor inglés David Peace. La Trilogía de Tokio, su siguiente serie, empezó a publicarse en España pero creo que no funcionaría demasiado bien porque no ha salido el tercer volumen. Una editorial que hasta ahora desconocía, Hoja de Lata, se ha atrevido en 2018 con su novela GB84, ambientada en las duras huelgas mineras de 1984 en Reino Unido. Bajo el mandato de Margaret Thatcher y ante el desmantelamiento del Estado del bienestar, quizá en los primeros ataques graves que se dieron contra ese consenso europeo, y con un ritmo de thriller apocalíptico, la novela nos lleva a aquellos años de problemas, paro, atentados e incertidumbre.

Pedigrí, de Georges Simenon (Acantilado): Es el tercer año que lo nombro aquí. No sé si merece la pena convertirlo en una broma recurrente y seguir hablando de él cada Día del Libro futuro y seguir sin leerlo. Creo que será definitivamente el año de traerlo a casa y leerlo, antes de que el mercado editorial lo saque de los estantes de las librerías. Aunque pienso que en los libros de Simenon, siempre eficiente, siempre correcto, siempre entretenido y una buena compañía, hay más de su persona de lo que a priori uno piensa en un novelista de género con marcas y tics señalados, esta es realmente la novela en la que más se acerca a su material biográfico. Uno de mis libros preferidos entre los suyos son las Memorias de Maigret, en las que usa la forma de la biografía para retratar a un personaje de ficción. Aquí lleva a la ficción sus experiencias personales, de niño y adolescente belga, en una familia muy parecida a la suya. Una oportunidad de leer a un buen escritor, asociado a ciertos temas y ambientes, construyendo a su manera una novela de aprendizaje, uno de los ejercicios literarios clásicos.

Historia argentina, de Rodrigo Fresán (Mondadori): Uno de mis escritores preferidos es sin duda Rodrigo Fresán. Hace años que leí Historia argentina, su primera obra, una colección de cuentos en la que se burlaba (desde el cariño, supongo) de todos los tótems de su patria (aún recuerdo la risa que me dio cuando un narrador, un joven inconoclasta aficionado al pop, un trasunto del propio Fresán sale corriendo a la calle y choca con (nada menos) Borges, con la carga de simbolismo que eso tiene, y un transeúnte se lo reprochaba diciendo: ¡pibe, acabas de arrollar a una gloria nacional!) A Fresán le gusta Borges y es fácil de rastrear su influencia, así que no hay polémica en ello, pero creo que vale como imagen de un libro (una imagen que él asegura que es cierta por todas las entrevistas) que funciona como una apisonadora del buen humor y el amor por la literatura, la primera entrega del universo narrativo de Fresán, que siempre va y viene de unos pocos caminos hacia otros pocos lugares, y que tenía quizá aquí ya muchas más claves de las que se podían imaginar, tal vez sea un libro semillero que merezca la pena volver a leer, después de haber pasado por casi todos sus libros (aprovecho para pedir una edición en bolsillo de Mantra), aprovechando que acaba de reeditarse después de bastante tiempo desaparecido.

Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula): Shirley Jackson fue una escritora de cierta popularidad en su época, especialmente a partir de la publicación del relato La lotería. Stephen King la nombra entre sus maestras (hay que reconocer que Stephen King no es cicatero reconociendo influencias y a veces casi se pasa a la hora de nombrar maestros y maestras) y Minúscula ha reeditado algunos de sus libros en los últimos años. Esta edición de sus Cuentos escogidos es de 2015 y espero que sea una buena puerta de entrada a su obra. Me gustan los autores con un mundo propio, los cuentos, los buenos cuentos, los cuentos de terror, especialmente los que dan miedo desde la cercanía a la realidad, y parece que es la especialidad de la autora, sembrar el temor en los lectores desdibujando la América profunda. Parece que este libro puede tener todo eso. Tampoco debe ser una mala idea el recién salido Deja que te cuente, con relatos inéditos, estudios y ensayos, aunque con esa composición creo que es más para lectores que ya hayan leído a la autora.

Cronometrados: Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield (Taurus): Un ensayo ameno, en la línea del ensayo anglosajón, pensado para enseñar a la vez que se entretiene (o viceversa). Simon Garfield, periodista y ensayista, parece ir moviéndose por temas variados y entregando cada 2 o 3 años (a veces menos) un libro en el que recoge artículos previamente editados sobre el tema elegido en cada caso, usándolos como esqueleto de un libro que estructura, al que da homogeneidad y cuerpo. Después de interesarse por los mapas, los colorantes químicos o la tipografía en libros anteriores, el tiempo es el tema central de Cronometrados. No el tiempo como magnitud física sino como cuestión social, ya que Cronometrados sigue la evolución histórica de los aparatos usados para medirlo y sobre todo su importancia en la sociedad a través de las convenciones. Conceptos como la puntualidad o incluso la misma idea de una hora única y trasladable de una zona a otra de un país (y no digamos a través de un continente o el mundo) son relativamente recientes.


