viernes, 20 de abril de 2018

Algunas ideas para el Día del Libro


Algunas ideas para el Día del Libro 2018:

Es el tercer año que escribo una entrada de este tipo en vísperas del Día del Libro. Va camino de convertirse en algo tan clásico como la revisión de final de año de las mejores lecturas. Espero la llegada del Día (y la Noche) del Libro con expectación, deseando acudir a algún actor interesante y también por aprovechar los descuentos de esos días. Esta lista de libros es a veces como una carta a los Reyes Magos que me dirijo a mí mismo para tratar de organizar mi pulsión de comprador de libros, y otros los pongo a modo de recomendaciones para quienes buscan libros que regalar o regalarse.

GB84, de David Peace (Editorial Hoja de Lata): Siempre hablo con admiración y maravilla del Cuarteto de Red Riding (1974, 1977, 1980 y 1983), una saga brillante y oscura de novela negra (negrísima), del escritor inglés David Peace. La Trilogía de Tokio, su siguiente serie, empezó a publicarse en España pero creo que no funcionaría demasiado bien porque no ha salido el tercer volumen. Una editorial que hasta ahora desconocía, Hoja de Lata, se ha atrevido en 2018 con su novela GB84, ambientada en las duras huelgas mineras de 1984 en Reino Unido. Bajo el mandato de Margaret Thatcher y ante el desmantelamiento del Estado del bienestar, quizá en los primeros ataques graves que se dieron contra ese consenso europeo, y con un ritmo de thriller apocalíptico, la novela nos lleva a aquellos años de problemas, paro, atentados e incertidumbre.

Pedigrí, de Georges Simenon (Acantilado): Es el tercer año que lo nombro aquí. No sé si merece la pena convertirlo en una broma recurrente y seguir hablando de él cada Día del Libro futuro y seguir sin leerlo. Creo que será definitivamente el año de traerlo a casa y leerlo, antes de que el mercado editorial lo saque de los estantes de las librerías. Aunque pienso que en los libros de Simenon, siempre eficiente, siempre correcto, siempre entretenido y una buena compañía, hay más de su persona de lo que a priori uno piensa en un novelista de género con marcas y tics señalados, esta es realmente la novela en la que más se acerca a su material biográfico. Uno de mis libros preferidos entre los suyos son las Memorias de Maigret, en las que usa la forma de la biografía para retratar a un personaje de ficción. Aquí lleva a la ficción sus experiencias personales, de niño y adolescente belga, en una familia muy parecida a la suya. Una oportunidad de leer a un buen escritor, asociado a ciertos temas y ambientes, construyendo a su manera una novela de aprendizaje, uno de los ejercicios literarios clásicos.

Historia argentina, de Rodrigo Fresán (Mondadori): Uno de mis escritores preferidos es sin duda Rodrigo Fresán. Hace años que leí Historia argentina, su primera obra, una colección de cuentos en la que se burlaba (desde el cariño, supongo) de todos los tótems de su patria (aún recuerdo la risa que me dio cuando un narrador, un joven inconoclasta aficionado al pop, un trasunto del propio Fresán sale corriendo a la calle y choca con (nada menos) Borges, con la carga de simbolismo que eso tiene, y un transeúnte se lo reprochaba diciendo: ¡pibe, acabas de arrollar a una gloria nacional!) A Fresán le gusta Borges y es fácil de rastrear su influencia, así que no hay polémica en ello, pero creo que vale como imagen de un libro (una imagen que él asegura que es cierta por todas las entrevistas) que funciona como una apisonadora del buen humor y el amor por la literatura, la primera entrega del universo narrativo de Fresán, que siempre va y viene de unos pocos caminos hacia otros pocos lugares, y que tenía quizá aquí ya muchas más claves de las que se podían imaginar, tal vez sea un libro semillero que merezca la pena volver a leer, después de haber pasado por casi todos sus libros (aprovecho para pedir una edición en bolsillo de Mantra), aprovechando que acaba de reeditarse después de bastante tiempo desaparecido.

Cuentos escogidos, de Shirley Jackson (Minúscula): Shirley Jackson fue una escritora de cierta popularidad en su época, especialmente a partir de la publicación del relato La lotería. Stephen King la nombra entre sus maestras (hay que reconocer que Stephen King no es cicatero reconociendo influencias y a veces casi se pasa a la hora de nombrar maestros y maestras) y Minúscula ha reeditado algunos de sus libros en los últimos años. Esta edición de sus Cuentos escogidos es de 2015 y espero que sea una buena puerta de entrada a su obra. Me gustan los autores con un mundo propio, los cuentos, los buenos cuentos, los cuentos de terror, especialmente los que dan miedo desde la cercanía a la realidad, y parece que es la especialidad de la autora, sembrar el temor en los lectores desdibujando la América profunda. Parece que este libro puede tener todo eso. Tampoco debe ser una mala idea el recién salido Deja que te cuente, con relatos inéditos, estudios y ensayos, aunque con esa composición creo que es más para lectores que ya hayan leído a la autora.

Cronometrados: Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo, de Simon Garfield (Taurus): Un ensayo ameno, en la línea del ensayo anglosajón, pensado para enseñar a la vez que se entretiene (o viceversa). Simon Garfield, periodista y ensayista, parece ir moviéndose por temas variados y entregando cada 2 o 3 años (a veces menos) un libro en el que recoge artículos previamente editados sobre el tema elegido en cada caso, usándolos como esqueleto de un libro que estructura, al que da homogeneidad y cuerpo. Después de interesarse por los mapas, los colorantes químicos o la tipografía en libros anteriores, el tiempo es el tema central de Cronometrados. No el tiempo como magnitud física sino como cuestión social, ya que Cronometrados sigue la evolución histórica de los aparatos usados para medirlo y sobre todo su importancia en la sociedad a través de las convenciones. Conceptos como la puntualidad o incluso la misma idea de una hora única y trasladable de una zona a otra de un país (y no digamos a través de un continente o el mundo) son relativamente recientes.


Diarios, de Franz Kafka (DeBolsillo): Creo que puedo explicar poco sobre este libro. La obra de Kafka está tan analizada al detalle y se han buscado tantas claves más o menos ocultas en sus libros de ficción que estuvieran más o menos relacionadas con su vida, que creo que lo único que puede completar un poco mi visión de Kafka como autor y personaje son sus propios diarios. Kafka siempre se escondía tras y entre la escritura. En ese sentido esta nueva portada me parece un acierto. Kafka era sus escritos y lo que Kafka pretendía era que nadie accediera a su literatura, que Max Brod la quemara y solo hubiera silencio tras su muerte. Y sin embargo pensemos en cómo ha cambiado, en cuántos aspectos, el siglo XX y XXI. Podemos leer al final, en contra de sus deseos, incluso sus Diarios. Hace años que acabé de leer su obra de ficción y decidí dejarme sus diarios para mucho después, cuando quisiera terminar con todo. Quizá sea este el año, sabiendo que una vez que me meta en ellos no habrá más, nada más, esperando.