Diarios, de Franz Kafka (DeBolsillo): Creo que puedo explicar poco sobre este libro. La obra de Kafka está tan analizada al detalle y se han buscado tantas claves más o menos ocultas en sus libros de ficción que estuvieran más o menos relacionadas con su vida, que creo que lo único que puede completar un poco mi visión de Kafka como autor y personaje son sus propios diarios. Kafka siempre se escondía tras y entre la escritura. En ese sentido esta nueva portada me parece un acierto. Kafka era sus escritos y lo que Kafka pretendía era que nadie accediera a su literatura, que Max Brod la quemara y solo hubiera silencio tras su muerte. Y sin embargo pensemos en cómo ha cambiado, en cuántos aspectos, el siglo XX y XXI. Podemos leer al final, en contra de sus deseos, incluso sus Diarios. Hace años que acabé de leer su obra de ficción y decidí dejarme sus diarios para mucho después, cuando quisiera terminar con todo. Quizá sea este el año, sabiendo que una vez que me meta en ellos no habrá más, nada más, esperando.

Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva (Ediciones Contrabando): Soy un entusiasta de Levrero, incluso cuando sé perfectamente que algunos libros entre los suyos no me gustan. Este estudio recoge lo que el autor, Pablo Silva, alumno de los talleres virtuales de Levrero (de los que algo sabemos los lectores de La novela luminosa) aprendió durante los años de relación maestro – alumno que les unieron. Hay autores de los que es muy difícil que otro escritor pueda aprender, y siempre me ha costado imaginarme a Levrero como profesor, entendiendo por profesor a alguien que sabe más que quienes le escuchan y pretende enseñarles. No estaría cómodo en ese papel, seguro, y él siempre decía que tenía alumnos con talento que escribían mejor que él. Pero, y había un pero, la cuestión de la escritura no está solo (a veces ni siquiera es lo principal) en escribir bien, sino en jugarse la vida, ponerla en ello, como él sí hizo desde que empezó a escribir cuentos y sus novelas kafkianas a finales de los años sesenta. Debe ser fascinante entrar en el mundo íntimo de un autor que escribió algunas de sus mejores páginas dedicándose precisamente a transformar esa intimidad, pequeña, en literatura grande. Este libro acaba de aparecer en una pequeña editorial valenciana, y creo que merecerá la pena. No tienen nada que ver como autores, ni en su ambición y manera de situarse como escritores ante el mundo, pero si alguien no lo ha leído aún (y tiene interés en él) es una buena idea hacerse con Conversaciones con David Foster Wallace, de Stephen J. Burn (Pálido Fuego).

Fun home: una familia tragicómica, de Alison Bechdel (Reservoir Books): ¿Qué familia no es tragicómica? Siempre digo que no leo demasiada novela gráfica, y es verdad, y también digo a veces (y me caen palos) que me parece que en la novela gráfica hay una burbuja, como la hay en el café de calidad, en las series de televisión y en tantas otras cosas que los medios y las redes sociales nos venden. Quiero decir, hay buenas novelas gráficas cada año, y buenas series de tv, hay bares con buen café en Madrid, hay de todo eso, pero desde luego no hay 8, 9 o 10 obras maestras mensuales en tv (y es una llamada que se repite cada mes: las obras maestras de este mes, lo que debes ver este mes, lo que no te puedes perder, etc). Dejo un poco al margen mis manías. Hay buenas novelas gráficas y esta sin duda es una. Es una excelente novela, más allá del medio. El tratamiento gráfico es sobrio y rico, sin caer en el feísmo ni en la simplicidad, que son dos de los defectos que más encuentro cuando leo novela gráfica y me hacen dejar algunas de ellas. La escritura es ligera y nos enseña qué fue criarse en una casa, a priori una casa como otra cualquiera, e ir descubriendo quién es una misma, y a la vez el poder que tiene la actividad creativa, el dibujo en el caso de Alison Bechdel. Uno de los apuntes más interesantes me parece que el cultivo de su talento para el dibujo, como el cultivo que todos los miembros de su familia hacen de sus respectivos talentos artísticos, no les une precisamente, sino que los aísla y encierra más en sí mismos. Como si se tratara de un cómic de Spiderman y descubriéramos que un talento (mayor o menor, mejor o peor, pero talento) conlleva una gran responsabilidad. Va descubriendo también, con el tiempo, su lesbianismo, y algunas secretos de familia, pero ¿qué familia no está llena de secretos? Sean los de esta u otros. En esta familia pesa el silencio, la incomunicación, y las ansias frustradas de haber hecho algo artístico. Parece que la hija sí está suficientemente decidida a ser artista. El personaje del padre está perfectamente delineado, sin dejar nunca de ser una incógnita, y el tono general del libro es, como bien dice su subtítulo, tragicómico, al modo de American Beauty, La Tormenta de hielo o la serie de televisión A dos metros bajo tierra (con la que comparte un negocio familiar peculiar, el funerario). Un cómic que se acerca a la autoficción y resulta divertido, ácido y apetece releerlo con frecuencia.

Cuentos completos, de Nikolai Gógol (Nevski): Fue una de mis lecturas preferidas de 2017 y creo que a cualquier lector exigente le gustarán. Sus relatos son a la vez una sorpresa y un encuentro con las bases de algunos autores fundamentales del canon (hay un poso de Gógol, cuando se leen sus cuentos en Kafka, en Dostoievski, en Chéjov, y por herencia en casi cualquier escritor actual, que habrá pasado por la influencia de cualquiera de ellos). Al menos Avenida Nevski, La nariz, El retrato El capote son relatos que pueden considerarse de la primerísima división de la historia de la literatura universal.


El atlas La familia real, de William T. Vollmann (Pálido Fuego): Leí bastante el año pasado a Vollmann, y me fascinó. Sus libros son caros, por la dificultad de sus traducciones y la ambiciosa longitud de sus obras, también porque en España los trae una editorial pequeña a la que se agradece su apuesta y su trabajo. Por ese precio elevado es una buena oportunidad aprovechar los descuentos de estos días. Tengo que acabar de decidirme si una novela (La familia real) o una colección de relatos (El atlas).



Aparte de esas ideas que he anotado motu proprio, se me han cruzado las preguntas de amigos y conocidos sobre lecturas recomendadas para ellos o para sus parejas o alguien querido a quien querían regalarle un libro aprovechando que es abril. Sin más explicaciones, esos libros que les he recomendado me sirven como ideas alternativas para quienes busquen buenas lecturas:

Trilogía Las chicas de campo (Las chicas de campo, La chica de ojos verdes, Chicas felizmente casadas), de Edna O´Brien (DeBolsillo)

Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett (Blackie Books)

Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem (Alianza)

Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta)

El último de la estirpe y Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy (Tusquets)

Calvin y Hobbes para principiantes, de Bill Watterson (Ediciones B)

Felices lecturas, esta semana y todas las del año.

Sr. E

jueves, 12 de abril de 2018

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy


Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy (Tusquets)

Calculé mal mis lecturas para las vacaciones de Semana Santa (siempre pienso que con viaje en tren de por medio y más horas al aire libre me va a apetecer novela negra y quizá algo de terror y no siempre es así, y cuando la narrativa de género falla, falla de verdad) y acabé en una librería de El Corte Inglés, la tarde de jueves santo, buscando poner remedio a ese problema. Acabé con un libro de Murakami (El elefante desaparece, del que ya hablaremos) y dos ediciones de bolsillo de Fleur Jaeggy: Los hermosos años del castigo y El último de la estirpe.

No había leído nunca a Fleur Jaeggy pero en mi memoria estaba almacenado el nombre, citado hace muchos años en algún artículo (puede que más de uno) de Enrique Vila – Matas. De Vila – Matas se pueden criticar muchas cosas, pero no se puede dudar de que es un lector constante, siempre atento a encontrar nuevas voces y ejerce de tenaz recomendador de libros. Como puede pasar a veces con Rodrigo Fresán, se diría que todo le gusta, pero creo que es porque sólo hablan (con entusiasmo) de aquello que realmente les ha gustado. En ese mismo cajón de mi memoria en el que estaba el nombre de Fleur Jaeggy, constaba como una autora minimalista.

Me sorprendió encontrar dos libros de la autora en edición de bolsillo. Casi no tienen sus libros en las bibliotecas por las que suelo transitar, y no se puede decir que me tope con multitudes leyendo sus obras en el metro o el autobús (un tema a tratar es el de cómo se ha reducido, a simple ojo, el número de personas que leen en el transporte público desde hace diez años a hoy; los móviles inteligentes han vaciado de lectores los vagones). Me alegro, no obstante, de que autoras de decidida apuesta literaria acaben circulando en bolsillo. El caso es que cogí los dos libros de la autora que había, creo que pensando en que quizá no volviera a verlos y mejor aprovechar y estrenarme con ella.