Conversaciones con Mario Levrero, de Pablo Silva (Ediciones Contrabando): Soy un entusiasta de Levrero, incluso cuando sé perfectamente que algunos libros entre los suyos no me gustan. Este estudio recoge lo que el autor, Pablo Silva, alumno de los talleres virtuales de Levrero (de los que algo sabemos los lectores de La novela luminosa) aprendió durante los años de relación maestro – alumno que les unieron. Hay autores de los que es muy difícil que otro escritor pueda aprender, y siempre me ha costado imaginarme a Levrero como profesor, entendiendo por profesor a alguien que sabe más que quienes le escuchan y pretende enseñarles. No estaría cómodo en ese papel, seguro, y él siempre decía que tenía alumnos con talento que escribían mejor que él. Pero, y había un pero, la cuestión de la escritura no está solo (a veces ni siquiera es lo principal) en escribir bien, sino en jugarse la vida, ponerla en ello, como él sí hizo desde que empezó a escribir cuentos y sus novelas kafkianas a finales de los años sesenta. Debe ser fascinante entrar en el mundo íntimo de un autor que escribió algunas de sus mejores páginas dedicándose precisamente a transformar esa intimidad, pequeña, en literatura grande. Este libro acaba de aparecer en una pequeña editorial valenciana, y creo que merecerá la pena. No tienen nada que ver como autores, ni en su ambición y manera de situarse como escritores ante el mundo, pero si alguien no lo ha leído aún (y tiene interés en él) es una buena idea hacerse con Conversaciones con David Foster Wallace, de Stephen J. Burn (Pálido Fuego).

Fun home: una familia tragicómica, de Alison Bechdel (Reservoir Books): ¿Qué familia no es tragicómica? Siempre digo que no leo demasiada novela gráfica, y es verdad, y también digo a veces (y me caen palos) que me parece que en la novela gráfica hay una burbuja, como la hay en el café de calidad, en las series de televisión y en tantas otras cosas que los medios y las redes sociales nos venden. Quiero decir, hay buenas novelas gráficas cada año, y buenas series de tv, hay bares con buen café en Madrid, hay de todo eso, pero desde luego no hay 8, 9 o 10 obras maestras mensuales en tv (y es una llamada que se repite cada mes: las obras maestras de este mes, lo que debes ver este mes, lo que no te puedes perder, etc). Dejo un poco al margen mis manías. Hay buenas novelas gráficas y esta sin duda es una. Es una excelente novela, más allá del medio. El tratamiento gráfico es sobrio y rico, sin caer en el feísmo ni en la simplicidad, que son dos de los defectos que más encuentro cuando leo novela gráfica y me hacen dejar algunas de ellas. La escritura es ligera y nos enseña qué fue criarse en una casa, a priori una casa como otra cualquiera, e ir descubriendo quién es una misma, y a la vez el poder que tiene la actividad creativa, el dibujo en el caso de Alison Bechdel. Uno de los apuntes más interesantes me parece que el cultivo de su talento para el dibujo, como el cultivo que todos los miembros de su familia hacen de sus respectivos talentos artísticos, no les une precisamente, sino que los aísla y encierra más en sí mismos. Como si se tratara de un cómic de Spiderman y descubriéramos que un talento (mayor o menor, mejor o peor, pero talento) conlleva una gran responsabilidad. Va descubriendo también, con el tiempo, su lesbianismo, y algunas secretos de familia, pero ¿qué familia no está llena de secretos? Sean los de esta u otros. En esta familia pesa el silencio, la incomunicación, y las ansias frustradas de haber hecho algo artístico. Parece que la hija sí está suficientemente decidida a ser artista. El personaje del padre está perfectamente delineado, sin dejar nunca de ser una incógnita, y el tono general del libro es, como bien dice su subtítulo, tragicómico, al modo de American Beauty, La Tormenta de hielo o la serie de televisión A dos metros bajo tierra (con la que comparte un negocio familiar peculiar, el funerario). Un cómic que se acerca a la autoficción y resulta divertido, ácido y apetece releerlo con frecuencia.

Cuentos completos, de Nikolai Gógol (Nevski): Fue una de mis lecturas preferidas de 2017 y creo que a cualquier lector exigente le gustarán. Sus relatos son a la vez una sorpresa y un encuentro con las bases de algunos autores fundamentales del canon (hay un poso de Gógol, cuando se leen sus cuentos en Kafka, en Dostoievski, en Chéjov, y por herencia en casi cualquier escritor actual, que habrá pasado por la influencia de cualquiera de ellos). Al menos Avenida Nevski, La nariz, El retrato El capote son relatos que pueden considerarse de la primerísima división de la historia de la literatura universal.


El atlas La familia real, de William T. Vollmann (Pálido Fuego): Leí bastante el año pasado a Vollmann, y me fascinó. Sus libros son caros, por la dificultad de sus traducciones y la ambiciosa longitud de sus obras, también porque en España los trae una editorial pequeña a la que se agradece su apuesta y su trabajo. Por ese precio elevado es una buena oportunidad aprovechar los descuentos de estos días. Tengo que acabar de decidirme si una novela (La familia real) o una colección de relatos (El atlas).



Aparte de esas ideas que he anotado motu proprio, se me han cruzado las preguntas de amigos y conocidos sobre lecturas recomendadas para ellos o para sus parejas o alguien querido a quien querían regalarle un libro aprovechando que es abril. Sin más explicaciones, esos libros que les he recomendado me sirven como ideas alternativas para quienes busquen buenas lecturas:

Trilogía Las chicas de campo (Las chicas de campo, La chica de ojos verdes, Chicas felizmente casadas), de Edna O´Brien (DeBolsillo)

Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett (Blackie Books)

Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem (Alianza)

Solenoide, de Mircea Cartarescu (Impedimenta)

El último de la estirpe y Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy (Tusquets)

Calvin y Hobbes para principiantes, de Bill Watterson (Ediciones B)

Felices lecturas, esta semana y todas las del año.

Sr. E

jueves, 12 de abril de 2018

Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy


Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy (Tusquets)

Calculé mal mis lecturas para las vacaciones de Semana Santa (siempre pienso que con viaje en tren de por medio y más horas al aire libre me va a apetecer novela negra y quizá algo de terror y no siempre es así, y cuando la narrativa de género falla, falla de verdad) y acabé en una librería de El Corte Inglés, la tarde de jueves santo, buscando poner remedio a ese problema. Acabé con un libro de Murakami (El elefante desaparece, del que ya hablaremos) y dos ediciones de bolsillo de Fleur Jaeggy: Los hermosos años del castigo y El último de la estirpe.