Antes de apagar la luz por la noche ese mismo día ya había dado cuenta de Los hermosos años del castigo, que es el libro en el que me centraré hoy. Esa contradicción en el mismo título entre la hermosura y el castigo es la definición perfecta de la bella crueldad de la escritura que encontré en esa breve novela que juega a la memoria y dibuja un internado de clase alta, con sus normas arbitrarias y sus pequeñas tiranías, sus jerarquías, los caprichos de las de dentro, el respeto (y más el temor) debido a quienes ostentan el poder, sentirse abandonada por la vida y tener sin embargo que cumplir con sus caprichos (la narradora, el trasunto de la Fleur Jaeggy adolescente, tiene un padre con quien pasa las vacaciones y para el que parece no haber salvación, una especie de héroe trágico, un personaje catatónico que vive en hoteles salidos de una historia corta de Scott Fitzgerald, y una madre que desde Brasil, desde una vida nueva sin su hija, decide que su compañera de cuarto tiene que ser alemana, que le convienen unas actividades y no otras, etc.).

Las novedades, por escasas, se parecen mucho a la llegada de un meteorito, y la llegada de Fredérique, una muchacha altiva, bella, en apariencia frágil pero en realidad mucho más segura que las que ya estaban allí, aunque como en todo el libro hay muchos peros que hacer, una montaña de peros tan alta como las montañas heladas por las que la narradora sale a pasear cada mañana a las cinco, antes de que toque despertarse para ir a clase, y luego se pasa las mañanas en el aula adormilada, y no se sabe si disfruta más de la sensación de aire y libertad y frío en la piel de las cinco de la mañana o de la somnolencia provocada por sus decisiones a media mañana. Fredérique se convertirá en su mejor amiga durante un tiempo, para sorpresa de todas en la institución, incluso de la narradora, que se mueve entre la sorpresa y la falta de recursos emocionales con los que gestionar una relación que se mueve entre el amor y la admiración y nunca llega a verse del todo clara.

Nada se ve del todo claro. Solo que el futuro de esas alumnas parece estar predestinado por otros y que algunas niñas se resisten a lo que han decidido para ellas. Y desde esa resistencia no saben muy bien cómo manejar la vida. El baile de sensaciones y emociones baila perfectamente con la prosa, sugerente, que no cuenta todo, que oscila como en manos de un experimentado pianista que recorre escalas de jazz. No es casual, en ese sentido, que Fréderique sea la mejor pianista que nunca han visto entre esas paredes. Y supongo que no es extraño tampoco el aire de familiaridad con la prosa de Thomas Bernhard, esa que siempre me ha parecido que transmite mucho y que a la vez me ha impedido terminar ninguno de sus libros. Algo que no sucede con Jaeggy, que me encandiló durante todo el libro y me hizo desear abrir el siguiente (pero esa será otra historia). Las montañas heladas acrecentan la sensación de irrealidad, y como en el propio libro se cuenta, cerca de ese internado para señoritas hay un manicomio en el que estuvo internado Robert Walser.

Cuando la vida irreal del internado acaba, y la sensación dominante es la de que les han robado diez años de su vida, un período que nunca será del todo suyo ni del todo recuperable, la narradora sale a la vida y sigue caminando y encuentra en las salas oscuras de cine un refugio contra el exceso de charlatanería y luz de la vida. En una de sus excursiones al cine es cuando se reencuentra con Fredérique, y conoce al fin a su madre, porque uno de los grandes pasatiempos de la vida en el internado es escuchar las historias de familia de las demás e imaginar cómo son en realidad esas familias, y compararlas, claro, con la propia. Y la madre de Fredérique le dice que su hija intentó quemar la casa con ella dentro. Y no lo dice con intención de escandalizar a nadie, ni de culpar a su hija, sino simplemente como algo que sucedió. Y se trata de un momento que dibuja la cumbre de la novela, ese en el que falta el aire del todo.

Cerrada (a su manera) la historia, con Fredérique interna en un centro que bien podría ser una continuación del internado suizo, la narradora vuelve allí, muchos años después, y pregunta por aquel colegio, en medio de las solitarias y heladas montañas de ese país siempre neutral, siempre ajeno, y la respuesta que obtiene es que nunca hubo un colegio, la memoria de lo que ella vivió se ha perdido incluso en el pueblo, por lo que parece. Manicomios es lo que tienen allí, le aclaran. Porque la frontera entre lo restrictivo, entre la imposición de la corrección y la locura es fina, mucho, y ese parece una de las claves de la novela. La principal, probablemente. La más terrible de todas.