No había leído nunca a Fleur Jaeggy pero en mi memoria estaba almacenado el nombre, citado hace muchos años en algún artículo (puede que más de uno) de Enrique Vila – Matas. De Vila – Matas se pueden criticar muchas cosas, pero no se puede dudar de que es un lector constante, siempre atento a encontrar nuevas voces y ejerce de tenaz recomendador de libros. Como puede pasar a veces con Rodrigo Fresán, se diría que todo le gusta, pero creo que es porque sólo hablan (con entusiasmo) de aquello que realmente les ha gustado. En ese mismo cajón de mi memoria en el que estaba el nombre de Fleur Jaeggy, constaba como una autora minimalista.

Me sorprendió encontrar dos libros de la autora en edición de bolsillo. Casi no tienen sus libros en las bibliotecas por las que suelo transitar, y no se puede decir que me tope con multitudes leyendo sus obras en el metro o el autobús (un tema a tratar es el de cómo se ha reducido, a simple ojo, el número de personas que leen en el transporte público desde hace diez años a hoy; los móviles inteligentes han vaciado de lectores los vagones). Me alegro, no obstante, de que autoras de decidida apuesta literaria acaben circulando en bolsillo. El caso es que cogí los dos libros de la autora que había, creo que pensando en que quizá no volviera a verlos y mejor aprovechar y estrenarme con ella.

Antes de apagar la luz por la noche ese mismo día ya había dado cuenta de Los hermosos años del castigo, que es el libro en el que me centraré hoy. Esa contradicción en el mismo título entre la hermosura y el castigo es la definición perfecta de la bella crueldad de la escritura que encontré en esa breve novela que juega a la memoria y dibuja un internado de clase alta, con sus normas arbitrarias y sus pequeñas tiranías, sus jerarquías, los caprichos de las de dentro, el respeto (y más el temor) debido a quienes ostentan el poder, sentirse abandonada por la vida y tener sin embargo que cumplir con sus caprichos (la narradora, el trasunto de la Fleur Jaeggy adolescente, tiene un padre con quien pasa las vacaciones y para el que parece no haber salvación, una especie de héroe trágico, un personaje catatónico que vive en hoteles salidos de una historia corta de Scott Fitzgerald, y una madre que desde Brasil, desde una vida nueva sin su hija, decide que su compañera de cuarto tiene que ser alemana, que le convienen unas actividades y no otras, etc.).

Las novedades, por escasas, se parecen mucho a la llegada de un meteorito, y la llegada de Fredérique, una muchacha altiva, bella, en apariencia frágil pero en realidad mucho más segura que las que ya estaban allí, aunque como en todo el libro hay muchos peros que hacer, una montaña de peros tan alta como las montañas heladas por las que la narradora sale a pasear cada mañana a las cinco, antes de que toque despertarse para ir a clase, y luego se pasa las mañanas en el aula adormilada, y no se sabe si disfruta más de la sensación de aire y libertad y frío en la piel de las cinco de la mañana o de la somnolencia provocada por sus decisiones a media mañana. Fredérique se convertirá en su mejor amiga durante un tiempo, para sorpresa de todas en la institución, incluso de la narradora, que se mueve entre la sorpresa y la falta de recursos emocionales con los que gestionar una relación que se mueve entre el amor y la admiración y nunca llega a verse del todo clara.

Nada se ve del todo claro. Solo que el futuro de esas alumnas parece estar predestinado por otros y que algunas niñas se resisten a lo que han decidido para ellas. Y desde esa resistencia no saben muy bien cómo manejar la vida. El baile de sensaciones y emociones baila perfectamente con la prosa, sugerente, que no cuenta todo, que oscila como en manos de un experimentado pianista que recorre escalas de jazz. No es casual, en ese sentido, que Fréderique sea la mejor pianista que nunca han visto entre esas paredes. Y supongo que no es extraño tampoco el aire de familiaridad con la prosa de Thomas Bernhard, esa que siempre me ha parecido que transmite mucho y que a la vez me ha impedido terminar ninguno de sus libros. Algo que no sucede con Jaeggy, que me encandiló durante todo el libro y me hizo desear abrir el siguiente (pero esa será otra historia). Las montañas heladas acrecentan la sensación de irrealidad, y como en el propio libro se cuenta, cerca de ese internado para señoritas hay un manicomio en el que estuvo internado Robert Walser.

Cuando la vida irreal del internado acaba, y la sensación dominante es la de que les han robado diez años de su vida, un período que nunca será del todo suyo ni del todo recuperable, la narradora sale a la vida y sigue caminando y encuentra en las salas oscuras de cine un refugio contra el exceso de charlatanería y luz de la vida. En una de sus excursiones al cine es cuando se reencuentra con Fredérique, y conoce al fin a su madre, porque uno de los grandes pasatiempos de la vida en el internado es escuchar las historias de familia de las demás e imaginar cómo son en realidad esas familias, y compararlas, claro, con la propia. Y la madre de Fredérique le dice que su hija intentó quemar la casa con ella dentro. Y no lo dice con intención de escandalizar a nadie, ni de culpar a su hija, sino simplemente como algo que sucedió. Y se trata de un momento que dibuja la cumbre de la novela, ese en el que falta el aire del todo.

Cerrada (a su manera) la historia, con Fredérique interna en un centro que bien podría ser una continuación del internado suizo, la narradora vuelve allí, muchos años después, y pregunta por aquel colegio, en medio de las solitarias y heladas montañas de ese país siempre neutral, siempre ajeno, y la respuesta que obtiene es que nunca hubo un colegio, la memoria de lo que ella vivió se ha perdido incluso en el pueblo, por lo que parece. Manicomios es lo que tienen allí, le aclaran. Porque la frontera entre lo restrictivo, entre la imposición de la corrección y la locura es fina, mucho, y ese parece una de las claves de la novela. La principal, probablemente. La más terrible de todas.

Seguiremos leyendo. A otros pero ahora también a Jaeggy.

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 4 de abril de 2018

4 3 2 1, de Paul Auster


4 3 2 1, de Paul Auster (Seix Barral)

Advertencia inicial: Esta no es, realmente, una reseña del libro. Es más bien un breve escrito de desencanto, conectado con una trayectoria vital de lector de Auster.
Hacía años que no leía un libro nuevo de Paul Auster. Lo mío con él fue verdadero amor y supongo que habría que decir que se nos rompió el amor de tanto usarlo. Siempre he considerado que Auster, junto con Roberto Bolaño, es un escritor esencial en que yo me pusiera un buen día a escribir. No sé cómo llegó a mi mente que La trilogía de Nueva York era un libro que yo debía leer. Luego la realidad confirmó que realmente debía leerlo, pero no lo tenían en la biblioteca pública en la que yo lo buscaba, y cuando aún estudiaba Bachillerato leí el único de sus libros que tenían: El cuaderno rojo. Lo leí varias veces, hasta que en algún momento me compré El palacio de la luna (uno de los libros que más he regalado, y siempre ha gustado a las personas a las que pensé que gustaría) y finalmente sí La trilogía de Nueva York. He releído muchas veces esos tres (tres o cinco, según edición de la Trilogía que manejamos) libros y también he disfrutado con La música del azar, Leviatán, El país de las últimas cosas y El libro de las ilusiones. Fue quizá con esta novela, de 2002, con la que empecé a sospechar como lector que Auster había decidido escribir por y para siempre libros de Paul Auster, igual que Murakami decidió en algún momento escribir libros de Murakami. ¿Y bien? Está en su derecho. Me interesan los autores que siempre escriben “el mismo libro”, quizá más que los que no lo hacen, pero noté de alguna manera que siendo una buena novela había perdido la fuerza que sí está bajo La trilogía de Nueva York y El palacio de la luna. Me parecía que la necesidad de escribir, de la que tan acertadamente había hablado algunas veces Paul Auster, con aquella metáfora de su amigo el que se inyectaba heroína y seguía haciéndolo no porque le sentara bien sino porque le hacía sentir menos molesto con la existencia, había sido sustituida por la necesidad de ser leído, y asegurando unos ciertos elementos (irrupción del azar, trayectoria de caída al abismo y posterior resurgimiento, sueños románticos relacionados de una u otra manera con el arte, incapacidad para comprender y ser comprendido por el mundo exterior, una mujer redentora, los buenos samaritanos desinteresados que aparecen en momentos señalados, etc.) construía la historia a sabiendas de estar escribiendo algo de la marca Auster. Insistí todavía con La noche del oráculo, Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium y cerré la carpeta de Paul Auster, releyendo de cuando en cuando, eso sí, sus libros más queridos, especialmente la Trilogía. Un insistente comercial del Círculo de Lectores me convenció para hacerme socio durante algunos meses hace unos años y en uno de los pedidos me llegó Diario de invierno. Me gustó. Saboreé su honestidad, pero no era un esfuerzo ficcional y como memorias de un hombre que se hacía mayor tampoco me parecieron sobresalientes.

Y llegó el otoño pasado y 4321. Apareció, como todos sus libros, con una gran campaña en los medios españoles. Leí críticas, reseñas, reportajes, oí comentarios en radio y televisión, valoré el libro en librerías, y al final llegó a la biblioteca el mes pasado. Lo cogí con temor e ilusión. ¿Por qué mi optimismo? En primer lugar la premisa del libro me parecía interesante (las vidas posibles de una misma persona) y luego la novela me parecía ambiciosa. Por su propio peso. Casi 1.000 páginas. Si Auster quería asegurarse uno de sus moderados éxitos continuistas no tenía más que escribir su clásico libro de entre 300 y 400. Él mismo parecía sorprendido, en las entrevistas, de la ambición literaria del libro. Quizá había decidido salir a la caza de la ballena blanca de La Gran Novela Americana, él también. Y probablemente lo pretendía, aunque no lo haya confesado explícitamente.

Empezaré diciendo que no he terminado de leer 4321. Leí hasta la página 350 (aproximadamente) y lo hice en muchos momentos arrastrándome con pies pesados por su trama. No encontré en ningún momento al narrador ágil y atractivo que al menos siempre ha sido Paul Auster. La prosa estaba más hinchada y cargada que en sus libros habituales, y la historia derivaba hacia un costumbrismo que tampoco es lo usual en sus mejores narraciones. ¿Trataba de escribir Paul Auster algo cercano a Philip Roth? Creo que algo así. Pero le queda lejos Philip Roth en esta novela. Las peripecias del antepasado de Ferguson me recordaron en algún momento esa novela semi picaresca de Saul Bellow que es Las aventuras de Augie March, pero no levantó el vuelo lo suficiente para que la comparación pudiera mantenerse.

Los mejores libros de Paul Auster pueden estar a la altura de los mejores entre sus contemporáneos americanos. Leviatán dialoga con DeLillo y algunas de sus historias, especialmente en La Trilogía de Nueva York, contienen elementos que le acercan a Thomas Pynchon, aunque (por suerte) sin su exuberancia lingüística ni de referencias. Hay algo de Philip Roth en su enfoque de ciertas relaciones familiares y de pareja, y el tono kafkiano de incomprensión de lo que sucede está ahí. Pero su obra, en conjunto, es mucho menos sólida que la de Roth o DeLillo. Dicho todo esto, si Richard Ford (que tiene buenas novelas, pero tampoco creo que haya revolucionado la historia de la literatura, y que tal vez, tenga una obra un poco por debajo de la de Auster, consideradas ambas en general, o al menos yendo a la comparación de sus mejores libros) mereció el Premio Princesa de Asturias de las Letras, de sobra lo mereció Auster. Lo mereció mucho más que otros premiados cuyos nombres no daremos. Pero si el patrón de calidad de ese premio lo fijáramos en Ismail Kadaré, Margaret Atwood o Philip Roth, otros premiados de la última década, no alcanza esa misma altura. No es un autor para el Nobel, digamos (aunque quién sabe qué significa eso hoy en día).

Me da pena no haber disfrutado de 4321. Y me da pena que sea la novela por la que algún lector pueda llegar a la obra de Auster. Si acaso alguien pensara en hacer caso de mis recomendaciones y me preguntara: ¿me recomiendas leer a Paul Auster? le contestaría claramente que sí. Y le mandaría a buscar El cuaderno rojo, o El palacio de la luna, o La trilogía de Nueva York, el que antes encontrara a su alcance, dejando algo al azar.

Seguiremos leyendo. Y quizá mejor releyendo.

Felices lecturas

Sr. E

martes, 27 de marzo de 2018

Agosto, octubre, de Andrés Barba y Cuatro por cuatro, de Sara Mesa


Dos buenos escritores, dos muy buenos libros: Cuatro por cuatro, de Sara Mesa y Agosto, octubre, de Andrés Barba

Tengo la sensación, y sé que no soy el único, de que el catálogo de Anagrama siempre ha sido más potente en su vertiente de literatura extranjera que española. Quizá por el mero hecho estadístico de que puede haber 20 escritores de verdadera primera división en cada momento en el mundo pero es muy improbable que se concentren 20 de esos escritores en un mismo país. En cualquier caso creo que tanto Sara Mesa como Andrés Barba pertenecen a la categoría de narradores de primera división, en general, y que si fueran franceses o ingleses y nos los trajeran traducidos recibirían muchas más loas de las que ya reciben (y ya las reciben, no creo que tengan queja).