Seguiremos leyendo. A otros pero ahora también a Jaeggy.

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 4 de abril de 2018

4 3 2 1, de Paul Auster


4 3 2 1, de Paul Auster (Seix Barral)

Advertencia inicial: Esta no es, realmente, una reseña del libro. Es más bien un breve escrito de desencanto, conectado con una trayectoria vital de lector de Auster.
Hacía años que no leía un libro nuevo de Paul Auster. Lo mío con él fue verdadero amor y supongo que habría que decir que se nos rompió el amor de tanto usarlo. Siempre he considerado que Auster, junto con Roberto Bolaño, es un escritor esencial en que yo me pusiera un buen día a escribir. No sé cómo llegó a mi mente que La trilogía de Nueva York era un libro que yo debía leer. Luego la realidad confirmó que realmente debía leerlo, pero no lo tenían en la biblioteca pública en la que yo lo buscaba, y cuando aún estudiaba Bachillerato leí el único de sus libros que tenían: El cuaderno rojo. Lo leí varias veces, hasta que en algún momento me compré El palacio de la luna (uno de los libros que más he regalado, y siempre ha gustado a las personas a las que pensé que gustaría) y finalmente sí La trilogía de Nueva York. He releído muchas veces esos tres (tres o cinco, según edición de la Trilogía que manejamos) libros y también he disfrutado con La música del azar, Leviatán, El país de las últimas cosas y El libro de las ilusiones. Fue quizá con esta novela, de 2002, con la que empecé a sospechar como lector que Auster había decidido escribir por y para siempre libros de Paul Auster, igual que Murakami decidió en algún momento escribir libros de Murakami. ¿Y bien? Está en su derecho. Me interesan los autores que siempre escriben “el mismo libro”, quizá más que los que no lo hacen, pero noté de alguna manera que siendo una buena novela había perdido la fuerza que sí está bajo La trilogía de Nueva York y El palacio de la luna. Me parecía que la necesidad de escribir, de la que tan acertadamente había hablado algunas veces Paul Auster, con aquella metáfora de su amigo el que se inyectaba heroína y seguía haciéndolo no porque le sentara bien sino porque le hacía sentir menos molesto con la existencia, había sido sustituida por la necesidad de ser leído, y asegurando unos ciertos elementos (irrupción del azar, trayectoria de caída al abismo y posterior resurgimiento, sueños románticos relacionados de una u otra manera con el arte, incapacidad para comprender y ser comprendido por el mundo exterior, una mujer redentora, los buenos samaritanos desinteresados que aparecen en momentos señalados, etc.) construía la historia a sabiendas de estar escribiendo algo de la marca Auster. Insistí todavía con La noche del oráculo, Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium y cerré la carpeta de Paul Auster, releyendo de cuando en cuando, eso sí, sus libros más queridos, especialmente la Trilogía. Un insistente comercial del Círculo de Lectores me convenció para hacerme socio durante algunos meses hace unos años y en uno de los pedidos me llegó Diario de invierno. Me gustó. Saboreé su honestidad, pero no era un esfuerzo ficcional y como memorias de un hombre que se hacía mayor tampoco me parecieron sobresalientes.

Y llegó el otoño pasado y 4321. Apareció, como todos sus libros, con una gran campaña en los medios españoles. Leí críticas, reseñas, reportajes, oí comentarios en radio y televisión, valoré el libro en librerías, y al final llegó a la biblioteca el mes pasado. Lo cogí con temor e ilusión. ¿Por qué mi optimismo? En primer lugar la premisa del libro me parecía interesante (las vidas posibles de una misma persona) y luego la novela me parecía ambiciosa. Por su propio peso. Casi 1.000 páginas. Si Auster quería asegurarse uno de sus moderados éxitos continuistas no tenía más que escribir su clásico libro de entre 300 y 400. Él mismo parecía sorprendido, en las entrevistas, de la ambición literaria del libro. Quizá había decidido salir a la caza de la ballena blanca de La Gran Novela Americana, él también. Y probablemente lo pretendía, aunque no lo haya confesado explícitamente.