No sé hasta qué edad un autor sigue siendo etiquetado como joven escritor o joven escritora. A veces parece un recurso que servirá hasta los cincuenta años. Si yo fuera un autor que ha ganado (por poner un ejemplo) el Premio Herralde de Novela y que antes de eso ya llevaba más de quince años publicando en Anagrama, me preocuparía por esa tendencia a hacer la referencia constantemente a la juventud. Sobre todo si ya he cumplido los cuarenta años. Pero no está en la mano del joven escritor decidir algo así. Es más bien un (otro) lugar común al que recurre la crítica y las agencias de comunicación para ahorrar neuronas. A Sara Mesa le pasa algo parecido, da igual lo buenas que sean sus novelas, la joven escritora madrileña afincada en Sevilla desde la infancia le persigue. No tengo nada en contra de los jóvenes escritores, sobre todo teniendo en cuenta que aún soy uno (según las bases de algunos certámenes de narrativa al menos), pero me da la sensación de que se hace un tanto de menos a aquel cuya obra se va a comentar si se empieza con el joven / la joven, como si todo lo que pudiera decirse ya fuera: para ser joven no está mal. Quizá influye el hecho de que la generación de los críticos de los principales periódicos y los escritores más asentados en España estén por encima de los sesenta y desde ahí les parecerán siempre autores jóvenes, porque por definición joven es todo aquel que lo es más que nosotros.

De Andrés Barba había leído hace muchos años el libro de nouvelles La recta intención, que me gustó mucho, y las novelas Versiones de Teresa y Las manos pequeñas, que gustándome menos me parecieron destacables, valiosas en su trabajo de orfebrería narrativa y condensación, diferentes a lo que habitualmente se publica en las grandes editoriales. Las manos pequeñas es un libro que ha crecido en mi recuerdo (y que debería releer) como uno de esos libros que retratan la infancia como una época no necesariamente feliz, a los niños como seres no necesariamente inocentes, y la vida, en general, no como un valle de rosas que se van marchitando con la llegada de la adultez. Aquella niña, Marina, y sus desventuras, eran quizá el contrapunto negro y ácido a una película que ha tenido mucho éxito en el último año, Verano 1993, y que particularmente a mí me ha dicho bastante menos que a otros. 

Con ese recuerdo de Las manos pequeñas creo que Agosto, octubre se conecta con esa narración. Aquí no hay una desgracia tan repentina y el protagonista, Tomás, es un adolescente, pero el libro también tiene algo de despertar. En este caso Tomás va de veraneo al mismo pueblo gallego de todos los años, pero lo hace desde el principio sabiendo que no será como los anteriores. ¿Por qué? Probablemente porque él no es como era. Todos hemos pasado por esos momentos, y todos hemos visto que intentar repetir ciertas rutinas o experiencias que fueron placenteras no hace sino convertirlas en una versión doméstica y personal de aquello que decía Karl Marx de que la historia se repite, y la segunda vez como farsa. Tomás está incómodo con su familia, mucho más incómodo de lo que lo había estado nunca, no quiere volver a ver a los chicos con los que se juntaba en los veranos anteriores, está a punto de ahogarse en uno de esos momentos tragicómicos de la adolescencia, en un a que no pasa nada si … y empieza a frecuentar un grupo de macarras del pueblo. A partes iguales le fascinan y repugnan. Le abren algunas puertas de la vida. Las de las chicas, esencialmente. Aunque Tomás nunca pasa del nivel de pardillo.

La última noche que pasa con ellos cruzan una puerta, la de la violación, y aunque estrictamente hablando él no participa, está allí, en el grupo, no trata de detener a nadie, los jalea, pide su turno. Después se ceñirá sobre él el silencio. Mientras él salía con aquellos chicos su tía, hermana de su padre, se estaba muriendo. A principios de verano estaba mala y antes de que volvieran a Madrid estaba muerta. No queda claro si por esa tendencia de los padres de los adolescentes a seguir tratándolos como niños y ocultarles lo que realmente está pasando o porque no sabían que la enfermedad era tan grave. Agosto, la primera parte (y que ocupa más de tres cuartas partes), narra ese verano, y es quizá la más valiosa de la novela. Podría de hecho haber sido una novela ella sola, sin más, y tal vez sería una novela más perturbadora. Octubre es la vuelta a Madrid, que todo lo confunde y olvida, al instituto, al silencio, a los pequeños cambios que se han producido en él y en su familia, especialmente en su padre. Se trata de un libro corto, como un café concentrado y bien aromático, intenso.

De escritura concentrada y aromática podría dar clases Sara Mesa. Con su estilo limpio y en principio claro, dibuja unas telarañas poéticas que la convierten en una de las escritoras que más sigo y de las que siempre espero lo mejor dentro del panorama narrativo actual. Así como de Andrés Barba he leído libros como de modo casual, un total de ellos que no es parte sustancial de su producción publicada, de Sara Mesa he leído sus obras completas, salvo Un incendio invisible. Descubrí a Sara Mesa en la entrevista que le hicieron en el blog El síndrome Chéjov (y que parece desaparecida del histórico de los buscadores) hace muchos años y rebusqué en los fondos de todas las bibliotecas de la Comunidad de Madrid (ya que en librerías no existía, no constaba, era un libro fantasma) hasta poder leer No es fácil ser verde. No sé cuántas personas lo habremos leído en España, pero es una maravilla. Me pareció un libro lleno de extravagante imaginación, de fantasía y una escritura que ya entonces me enamoró. Tuve la ocasión de comentárselo a la autora en la Feria del Libro 2016, a donde acudí a que me firmara Mala letra. No sé, por cierto, por qué no he escrito nada sobre ese otro libro de cuentos, un libro que en una primera lectura es menos impactante que No es fácil ser verde pero en el que luego reencontré rasgos de aquella primera escritora mezclados con los aires melancólicos y pausados de otra escritora más segura y madura en la que reconocía ecos de Carson McCullers especialmente, tan proclive a recrear las vidas de seres extraños y apartados.


Dejando al margen mi trayectoria lectora con Sara Mesa, que espero que no haya sonado a un: “Yo la leía antes de que fuera mainstream”, fue con la novela Cuatro por cuatro con la que Sara Mesa se hizo precisamente una autora del mainstream, con la que quedó finalista del Premio Herralde y pasó de editoriales pequeñas a Anagrama. Creo que es muy valorable que en los últimos años autores con poca obra previa, o con poca obra previa con visibilidad, como Miguel Ángel Hernández, Sara Mesa o Esther García Llovet hayan llegado a publicar con la editorial a través del Premio, sin haberlo ganado.