Empezaré diciendo que no he terminado de leer 4321. Leí hasta la página 350 (aproximadamente) y lo hice en muchos momentos arrastrándome con pies pesados por su trama. No encontré en ningún momento al narrador ágil y atractivo que al menos siempre ha sido Paul Auster. La prosa estaba más hinchada y cargada que en sus libros habituales, y la historia derivaba hacia un costumbrismo que tampoco es lo usual en sus mejores narraciones. ¿Trataba de escribir Paul Auster algo cercano a Philip Roth? Creo que algo así. Pero le queda lejos Philip Roth en esta novela. Las peripecias del antepasado de Ferguson me recordaron en algún momento esa novela semi picaresca de Saul Bellow que es Las aventuras de Augie March, pero no levantó el vuelo lo suficiente para que la comparación pudiera mantenerse.

Los mejores libros de Paul Auster pueden estar a la altura de los mejores entre sus contemporáneos americanos. Leviatán dialoga con DeLillo y algunas de sus historias, especialmente en La Trilogía de Nueva York, contienen elementos que le acercan a Thomas Pynchon, aunque (por suerte) sin su exuberancia lingüística ni de referencias. Hay algo de Philip Roth en su enfoque de ciertas relaciones familiares y de pareja, y el tono kafkiano de incomprensión de lo que sucede está ahí. Pero su obra, en conjunto, es mucho menos sólida que la de Roth o DeLillo. Dicho todo esto, si Richard Ford (que tiene buenas novelas, pero tampoco creo que haya revolucionado la historia de la literatura, y que tal vez, tenga una obra un poco por debajo de la de Auster, consideradas ambas en general, o al menos yendo a la comparación de sus mejores libros) mereció el Premio Princesa de Asturias de las Letras, de sobra lo mereció Auster. Lo mereció mucho más que otros premiados cuyos nombres no daremos. Pero si el patrón de calidad de ese premio lo fijáramos en Ismail Kadaré, Margaret Atwood o Philip Roth, otros premiados de la última década, no alcanza esa misma altura. No es un autor para el Nobel, digamos (aunque quién sabe qué significa eso hoy en día).

Me da pena no haber disfrutado de 4321. Y me da pena que sea la novela por la que algún lector pueda llegar a la obra de Auster. Si acaso alguien pensara en hacer caso de mis recomendaciones y me preguntara: ¿me recomiendas leer a Paul Auster? le contestaría claramente que sí. Y le mandaría a buscar El cuaderno rojo, o El palacio de la luna, o La trilogía de Nueva York, el que antes encontrara a su alcance, dejando algo al azar.

Seguiremos leyendo. Y quizá mejor releyendo.

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de marzo de 2018

Agosto, octubre, de Andrés Barba y Cuatro por cuatro, de Sara Mesa


Dos buenos escritores, dos muy buenos libros: Cuatro por cuatro, de Sara Mesa y Agosto, octubre, de Andrés Barba

Tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que el catálogo de Anagrama siempre ha sido más potente en su vertiente de literatura extranjera que española. Quizá por el mero hecho estadístico de que puede haber 20 escritores de verdadera primera división en cada momento en el mundo pero es muy improbable que se concentren 20 de esos escritores en un mismo país. En cualquier caso creo que tanto Sara Mesa como Andrés Barba pertenecen a la categoría de narradores de primera división, en general, y que si fueran franceses o ingleses y nos los trajeran traducidos recibirían muchas más loas de las que ya reciben (y ya las reciben, no creo que tengan queja).

No sé hasta qué edad un autor sigue siendo etiquetado como joven escritor o joven escritora. A veces parece un recurso que servirá hasta los cincuenta años. Si yo fuera un autor que ha ganado (por poner un ejemplo) el Premio Herralde de Novela y que antes de eso ya llevaba más de quince años publicando en Anagrama, me preocuparía por esa tendencia a hacer la referencia constantemente a la juventud. Sobre todo si ya he cumplido los cuarenta años. Pero no está en la mano del joven escritor decidir algo así. Es más bien un (otro) lugar común al que recurre la crítica y las agencias de comunicación para ahorrar neuronas. A Sara Mesa le pasa algo parecido, da igual lo buenas que sean sus novelas, la joven escritora madrileña afincada en Sevilla desde la infancia le persigue. No tengo nada en contra de los jóvenes escritores, sobre todo teniendo en cuenta que aún soy uno (según las bases de algunos certámenes de narrativa al menos), pero me da la sensación de que se hace un tanto de menos a aquel cuya obra se va a comentar si se empieza con el joven / la joven, como si todo lo que pudiera decirse ya fuera: para ser joven no está mal. Quizá influye el hecho de que la generación de los críticos de los principales periódicos y los escritores más asentados en España estén por encima de los sesenta y desde ahí les parecerán siempre autores jóvenes, porque por definición joven es todo aquel que lo es más que nosotros.

De Andrés Barba había leído hace muchos años el libro de nouvelles La recta intención, que me gustó mucho, y las novelas Versiones de Teresa y Las manos pequeñas, que gustándome menos me parecieron destacables, valiosas en su trabajo de orfebrería narrativa y condensación, diferentes a lo que habitualmente se publica en las grandes editoriales. Las manos pequeñas es un libro que ha crecido en mi recuerdo (y que debería releer) como uno de esos libros que retratan la infancia como una época no necesariamente feliz, a los niños como seres no necesariamente inocentes, y la vida, en general, no como un valle de rosas que se van marchitando con la llegada de la adultez. Aquella niña, Marina, y sus desventuras, eran quizá el contrapunto negro y ácido a una película que ha tenido mucho éxito en el último año, Verano 1993, y que particularmente a mí me ha dicho bastante menos que a otros. 

Con ese recuerdo de Las manos pequeñas creo que Agosto, octubre se conecta con esa narración. Aquí no hay una desgracia tan repentina y el protagonista, Tomás, es un adolescente, pero el libro también tiene algo de despertar. En este caso Tomás va de veraneo al mismo pueblo gallego de todos los años, pero lo hace desde el principio sabiendo que no será como los anteriores. ¿Por qué? Probablemente porque él no es como era. Todos hemos pasado por esos momentos, y todos hemos visto que intentar repetir ciertas rutinas o experiencias que fueron placenteras no hace sino convertirlas en una versión doméstica y personal de aquello que decía Karl Marx de que la historia se repite, y la segunda vez como farsa. Tomás está incómodo con su familia, mucho más incómodo de lo que lo había estado nunca, no quiere volver a ver a los chicos con los que se juntaba en los veranos anteriores, está a punto de ahogarse en uno de esos momentos tragicómicos de la adolescencia, en un a que no pasa nada si … y empieza a frecuentar un grupo de macarras del pueblo. A partes iguales le fascinan y repugnan. Le abren algunas puertas de la vida. Las de las chicas, esencialmente. Aunque Tomás nunca pasa del nivel de pardillo.

La última noche que pasa con ellos cruzan una puerta, la de la violación, y aunque estrictamente hablando él no participa, está allí, en el grupo, no trata de detener a nadie, los jalea, pide su turno. Después se ceñirá sobre él el silencio. Mientras él salía con aquellos chicos su tía, hermana de su padre, se estaba muriendo. A principios de verano estaba mala y antes de que volvieran a Madrid estaba muerta. No queda claro si por esa tendencia de los padres de los adolescentes a seguir tratándolos como niños y ocultarles lo que realmente está pasando o porque no sabían que la enfermedad era tan grave. Agosto, la primera parte (y que ocupa más de tres cuartas partes), narra ese verano, y es quizá la más valiosa de la novela. Podría de hecho haber sido una novela ella sola, sin más, y tal vez sería una novela más perturbadora. Octubre es la vuelta a Madrid, que todo lo confunde y olvida, al instituto, al silencio, a los pequeños cambios que se han producido en él y en su familia, especialmente en su padre. Se trata de un libro corto, como un café concentrado y bien aromático, intenso.

De escritura concentrada y aromática podría dar clases Sara Mesa. Con su estilo limpio y en principio claro, dibuja unas telarañas poéticas que la convierten en una de las escritoras que más sigo y de las que siempre espero lo mejor dentro del panorama narrativo actual. Así como de Andrés Barba he leído libros como de modo casual, un total de ellos que no es parte sustancial de su producción publicada, de Sara Mesa he leído sus obras completas, salvo Un incendio invisible. Descubrí a Sara Mesa en la entrevista que le hicieron en el blog El síndrome Chéjov (y que parece desaparecida del histórico de los buscadores) hace muchos años y rebusqué en los fondos de todas las bibliotecas de la Comunidad de Madrid (ya que en librerías no existía, no constaba, era un libro fantasma) hasta poder leer No es fácil ser verde. No sé cuántas personas lo habremos leído en España, pero es una maravilla. Me pareció un libro lleno de extravagante imaginación, de fantasía y una escritura que ya entonces me enamoró. Tuve la ocasión de comentárselo a la autora en la Feria del Libro 2016, a donde acudí a que me firmara Mala letra. No sé, por cierto, por qué no he escrito nada sobre ese otro libro de cuentos, un libro que en una primera lectura es menos impactante que No es fácil ser verde pero en el que luego reencontré rasgos de aquella primera escritora mezclados con los aires melancólicos y pausados de otra escritora más segura y madura en la que reconocía ecos de Carson McCullers especialmente, tan proclive a recrear las vidas de seres extraños y apartados.