Cuatro por cuatro es un libro de lectura absorbente y digestión difícil. Nos situamos en el interior de un colegio – internado de lujo, o que así se presenta. Aunque, como toda institución carísima, trata de presentarse ante el exterior como de élite más que de lujo. Como si los alumnos llegaran allí por su talento y no por el dinero de sus padres. Aunque hay una excepción, los becados, hijos de trabajadores del centro. Estos conviven allí con los alumnos de pago, conformando dos grupos separados por la frontera más importante que queda hoy en día, la del origen de cada uno y el dinero. El entorno del Wybrany College (no sé si Sara Mesa es profesora cuando no escribe, y si lo es no sé si ha trabajado en esta clase de centros, pero el nombre es perfecto, dada la querencia por todo lo que suene anglosajón y sofisticado de quienes los dirigen) es cerrado y asfixiante. En teoría no debe ser así, solo debe ser ordenado, pero de la construcción de una sociedad fuera de la sociedad, cerrada y con niveles de separación infranqueables no puede salir nada más que esa falta de aire.

La escritura es fragmentaria y elíptica. Hay frases cortas y separación de ideas. Eso transmite a veces la sensación de la espontaneidad y a veces deja en el aire reflexiones que el lector mastica. La primera parte de la novela está escrita por una alumna insatisfecha de ese colegio, que va sembrando dudas sobre su funcionamiento real, sobre el comportamiento de algunos de sus profesores y especialmente del Guía, un orientador y factótum que levanta nuestras sospechas en esta primera parte, algo que no hará más que confirmarse a lo largo del libro. Celia, que así se llama la niña, se muestra como una retratista de momentos inconformista, protestona, y a la vez sensible. Como todo testimonio en la novela, nos genera la duda de lo fiable que será. Pero el cruce de la versión de la alumna con los demás testimonios irá dibujando un retrato coherente, que se refuerza y nos asusta sin llegar a ser del todo completo.

La segunda parte de la novela la escribe Isidro Bedragare, un sustituto que llega a ese colegio como tantos jornaleros de la educación que van enlanzando sustituciones en colegios públicos, concertados o privados, lo que se puede en cada momento. Viene a sustituir a García Medrano, un profesor desaparecido (y de nombre creo que inequívocamente bolañesco). Registrará en su diario entradas sobre el profesorado, la dirección, el Guía, los alumnos de pago y los becados, el funcionamiento y el clima interno, y sobre los rumores sobre el propio García Medrano, que funciona como macguffin de la novela. Este profesor sustituto va dibujando un arco de sentimientos desde la primera fascinación hasta casi el asco, y es en ese pre – asco en el que llegamos a la tercera parte, donde a modo de epílogo se nos presentan los papeles de García Medrano, se confirman algunos de nuestros temores y aún se dejan cabos sueltos, según ha decidido la autora. A mí personalmente me parece que la narración queda suficientemente completa y que precisamente con el modo de escribir y presentarnos la historia no hubiera sido coherente un cierre total con explicación de todos los detalles. Aunque sí se explica, la elección del título, que hasta aquí puede resultar algo enigmática.

La escritura es de primera y es probablemente el mejor libro para llegar a la literatura de Sara Mesa, aunque quizá mis preferencias sigan estando en su faceta de cuentista, y prometo que no pasará demasiado hasta que aborde una relectura comentada de Mala letra.

Entre tanto, celebremos a estos dos autores con mundos propios encerrados entre la infancia y la adultez, con una mirada en ocasiones cruel y una prosa depurada e intensa, para nada exhibicionista pero que da la sensación de ser en cada página la que la historia va necesitando.

Recomendados quedan como lecturas para estos días de vacaciones. Los dos están además disponibles en edición de bolsillo.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

jueves, 22 de marzo de 2018

Recordando: Fariña, de Nacho Carretero

Fariña, de Nacho Carretero (Libros del K.O.), una crónica del narcotráfico gallego. Un secuestro anacrónico.


Me he ido enterando con cierta distancia estas últimas semanas de que se había secuestrado el libro Fariña, de Nacho Carretero. Las autoridades de este país están muy sensibles últimamente con el tema del honor de algunos, y lo de secuestrar libros suena, sinceramente, antiguo. Se define por el propio acto. También me he enterado de que hay una serie en la televisión y algún amigo me ha dicho que está muy bien. La cadena no hubiera podido tener mejor promoción.

Aprovecho para recordar que aquí ya leímos Fariña en su momento, y vuelvo a animar a quienes quieran a hacerse con el libro y leerlo. No creo que lo hayan eliminado de todas las librerías. Quiero pensar al menos que la policía tiene cosas más importantes que hacer y de las que preocuparse. Por curiosidad he ojeado si estaba disponible en el catálogo de la biblioteca de la que lo cogí en su momento y la respuesta es SÍ. Las Bibliotecas le importan tan poco a los políticos que en la construcción del Gran Hermano ni siquiera las contemplan como un posible espacio de subversión. Al final va a resultar que no hay nada más subversivo que ir a un lugar financiado con fondos públicos a leer. Déjense de manifestaciones de grandeza democrática en twitter y vayan a una biblioteca y cojan hasta 6 libros (en el caso de la Comunidad de Madrid) y rebélense contra la autoridad que no quiere que lean estas próximas vacaciones, si las tienen. Dejan de consumir por un rato, y leen algo que molesta a unos señores antiguos y poderosos. Por el mismo precio, el de andar hasta la biblioteca y llevar el carnet. Bueno, hagan lo que quieran, claro.

Por si a alguien le entran ganas de leer sobre el libro enlazo la reseña que hice de Fariña (en paralelo con El cartel de Don Winslow) en agosto de 2016.

http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2016/08/el-cartel-don-winslow-vs-farina-nacho.html

Incluso tuvo su huequecito en las lecturas selectas de aquel año

http://cuentospendientessre.blogspot.com.es/2016/12/mis-cuentos-pendientes-de-2016.html

Felices lecturas (mientras se pueda).

Sr. E

domingo, 11 de marzo de 2018

Cómeme vs El club de los mentirosos


Cómeme, de Agnès Desarthe (Baile del Sol) vs. El club de los mentirosos, de Mary Karr (Errata Naturae & Periférica)

Las malditas expectativas. Ellas tienen la culpa de muchos desencantos como lector. Había oído maravillas, verdaderas maravillas, sobre El club de los mentirosos, de Mary Karr. Uno de esos libros que realmente podrían cambiarte la vida. Un libro realmente humano, crudo, divertido a su manera, disfuncional. Dice la autora en su prólogo que cualquier familia con dos miembros o más es en esencia disfuncional. Y la ocurrencia es buena, y quizá le compro la idea, y está claro que escribir sobre familias funcionales siempre dará como resultado un libro más atractivo que el que pudiera salir de las memorias de una familia perfectamente equilibrada (si existen, porque no hay nada más desagradable que esas familias de apariencia perfecta).

- Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala!
Lecia, que no dejaba pasar una, intervino:
- ¿Eso no es de cuando le disparaste a papá?
Y mamá entornó los ojos, bajó un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia:
No, eso es de cuando Larry.- Se giró y señaló otra pared-. A tu padre le disparé allí.

Esta es la anécdota con la que empieza a ilustrarnos sobre la naturaleza de su familia. Es esencialmente un libro sobre una persona, su madre, bebedora, con desórdenes mentales, que se casó siete veces y nunca encajó en el mundo en el que le tocó vivir. El club de los mentirosos que da título al libro es el grupo de amigos de su padre al que Mary Karr acompañaba frecuentemente a su padre durante sus seis – siete años. Un sitio en el que parecían competir a ver quién contaba la trola más gorda. Y su padre casi siempre ganaba, porque lo hacía con convicción, sin quebrar la voz ni doblar la mirada, que es el modo en el que deben actuar los buenos mentirosos. A ella le gustaba estar allí y analizar esas mentiras y ver su efecto. A eso se dedica la literatura, aunque este libro sea de memorias. Y quizá naufraga, en la medida en que lo hace (y que cada lector seleccione la fracción), porque se queda (hasta cierto punto) a medio camino, entre ambos impulsos.

El libro se despega pronto de ese club y se centra en ser una historia sobre la madre de Mary Karr. Una historia sobre ella y cómo fue arrastrando con la fuerza de los torbellinos a Mary y a su hermana Lecia. Durante años, con cambios de ciudad, con un padre que desapareció (prácticamente) de sus vidas, con noches en vela, ataques de nervios, hombres que entraban y salían de la vida de su madre, problemas económicos, comportamientos agresivos, líos en la escuela, aventuras con las drogas y la bebida, libros que parecían el único consuelo, una hermana que parecía de piedra, momentos divertidos y también sórdidas historias de abusos sexuales, porque eran las hijas de una madre ausente por largas temporadas y una presa fácil para desaprensivos (de toda condición, porque no hay un único episodio).

Todo eso da lugar a un libro interesante, sugerente, pero que no me ha parecido ni tan crudo ni tan catártico como me habían anunciado entusiastas lectores públicos. La autora, al presentarnos el libro, nos dice que con un material humano así pensó que no debía escribir una novela sino trabajarla desde la forma de memorias. Es comprensible. Pero el libro me ha parecido precisamente demasiado medido en su exposición para ser unas memorias que pretendían mostrar las entrañas de su autora. He tenido en todo momento la sensación de que todo estaba dispuesto para ir consiguiendo ciertos efectos un tanto previsibles en el lector. Me ha gustado, quede dicho, es un libro que se lee con interés pero que en ningún momento ha llegado a tocarme de verdad.

Casi a la vez que leía El club de los mentirosos, con un entusiasmo que se desinflaba según atravesaba sus páginas, empecé a leer Cómeme, de Agnès Desarthe. La salida de este libro coincidió con la publicación de mi novela Mil dolores pequeños en la misma editorial, Baile del Sol, y escuché a la poeta Inma Luna hablar con entusiasmo del libro. El título estaba en alguna de las estanterías de mi cabeza y se reactivó al verlo en la biblioteca hace unas semanas. Me lo llevé a casa y pronto estaba atrapado en sus páginas, devorado yo mismo por ese torrente de vivencias.

Cómeme es un libro denso, pringoso, crudo. Está trabajado como novela y el material será más o menos cercano a la autora, y eso es lo de menos, pero rezuma verdad (de la narrativa, la personal no es la que me interesa en un libro). Myriam, la protagonista, una mujer que pasa de los cuarenta y que ama la cocina, o quizá no la ama pero parece vivir orbitando alrededor de ella, y que ha sido cocinera para un circo (nada menos) empieza su peripecia mintiendo sobre su experiencia (que realmente es ninguna) y sus planes de negocio (malos) a un banco, consiguiendo el crédito necesario para abrir su propio restaurante en París, Mi casa. El nombre es genial y funciona perfectamente como broma porque ella vive durante esa época literalmente allí, ya que no tiene dinero para dos alquileres.

Son las doce menos cuarto de la noche y me estoy preparando un baño en mi fregadero gigante. En el lavabo solo se baña a los recién nacidos. A los recién nacidos y a mí. Tapono el desagüe y dejo que el nivel de agua tibia suba veinte centímetros por encima del fondo. Faltan treinta centímetros para alcanzar el borde. Me encaramo a la encimera. La persiana de hierro está echada. Estoy desnuda, de pie, sobre el escurridero, y me gustaría que alguien me viera porque se trata de una situación insólita que merece su público. Me siento en el fregadero con la espalda contra la superficie lisa de acero inoxidable, sin que el agua rebose. Me gusta la precisión aritmética del asunto.

Pronto nos topamos con los problemas elementales de tener un restaurante, y que empiezan lógicamente por qué comprar y en qué cantidad y cómo conservarlo. Aplica las ideas que buenamente va recordando de cosas que oyó a su abuela o lo que en cada momento le parecen buenas ideas. Recibe muebles de reciclaje e incluso las flores que ya no están frescas de la tienda de al lado (el florista es el hombre con el peor aliento del mundo, y ella no para de recordarlo cada vez que lo ve).

La faja del libro dice: “Un relato sobre sexo y comida alejado de toda corrección política”. No hay tanto sexo como comida. Porque hay comida a toneladas. Buena, mala, regular, amasada, horneada, cruda. Desarthe escribe un libro tremendamente sensitivo, para bien y para mal, que tan pronto nos hace salivar como nos hace detestar el olor del florista o algunos platos. Sí veo cierto alejamiento de la corrección política, aunque tal vez no en el sentido que ese anuncio hacía suponer; no se trata de escenas de sexo explícito ni nada así. Pero Myriam es una mujer que ha llegado a una cierta edad y pasa totalmente (y hace bien) de los convencionalismos y la moral burguesa. Es excéntrica y reivindica su derecho a ser rara. Tiene arrugas y tiene cicatrices y está acostumbrada a mentir. Como dice en algún momento, podría adoptar muchos papeles, aunque en algunos no se la creerían con tanta facilidad como en otros. Es una mujer de más de cuarenta años y siente el deseo sexual y lo expresa. Se replantea algunos postulados sobre la maternidad (que ahora mismo es un tema de tremenda actualidad literaria y social) y lo dice. Pero sobre todo cocina, y hay algo de ofrenda a los dioses en su manera de pensar los platos, estar en la cocina y su modo de acercarse a ella.

No era la misma persona con treinta años. Era un ser muy particular a los ocho. Considero mi adolescencia autónoma con respecto a lo que siguió después. La mujer en que me he convertido está desarraigada, es desapegada, incomprensiblemente solitaria. Estuve muy rodeada. Fui extremadamente sociable. Fui reservada. Fui sensata. Estuve loca.

Desarthe es una escritora visceral. Buscando algo de información veo que ha habido libros suyos traducidos anteriormente en distintas editoriales. Parece que no funcionaron del todo (porque si hubieran funcionado lo lógico es que no hubiera cambiado de editorial española). Espero que a partir de este sí se estabilice su carrera en España y podamos leerla. Confío en que Baile del Sol la mantenga en el catálogo. Comparte nacionalidad y generación con Virginie Despentes y Delphine De Vigan, que están sonando bastante y por lo que he leído de las tres (no demasiado, pero algo de todas) también comparten algunas ideas de fondo y cierta tendencia a no morderse la lengua y ejercer su libertad. Y, ¿ qué debe ser una escritora más que alguien libre que pisa el acelerador desde el principio de la historia? Algo así es Cómeme. Un viaje acelerado entre fogones y neuronas. Un derrape continuo. Un desafío al que vale la pena jugar.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E

miércoles, 28 de febrero de 2018

Sepulcros de vaqueros, de Roberto Bolaño


Sepulcros de vaqueros, de Roberto Bolaño (Ed. Alfaguara)

Supongo que puedo incluirme, con comillas y con el miedo que la palabra me produce, en la categoría de fan de Roberto Bolaño. Me gustaría creer que más que un fan soy un lector que ha paseado por sus libros con cierta profundidad. Fue sin duda uno de los escritores más importantes en mi adolescencia tardía (si acaso mis actuales 33 años no son la verdadera adolescencia tardía) y mis primeros impulsos escritores. He seguido leyéndolo con regularidad, releyendo sus mejores novelas y sus cuentos, especialmente Llamadas telefónicas, considerando que Los detectives salvajes es una novela superior a 2666, y que quizá a esta le ha beneficiado (en esa especie de consenso sobre que es su obra mayor) el hecho de terminarla en sus últimos meses de vida y de ser sin duda un texto mucho más oscuro. Releí algunos pasajes de Los detectives salvajes en enero, y siguen siendo tan potentes y disfrutables como la primera vez, y ha sido la cuarta o quinta vez que me acercaba al libro. Y a principios de febrero me encontré en la mesa de novedades de una de las bibliotecas que suelo visitar Sepulcros de vaqueros.

Lo cogí pese a que juré después de El espíritu de la ciencia ficción que no volvería a un inédito de Bolaño. Como bolañista me parece un tanto obsceno el espectáculo de su cambio de editorial, lo que se está pagando a la familia y a su agente (El chacal, nada menos) por cada manuscrito hallado en el fondo de un disco duro, y la calidad de lo que se está editando, porque se está editando todo lo posible. Creo que leí que ya van empatados el número de ediciones de Bolaño en vida y tras su muerte. Con todo eso en la cabeza me traje Sepulcros de vaqueros a casa y empecé a leerlo esa misma noche, tranquilamente, en el sofá. Pronto me encontré con la reconfortante voz de un amigo literario (acaso uno de los más importantes para mí como lector y también como escritor), entrando en sus frases como quien reconoce las notas de una canción. Porque la historia me la iba contando a base de capítulos – cuento un joven poeta chileno que pululaba por talleres literarios conociendo a personajes extraños y pintorescos y en algunos casos siniestros. También reconocía la voz del escritor porque algunas peripecias narradas eran prácticamente idénticas a otras de Estrella distante y Nocturno de Chile. Así pasé por el primer texto, Patria, entre agradecido por tener unas páginas más de Bolaño a mano y divertido por ir encajando piezas con aquellas de sus obras mayores con las que conectaba (primera cuestión, el narrador poeta chileno se llama Rigoberto Belano y es un boceto inicial del Arturo Belano de Los detectives salvajes; en el segundo texto, Sepulcros de vaqueros, ya se llama Arturo; no entiendo, al final, por qué la editorial no uniformiza los nombres como sin duda haría si fuera un libro de un autor vivo, al que se le señalaría que en distintos momentos del texto un mismo personaje recibe distintos nombres).

El libro es una novela dispareja y fragmentaria de las que escribía Bolaño, con poca estructura, o son tres novelas cortas, como la editorial lo ha presentado, o podríamos decir que es un libro de cuentos, si interesara catalogarlo así. Sepulcros de vaqueros, el segundo texto, está formado por cuatro cuentos situados en México, uno de los cuales está (si no igual, con la diferencia que una última ronda de correcciones del autor supusiera) en Llamadas telefónicas. El tercer texto, Comedia del horror en Francia, es una de esas historias de hermandades de poetas y apocalipsis a las que tan aficionado era y que aparecen en algunos de sus cuentos de Llamadas telefónicas y Putas asesinas, luego también en textos recuperados de La universidad desconocida, y me atrevería a decir que en los clanes de escritores que caminan por Nocturno de Chile, Estrella distante e incluso Los detectives salvajes.

Dice en el prólogo Masoliver Ródenas que es “un libro desconcertante dentro del desconcertante universo de Bolaño”. Pongo en duda incluso que el universo de Bolaño sea desconcertante. Es rico, personal, poderoso, pero creo que no desconcertante. Lo más desconcertante (en un sentido alegre) es sin duda el eco que ha obtenido una obra tan literaria y ambiciosa. Y desde luego este libro no desconcierta a quienes ya conocemos su mundo. No es particularmente llamativo. Es un libro de lectura agradable para los que ya conocemos a Bolaño. Y me pregunto si no podría incluso ser una entrada a su universo para quien no lo conozca, pero creo que probablemente no, probablemente lo mejor sería darse de bruces con sus mejores páginas, porque Bolaño tiene una escritura personal y reconocible e imitada (voluntaria o involuntariamente) por cientos de escritores en estos últimos 20 años, pero por encima de todo de fácil acceso. Se me antoja que lo más fácil del mundo es caer en las páginas de Llamadas telefónicas, Nocturno de Chile o Los detectives salvajes y quedarse atrapado.

Llegarán más inéditos y me temo que volveré a leerlos. Algunos de ellos (y dejo al margen 2666 que sí, era un inédito, pero era el libro con el que estuvo trabajando hasta su muerte) me parece que han completado bien su obra. Pienso en La universidad desconocida o Los sinsabores del verdadero policía, especialmente. Los cuentos de El gaucho insufrible no palidecen al lado de otros de sus relatos. Pero no sé. Quizá deberíamos releerlo más y escarbar menos en sus cajones. Aunque bueno, tal vez él lo hubiera querido así. En sus últimas entrevistas y notas decía que quería dejar 2666 lista para editar buscando que su familia se quedara con los derechos cerrados. Quería dejarles una obra con la que generar derechos de autor y bueno, estos inéditos de valor dudoso más allá de la curiosidad o el afán completista de los estudiosos, están cumpliendo sin duda ese papel.

Seguiremos leyendo

Felices lecturas

Sr. E