Dejando al margen mi trayectoria lectora con Sara Mesa, que espero que no haya sonado a un: “Yo la leía antes de que fuera mainstream”, fue con la novela Cuatro por cuatro con la que Sara Mesa se hizo precisamente una autora del mainstream, con la que quedó finalista del Premio Herralde y pasó de editoriales pequeñas a Anagrama. Creo que es muy valorable que en los últimos años autores con poca obra previa, o con poca obra previa con visibilidad, como Miguel Ángel Hernández, Sara Mesa o Esther García Llovet hayan llegado a publicar con la editorial a través del Premio, sin haberlo ganado.

Cuatro por cuatro es un libro de lectura absorbente y digestión difícil. Nos situamos en el interior de un colegio – internado de lujo, o que así se presenta. Aunque, como toda institución carísima, trata de presentarse ante el exterior como de élite más que de lujo. Como si los alumnos llegaran allí por su talento y no por el dinero de sus padres. Aunque hay una excepción, los becados, hijos de trabajadores del centro. Estos conviven allí con los alumnos de pago, conformando dos grupos separados por la frontera más importante que queda hoy en día, la del origen de cada uno y el dinero. El entorno del Wybrany College (no sé si Sara Mesa es profesora cuando no escribe, y si lo es no sé si ha trabajado en esta clase de centros, pero el nombre es perfecto, dada la querencia por todo lo que suene anglosajón y sofisticado de quienes los dirigen) es cerrado y asfixiante. En teoría no debe ser así, solo debe ser ordenado, pero de la construcción de una sociedad fuera de la sociedad, cerrada y con niveles de separación infranqueables no puede salir nada más que esa falta de aire.

La escritura es fragmentaria y elíptica. Hay frases cortas y separación de ideas. Eso transmite a veces la sensación de la espontaneidad y a veces deja en el aire reflexiones que el lector mastica. La primera parte de la novela está escrita por una alumna insatisfecha de ese colegio, que va sembrando dudas sobre su funcionamiento real, sobre el comportamiento de algunos de sus profesores y especialmente del Guía, un orientador y factótum que levanta nuestras sospechas en esta primera parte, algo que no hará más que confirmarse a lo largo del libro. Celia, que así se llama la niña, se muestra como una retratista de momentos inconformista, protestona, y a la vez sensible. Como todo testimonio en la novela, nos genera la duda de lo fiable que será. Pero el cruce de la versión de la alumna con los demás testimonios irá dibujando un retrato coherente, que se refuerza y nos asusta sin llegar a ser del todo completo.

La segunda parte de la novela la escribe Isidro Bedragare, un sustituto que llega a ese colegio como tantos jornaleros de la educación que van enlanzando sustituciones en colegios públicos, concertados o privados, lo que se puede en cada momento. Viene a sustituir a García Medrano, un profesor desaparecido (y de nombre creo que inequívocamente bolañesco). Registrará en su diario entradas sobre el profesorado, la dirección, el Guía, los alumnos de pago y los becados, el funcionamiento y el clima interno, y sobre los rumores sobre el propio García Medrano, que funciona como macguffin de la novela. Este profesor sustituto va dibujando un arco de sentimientos desde la primera fascinación hasta casi el asco, y es en ese pre – asco en el que llegamos a la tercera parte, donde a modo de epílogo se nos presentan los papeles de García Medrano, se confirman algunos de nuestros temores y aún se dejan cabos sueltos, según ha decidido la autora. A mí personalmente me parece que la narración queda suficientemente completa y que precisamente con el modo de escribir y presentarnos la historia no hubiera sido coherente un cierre total con explicación de todos los detalles. Aunque sí se explica, la elección del título, que hasta aquí puede resultar algo enigmática.

La escritura es de primera y es probablemente el mejor libro para llegar a la literatura de Sara Mesa, aunque quizá mis preferencias sigan estando en su faceta de cuentista, y prometo que no pasará demasiado hasta que aborde una relectura comentada de Mala letra.

Entre tanto, celebremos a estos dos autores con mundos propios encerrados entre la infancia y la adultez, con una mirada en ocasiones cruel y una prosa depurada e intensa, para nada exhibicionista pero que da la sensación de ser en cada página la que la historia va necesitando.

Recomendados quedan como lecturas para estos días de vacaciones. Los dos están además disponibles en edición de bolsillo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E